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No al voto nulo, sí al voto de castigo

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Por Manuel Espino

 

La guerra de lodo entre los partidos tradicionales se funda en una razón tan sencilla como perversa: lograr que los ciudadanos que no son sus fieles seguidores se alejen de las urnas, optando por la indiferencia que se refleja en el voto nulo.

Afortunadamente, cada vez menos mexicanos han caído en esa proterva trampa. Vemos que la esperanza persiste y que se reconoce que optar por el voto nulo es declararse derrotado de antemano, dar la espalda a los millones de mexicanos que lucharon durante generaciones por el sufragio efectivo e incurrir en un desacato cívico, renunciando a ser ciudadano y limitándose a desempeñar el triste papel de habitante.

Muy por el contrario, el voto de castigo tiene una justificación ética poderosa y sólida: dar una lección a los partidos tradicionales, que no solo desacreditaron la política y pervirtieron al gobierno, sino que además le dieron la espalda a los ciudadanos y traicionaron a nuestra democracia.

Por la corrupción e ineptitud de gobiernos como el de Guerrero y Michoacán en el sur del país, como Jalisco, Puebla y Estado de México en el centro de la República, o como los de Sonora, Tamaulipas y Nuevo León en el norte, México avanza hacia un Estado Fallido. Por ello sería irresponsable y hasta temerario que el próximo 7 de junio los mexicanos volvamos a darles nuestro voto al PRI, al PAN o al PRD, culpables directos de la crisis económica, social y de inseguridad que nos agobia.

Más allá de lealtades ideológicas o partidistas, los ciudadanos de recta intención tienen que ser leales a México y, en congruencia, otorgar su sufragio a los abanderados que mejor representen los anhelos de la comunidad. Se trata de no desperdiciar su sufragio y capitalizarlo para hacer una exigencia de rectificación a los dirigentes y servidores públicos, como primer paso para dignificar la política y detonar el desarrollo integral de la patria.

Porque este 7 de junio los mexicanos tenemos una oportunidad —que puede ser única e irrepetible— de arrebatar el poder a los malos políticos y poner el gobierno en manos de los ciudadanos. Esa oportunidad rectificadora está representada en la boleta electoral por los candidatos independientes y de reconocida probidad que ha postulado el Movimiento Ciudadano.

Decir no al voto nulo y sí al voto de castigo, significa arrebatar el control del poder público a los partidos tradicionales que mantienen al país en crisis. Decir no al voto nulo y sí al voto de castigo, significa refrendar nuestra confianza en la democracia y demostrar que seguimos creyendo en México.

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Rehabilitar la política desde la sociedad

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Por Manuel Espino

 

Las noticias de las campañas se han convertido en un catálogo de podredumbre política: corrupción, burlas a la autoridad electoral (hoy más cuestionada que nunca), compra de votos, secuestros, reyertas, amenazas, vandalismo en las instalaciones y la publicidad del contrincante… en fin, estamos ante una lista tan larga y retorcida como la “cola” de los partidos políticos tradicionales.

Ante el cinismo de candidatos que con una mano golpean y la otra llaman a sufragar, algunos ciudadanos se apuestan por el abstencionismo, pero la mayoría ha comprendido que transformar el sistema ya no está en manos de los políticos tradicionales, sino únicamente en las suyas.

La llave del cambio no la tienen los gobernantes, sino los gobernados, quienes asumen que el voto de castigo a la corrupción y a la incompetencia es mucho más efectivo que el voto nulo.

Ya no podemos dejar que los “políticos” ––como solemos llamar a quienes tienen cargos públicos o pertenencia partidista–– se adueñen de las instituciones y de la política misma. Solo nosotros somos responsables de lo que ocurre con la vida pública, y nadie hará lo que nos corresponde por obligación y por  derecho.

Tenemos una responsabilidad ética. Cuando cada habitante se involucra en la vida de su comunidad, reconociendo la soberanía de la nación y sujetándose al Estado de Derecho; cuando coopera con la autoridad para que realice su función de bien común o para que la corrija si es deficiente, cuando defiende a su comunidad de las amenazas que le asedian, es entonces cuando se convierte en ciudadano, honrando su natural condición política.

Ese rescate urgente solo será posible en la medida que cada mexicano se decida a participar, a pasar de habitante a ciudadano, asumiendo como tal su papel en la política. Es ahora, en esta oportunidad electoral que puede ser irrepetible, cuando debemos hacerle frente a los entreguistas refugiados en las oficinas públicas de los congresos y de los gobiernos, de las instituciones y de los partidos.

Solo de nosotros depende esa acción cívica y resuelta, libre y voluntaria. Acción generosa y perseverante, rectificadora y pacífica, que arranque las raíces del pasado ignominioso de la política para injertarlas en un futuro que le devuelva la credibilidad, competitividad y dignidad que hoy no tiene. El remedio existe aunque no es tarea fácil, está en nosotros, consiste en renunciar a seguir dispuestos al sacrificio social, solo hay que decidirnos a transformar a México.

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Voto de castigo a violentos

Por Manuel Espino

 

El primer golpe en la riña entre priístas y perredistas en la delegación Cuajimalpa de la Ciudad de México se asestó a la confianza ciudadana. Se trató, sobre todo, de una agresión al electorado que vio atropellado su derecho a vivir un proceso electoral pacífico, legal y propositivo.

Este acto de barbarie protagonizado por los partidos Revolucionario Institucional, Verde Ecologista y de la Revolución Democrática no se da de manera aislada, forma parte de una serie de enfrentamientos librados a lo largo de meses, evidenciando que hay una tendencia a la violencia en el modus operandi de estas fuerzas políticas.

Este tipo de revueltas minan la estabilidad social, desembocan en anarquía y debilitan la gobernabilidad. También desalientan el sufragio, pues si así están los ánimos a un mes de las elecciones, ¿con qué seguridad pueden asistir los ciudadanos a las urnas la jornada electoral?

Los partidos de siempre han recurrido a las mañas de siempre. Ya es tarde para que rectifiquen, son marrulleros incorregibles. Han ganado nuevamente el rechazo social, pero en lugar de que el abstencionismo sea la respuesta, debemos ver en las elecciones una magnífica ocasión para rescatar lo que es nuestro en tanto ciudadanos.

En un acto de voluntad inteligente y responsable, coherente y racional, demos la espalda a los violentos haciendo de la próxima jornada electoral un suceso cívico y funcional, un acontecimiento histórico que exprese claramente la aprobación o desaprobación al desempeño partidista.

En el caso específico de los partidos involucrados en la reyerta —Verde, PRI y PRD— es un acto de justicia recurrir al voto de castigo. Tachar sus logos en la boleta electoral es hacerse aliado de sus tácticas pandilleriles.

Por el contrario, ser mexicanos al grito de paz implica que con el sufragio se puede decir sí a la democracia y no a la violencia. Esa es nuestra responsabilidad cívica.

 

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Participar, la única opción genuinamente ciudadana

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Por Manuel Espino

 Tal pareciera que las campañas electorales están diseñadas no para generar participación ciudadana, sino para inhibirla. A más de uno de los partidos tradicionales ha de convenir sembrar la apatía y la desesperanza, la desconfianza y la abulia, pues han hecho del proceso electoral una guerra de lodo en la que todo nuestro sistema de representación democrática resulta manchado.

 

La propaganda negra está a la orden del día: espots insultantes, discursos que descalifican, rumores que desorientan a los votantes y siembran la desinformación. Allí está la raíz del desprestigio de la política mexicana que ha debilitado al Estado y decepcionado a la sociedad.

 

En respuesta, quienes creemos en la democracia tenemos el deber de ofrecer alternativas a los que desean fortalecer a nuestro país sin atarse a los partidos tradicionales, de aportar propuestas con altura de miras para que los ciudadanos indignados por la inestable situación del país nos involucremos con determinación en la tarea de rescatar la política, darle dimensión ética y orientarla hacia lo que hoy no hace: construir con eficacia el bienestar de todos, restablecer la paz con justicia social, robustecer a nuestras frágiles instituciones y garantizar el goce de nuestras libertades y derechos fundamentales.

 

No se trata de azuzar revueltas que minan la estabilidad social, desembocan en anarquía y debilitan la gobernabilidad. Tampoco se busca desalentar el sufragio desde el abstencionismo —torpe consuelo de muchos— cuya perniciosa tendencia está al alza precisamente por la decepción que prevalece y crece hacia los partidos de siempre. Menos se pretende propiciar su desaparición pues, aunque deficientes, han sido figura primordial del sistema político contemporáneo.

 

Es por ello que en estas campañas he seguido  el propósito de alentar la participación, para que los ciudadanos escribamos una mejor historia nacional desde una cultura con valores. Una historia con seguridad, con progreso, para que heredemos a las generaciones que vienen un país con desarrollo sustentable. Desde mis posibilidades, deseo concientizar a los electores de que el sufragio es una forma de solidaridad comunitaria, el punto de partida para hacerle frente a los retos que compartimos en nuestro afán de prosperidad.

 

Es nuestro deber como ciudadanos —en un acto de voluntad inteligente y responsable, coherente y racional— hacer de la próxima jornada electoral un acontecimiento histórico que exprese claramente la aprobación o desaprobación al desempeño partidista.

 

Con sabiduría se dice que si el pueblo pone, el pueblo quita. Más vale hacerlo así, sin falsas prudencias ni fanatismos partidistas, antes de que sea demasiado tarde y se desborde la irritación social que ya ha tocado los límites de la irracionalidad frenética con visos de mayor violencia. No ocupar la posición que nos corresponde como ciudadanos podría costarnos muy caro, más de lo que ya hemos tenido que pagar en costo social, en sufrimiento y en sangre derramada.

 

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Escándalos “humanistas”

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Por Manuel Espino

 

Cada vez es más evidente el quebranto ético del mal llamado Partido Humanista. Por dar solo algunos ejemplos, recientemente su delegado nacional Héctor Castro afirmó que a su abanderado por la gubernatura de Sonora “ni en foto lo conocemos”; hay allí una candidatura fantasma con todas las implicaciones políticas y legales que ello tiene.

En Puebla, la directiva local acusó a la nacional por “lavado de dinero, falsificación de documentos y sustitución ilegal de miembros de la dirigencia poblana y de otras entidades”; decidiendo romper todo tipo de relación con el líder nacional, Ignacio Irys Salomón.

En el DF, ese partido se vio obligado a desconocer las candidaturas a delegados de Rafael Acosta (el famoso “Juanito”), en Iztapalapa, y Román Santamaría, en Miguel Hidalgo.

A ello se suman imputaciones de acoso sexual a uno de sus dirigentes nacionales e impugnaciones varias, pero destaca que su vicecoordinador nacional acusó al coordinador, también nacional, de haber secuestrado el partido y estar robando las prerrogativas. Según información del Instituto Nacional Electoral, este partido recibirá más de 120 millones de pesos durante 2015. De ese tamaño es la disputa.

Este es el rostro que el Partido Humanista presenta al electorado. El rostro de la discordia interna, de las acusaciones de corrupción y de una absoluta desorganización, que refrenda esa imagen clientelista que se generaron con las tácticas que usaron para constituirse. Se trata de un árbol que nació muy, pero muy torcido, sin que sus líderes hagan algo para enderezarlo.

Todo lo contrario. Estamos ante una institución que nació marcada con la ignominia, ya cargando el descrédito que otros acumularon durante décadas. Pero además “llovió sobre mojado”, pues a ese génesis manchado en sus primeros meses de vida se sumaron una serie de escándalos que permiten vaticinar que no logrará reunir los votos necesarios para conservar su registro como partido político nacional.

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El cinismo verde

Manuel Espino

Por Manuel Espino

 

La conducta del Partido Verde parece no tener límites ni reconocer fronteras éticas, democráticas o incluso jurídicas. Este partido de rostro joven y viejas argucias en las últimas semanas ha atacado las leyes electorales desde diversos frentes, con tácticas que juntas forman una clara estrategia: explotar las lagunas del marco legal, haciendo de la impunidad el camino al éxito electoral.

Lamentablemente para ellos y afortunadamente para México, su estrategia está condenada al fracaso. Solo han logrado exhibirse y dejar claro a los votantes su verdadera estofa.

Lo de menos es que se les hayan acumulado multas por casi 200 millones de pesos, pues a final de cuentas pueden subsanarlas con créditos bancarios cuyo pago garantizan las generosas prerrogativas que reciben como partido político. Para ellos no hay consecuencias pues el pueblo paga.

Lo verdaderamente significativo es la riada de triquiñuelas que han mostrado. Los “cineminutos”, la donación de lentes, los calendarios, las tarjetas de descuento, la envoltura para tortillas, los espectaculares, el abuso en la promoción televisiva y radiofónica, el uso de personalidades televisivas, son aspectos de un mismo mensaje: al Verde no le importa la ley.

Ese mensaje ha sido recibido ya por la ciudadanía y seguramente se reflejará en las urnas el próximo 7 de junio. Aunque no es remoto que pueda alcanzar a formar una bancada de unos 30 diputados en la próxima legislatura, queda claro que el verde es cada vez más un ribete costoso para el partido en el poder presidencial, donde ya hay resistencias para seguirlo llevando en hombros, aunque en el tricolor no hay condiciones para deshacerse de tan incómodo compañero de viaje.

Así que en su papel de rémora electoral los verdes sabrán sacar provecho para ganar curules federales este año y fortalecer su ulterior propósito: ser indispensable aliado del PRI hacia la sucesión presidencial.

Ello podrá ser un logro en el corto plazo, pero en el mediano ya se han confirmado como el “giro negro” de la política mexicana, dejando claro que sus estrategias son una amenaza a la democracia, al sistema de partidos y a la representatividad misma de nuestro sistema.

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Los mejores candidatos, fuera del PAN

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Por Manuel Espino

 

La fuerza de todo partido está no en su ideología o en sus colores, sino en su arraigo en la sociedad y en la calidad —que no la cantidad— de sus militantes. De allí que la desbandada del Partido Acción Nacional le signifique un desangramiento político que amenaza mandarlo a los últimos lugares en las elecciones de medio término.

Contundente ejemplo de ello es la emblemática delegación Benito Juárez, la única que gobierna el PAN en el Distrito Federal, y que ha pasado de ser ejemplo nacional de desarrollo económico y social a ser un símbolo de corrupción.

Por ello, logramos ofrecer al electorado un conjunto de candidatos ciudadanos que alguna vez militaron en ese partido (con un promedio de militancia de 15 años), pero ahora enfocan sus esfuerzos en dignificar la política y regresar una visión democrática, transparente y honesta al gobierno.

Esta semana los presentamos con la presencia del licenciado Dante Delgado y Armando López, coordinadores nacional y del Distrito Federal Movimiento Ciudadano (MC), respectivamente.

Encabezados por el ex delegado Germán de la Garza, en este trabuco de candidatos hay panistas de gran raigambre como Edith Chávez, María Pía de Vecchi, Roberto Alfaro y Claudia Martínez. También Héctor Sánchez Amar; Alejandro Salas; Jean Gabriel de Rubens; Roberto Torrens; Rafael Caballero y Herrera, Laura Bayardo y César Ramos. Se trata de líderes con una nutrida experiencia en áreas legislativas, gubernamentales y de campaña.

Este equipo de alto calibre formado en la delegación Benito Juárez es un nítido ejemplo de lo que sucede a nivel nacional. Como ellos, hay más de 50 mil ex panistas tan solo en Concertación Mexicana y muchos más que ahora simpatizan con el Movimiento Ciudadano.

Tenemos candidatos de gran arraigo social como son las ex alcaldesas Ana Rosa Payán, en Mérida, y María Dolores del Río, en Hermosillo, así como el ex gobernador interino Fernando Elizondo en Nuevo León y en Colima el ex alcalde Leoncio Morán.

Todos estamos en este nuevo espacio no porque hayamos desviado la ruta, pues seguimos en la ruta de servir a los ciudadanos, sino porque fue el PAN el que se desvió; esa antes insigne institución arrojó al suelo sus banderas cívicas, pero nosotros las levantamos para enarbolarlas con orgullo.

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Política de animales

Manuel Espino

Por Manuel Espino

 

En México ni siquiera los animales se escapan de los avatares de la politiquería, del tráfico de influencias, de la mercadotecnia electorera o de la simple ignorancia legislativa.

En meses recientes, dos casos han acaparado titulares periodísticos y puesto sobre la lupa de la opinión pública los derechos de los animales.

El primero es el escándalo desatado a raíz de que en el zoológico propiedad de un diputado panista, Sergio Gómez Olivier, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) incautara 101 animales, “92 por faltas al trato digno y nueve por no acreditar la legítima procedencia”.

Además, en el zoológico del panista poblano, “El Club de los Animalitos”, se encontraron 40 animales congelados, lo cual viola la normatividad y además siembra la duda del uso que se daría a dichos cadáveres.

El segundo caso es el incierto destino que enfrentan miles de jirafas, leones, tigres, elefantes, osos y otros animales de gran tamaño que deberán ser reubicados una vez que entre en vigor la prohibición de que trabajen en circos, el próximo mes de julio. Diversas voces han dejado claro que no todos los animales podrán ser reubicados satisfactoriamente en zoológicos, tanto por cuestiones presupuestarias como por las características propias de su biología.

Lo que estos dos casos tienen en común es el desprecio al marco jurídico: por un lado se le ve como un simple escollo, que puede ser superado gracias al influyentismo y el peso político que da ser un legislador; por otro, como una herramienta mercadológica, haciendo leyes destinadas a impactar en espots televisivos y espectaculares, sin reparar en sus consecuencias en las vidas concretas de personas y animales.

Muy por el contrario, lo que hace falta son genuinas políticas de Estado que promuevan una cultura ecológica y ambientalista basadas en la prevención, que inculquen el compromiso de evitar que las generaciones presentes y futuras sean perjudicadas, reconciliando al ser humano con la naturaleza.

Porque lograr que sea protegida cabalmente la gran biodiversidad de México, la cuarta en riqueza a nivel mundial, no es un asunto de crear leyes de relumbrón con la mira puesta en las próximas elecciones, sino de transformar conciencias y crear cambios culturales a largo plazo.

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Las iglesias en la lucha por la seguridad pública

Manuel Espino

Por Manuel Espino

 

En días recientes se dio un encuentro entre el presidente de la república, Enrique Peña Nieto, y los líderes de la iglesia católica en México, quizá como un epílogo y un hacer las paces tras la polémica por la expresión del papa Francisco, en el sentido de que el narcotráfico hace correr el riesgo de que su país natal se “mexicanice”.

Resulta por demás positivo que se den pasos para superar desencuentros diplomáticos y se abra paso al entendimiento, sobre todo considerando que en México —el segundo país con más católicos en todo el mundo— 90% de los habitantes profesan esta religión y además la Iglesia  ha sufrido en carne propia los embates de la violencia: según el especialista Bernardo Barranco “en lo que va del sexenio han sido asesinados nueve sacerdotes, los recientes cuatro justamente en Tierra Caliente”.

Por parte del gobierno no solo estuvo el presidente, sino también el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, y altas autoridades federales. Entre las autoridades eclesiásticas que departieron en Los Pinos se encontraban los cardenales Norberto Rivera Carrera y Alberto Suárez Inda, varios arzobispos y el Nuncio Apostólico, Monseñor Christophe Pierre.

Es decir, se trató de un encuentro al más alto nivel en un momento álgido de la vida nacional, en la recta final hacia las elecciones intermedias, con fuertes amenazas a la economía nacional, en una inestabilidad sociopolítica al alza y con severos retos en materia de seguridad pública.

Así que bienvenido este acercamiento, por más que nada borre el arrebato diplomático con el que la Cancillería mexicana solo negó lo evidente y aireó ante la comunidad internacional un tema que más le habría convenido tratar con discreción.

Pero más allá de la política, hay que reconocer que no solo la Iglesia Católica, sino las congregaciones religiosas de todas las denominaciones, pueden desempeñar un papel relevante y positivo a través de un mensaje que fortalezca la unidad familiar y los valores sociales que son cimiento de la paz.

Sin cruzar jamás las nítidas fronteras del respeto al Estado laico, las iglesias de todas las denominaciones pueden combatir la incultura de odio y muerte creada por el narcotráfico, así como fortalecer lazos comunitarios y cívicos, especialmente en poblaciones alejadas de grandes centros urbanos.

 

Porque todos, gobernantes y gobernados, tenemos la suprema obligación de contribuir a reconstruir la seguridad pública de nuestro país, por encima de desencuentros y polémicas estériles; porque hoy por hoy, luchar por la paz es la forma más noble de ser mexicano.

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Adiós a Murillo, oportunidad para la PGR

Manuel Espino

Por Manuel Espino

 

Se ha ido el Procurador de Ayotzinapa y de Tlatlaya, de la captura de Elba Esther Gordillo y la recaptura del Chapo Guzmán, de los arrestos de los ex gobernadores Fausto Vallejo y Andrés Granier. El Procurador en cuya guardia se liberó a Caro Quintero y a la “Reina del Pacífico” y se enfrentaron los casos del albergue de “Mamá Rosa” y Oceanografía.

 

Será recordado por la insuficiencia de su respuesta ante la desaparición de los 43 normalistas de Tlatlaya, cuyo forzado carpetazo dejó en claro que no comprendió la trascendencia política y social de la mayoría de los desafíos de este principio de sexenio, por lo cual se exacerbaron algunos los problemas más complejos que ha padecido México durante las últimas décadas.

 

Pero se le recordará, también y sobre todo, por lo que no hizo más que por lo que sí hizo, menos por su palabra y más por su vocación de silencio, evidenciada en su famosa frase “ya me cansé”, con la que cerró el diálogo en una rueda de prensa.

 

Aún en los casos en los que sí se actuó, fue evidente que se trató de actuaciones simbólicas, acciones de relumbrón que no atacaron la raíz de los problemas. Para quienes hemos dedicado parte sustancial de nuestra vida pública a combatir la corrupción, fue desesperante atestiguar que a los arrestos de figuras de renombre no le seguía el necesario “efecto dominó” que desarticulara las redes de poder que les sostenían.

 

Por dar un ejemplo claro: cayó Elba Esther Gordillo, pero no su aliado Miguel Ángel Yunes contra quien presentamos una demanda penal con sobrados indicios que apuntaban a su enriquecimiento ilícito. Bajo esa misma lógica, tendríamos que asumir que el Chapo Guzmán, Vallejo, Granier, actuaron solos, sin apoyo de cómplices en las esferas del poder.

 

Teniendo eso en mente, como un nítido ejemplo a no seguir, esperamos que el nuevo liderazgo de la Procuraduría General de la República actúe con decisión y sin miramientos, desarticulando mafias completas y no solo cabezas fácilmente sustituibles.

 

Pues ya quedó claro que arrancar una cizaña no tiene efecto cuando sus raíces siguen carcomiendo al suelo de la patria, restándole fertilidad y haciéndolo propicio para la impunidad y la violencia. Acabado el primer tercio del sexenio, hay una oportunidad para volver a empezar. Por el bien de México confiamos en que sea cabalmente aprovechada.

 

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La “mexicanización” de Argentina

Manuel Espino

Por Manuel Espino

 

Si algo ha caracterizado al papa Francisco es su capacidad para enfrentar los temas sociales más delicados con valentía y sentido humano, sin prudencias acomodaticias ni oportunismos.

Ha salido airoso al declarar con fuerza sobre temas tan peliagudos como la homosexualidad, el aborto o el divorcio, que usualmente dejan políticamente lesionados a los pocos líderes que se atreven a abordarlos.

Como muestra su sinceridad sin concesiones, recientemente fustigó a los empresarios que pagan mal o tratan injustamente a sus empleados, afirmando que cometen un “pecado gravísimo”. A pesar de que evidentemente esto toca profundos intereses, como es usual nadie polemizó al Santo Padre.

A contracorriente de esos episodios, recientemente el Obispo de Roma se ha visto envuelto en una polémica con diversos analistas y con la cancillería de nuestro país, tras mostrar, en una carta privada, su preocupación de que el aumento del tráfico de drogas en su natal Argentina le provoque una “mexicanización”.

El rasgarse las vestiduras por esta expresión del Papa no se ha dejado esperar. Entre las diversas críticas, la más dura ha sido la de la propia cancillería mexicana, que comunicó un encuentro con el nuncio apostólico Christophe Pierre (quien es el equivalente a un embajador del vaticano en nuestro país) y calificó duramente las palabras papales.

Desde la Secretaría de Relaciones Exteriores se manifestó “tristeza y preocupación”; también se anunció que se enviará una nota diplomática al Vaticano y se acusó veladamente al Papa de “estigmatizar” a México.

Lamentablemente, la estigmatización existe porque la violencia existe; no es un asunto de palabras, sino de hechos, hechos como las contundentes y desgarradoras estadísticas de los secuestros, las mal llamadas “ejecuciones” y las horriblemente espectaculares imágenes de la criminalidad que azota diversas regiones del país desde principios del sexenio pasado.

Más que reaccionar airadamente, habría que reconsiderar si lo que se ha expresado es una falsedad o una realidad triste y lamentable. Porque vistas con calma, las palabras del papa Francisco denotan una preocupación por la situación de México que nace del conocimiento cercano que tiene del tema, así como de lo que acertadamente califica como una situación “de terror”.

Criticar este tipo de expresiones, además, tiene el pernicioso efecto de desviar la atención de nuestra dura realidad y de distraernos de la que debe ser la principal tarea de todos los mexicanos, gobernantes y gobernados: colaborar en la construcción de una cultura de paz, no con aspavientos mediáticos, sino con un trabajo humilde, entregado y cívico.

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Lucha contra la corrupción, ¿y la sociedad?

Manuel Espino

Por Manuel Espino

 

El rechazo a las medidas ejecutivas para combatir la corrupción anunciadas por el presidente Enrique Peña Nieto ha sido prácticamente unánime y por momentos rabioso. Se ha lanzado una embestida furiosa, encabezada y azuzada por los partidos de oposición, que busca dañar aún más la imagen del Gobierno Federal en la recta final hacia las elecciones intermedias, tratando de restar puntos en las encuestas y votos en las urnas.

La verdad sea dicha, este embate presidencial contra la corrupción ha sido visto y analizadO a través de un cristal politizado y manchado de intenciones electoreras, pero eso no quita que existen elementos que dan un sustento real a las críticas.

De manera más mesurada y racional que los partidos, también algunas de las organizaciones más trascendentes en materia de combate a la corrupción han puesto bajo la lupa este esfuerzo presidencial. La Red por La Rendición de Cuentas,  México Evalúa, el Centro de Análisis e Investigación Fundar y Transparencia Mexicana, por mencionar solo las más prestigiadas, han argumentado con fuerza e inteligencia contra cada uno de los ocho rubros anunciados desde Los Pinos.

 

Es claro que entre los asesores del presidente hubo una falta de creatividad política e incluso cierto desconocimiento de la arquitectura institucional del Estado mexicano, pues varios de los caminos que supuestamente se seguirán serán bloqueados por disposiciones jurídicas y procedimientos ya instituidos.

Sin embargo, más que sumarse a la ola de detracciones, conviene señalar que aún existe una posibilidad de salvar este esfuerzo y darle vigor y peso, efectividad y eficacia. Como en prácticamente todos los rubros de la vida nacional, es urgente ciudadanizar los esfuerzos gubernamentales, en abrir las puertas y las ventanas de las oficinas burocráticas, en hacer la administración pública genuinamente pública.

Una manera de subsanar el criticado nombramiento de un Secretario de Estado encargado de combatir la corrupción bajo la sombra de sus relaciones con el círculo cercano del poder, consistiría en instituir consejos y equipos de trabajo ciudadanos, que permitan la participación real y efectiva, no simbólica ni escenográfica, de la sociedad en esta lucha.

La clave es, pues, abrirse de capa y reconocer que el gobierno no puede ser juez y parte y que únicamente la sociedad le puede lavar la cara y dotarlo de la legitimidad que anhela. Porque entre los riesgos de abrirse al escrutinio de la sociedad y los riesgos de seguir actuando con una cautela teñida de visiones partidistas, los segundos son mucho mayores y dañinos tanto para el propio Ejecutivo Federal como para la sociedad en su conjunto.

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La nueva opción de Calderón

Manuel Espino

Por Manuel Espino

 

Los pocos militantes que aún conserva Acción Nacional han recibido uno más de muchos golpes de parte de Felipe Calderón, quien ahora amaga con abandonar ese desvencijado partido y fundar uno nuevo.

Esta contundente amenaza tiene los agravantes de haber sido lanzada desde una de las tribunas globales más importantes, el Foro Económico Mundial de Davos, y de provenir de un ex presidente de dicho partido, quien presumiera de tener “sangre azul” y de ser un genuino panista nacido y criado en una familia de alcurnia política.

Ahora vemos para qué han servido tan cacareados blasones, qué tan feble lealtad siente Calderón hacia el partido que alguna vez afirmó defender de los panistas falsos y advenedizos, que solo se le acercaban para acceder a un cargo público.

No es casualidad que justo ahora que el PAN no es una opción para que los suyos mantengan prebendas y privilegios, es que Calderón critica acremente esta institución afirmando que ante su descomposición “habrá que pensar seriamente en crear otra opción política, así sea que tome una o dos décadas para que fructifique”.

Claro está que los profundos y vastos problemas que señala el vapuleado ex presidente no son nuevos. La corrupción, las prácticas antidemocráticas en la vida interna, el divorcio de la sociedad, ya estaban allí cuando su grupo prevalecía; solo que en su momento no señaló tales taras porque entonces el partido sí le era útil, sí lo podía usar para alcanzar sus fines sin detenerse a pensar en los medios.

Pero ahora que el calderonismo es un grupo políticamente deleznable (al grado que la propia esposa de Calderón, Margarita Zavala, fracasó en su intento de ser diputada federal) es que le surgen a FCH estos ánimos críticos y este aire de juez, así como una severa amnesia política que le hace olvidar que justo lo que hoy señala al PAN es aquello en lo que su voracidad de poder lo convirtió.

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Las viejas mañas de los nuevos partidos

Manuel Espino

Por Manuel Espino

 

En la carrera hacia las elecciones intermedias los partidos de reciente creación están cayendo en errores aciagos que a mediano plazo pagarán en las urnas y a corto en la arena de la opinión pública, por el repudio social que ya comienzan a ganarse debido a rencillas y prácticas autoritarias funestas, justo aquello que durante 2014 prometieron desterrar.

A escasas semanas de recibir dineros públicos evidencian que los mueve la lucha por el poder pero no un espíritu de servicio. Ya han demostrado que la democracia, la pluralidad, el respeto, la paz, son para ellos tan solo palabras, pero no realidades.

Los dos casos más evidentes y que han llegado a ocupar espacios prominentes en la prensa nacional involucran a al Partido Humanista y al Movimiento Regeneración Nacional.

Morena ya ha sufrido su primera escisión importante, comenzando a recorrer el camino de disputas y desencuentros, siguiendo el mismo camino de su padre político: el Partido de la Revolución Democrática. Esta semana renunció Eduardo Cervantes, líder de dicho partido en el Distrito Federal, argumentando “diferencias insuperables con la dirección de facto en el Distrito Federal”, lo que es una manera discreta de denunciar que Andrés Manuel López Obrador designó una serie de candidatos de manera antidemocrática, “saltándose” a la dirigencia local. La renuncia de Cervantes deja claro, por si alguien tenía alguna duda, que sigue viva la tradición pejista de nombrar “juanitos” y ejercer el supremo “dedazo”.

Por su parte, el Partido “Humanista” ya desde diciembre inició un pleito mayúsculo cuando dos de sus dirigentes se aliaron para destituir al coordinador nacional, quien según reportes de la prensa se habría negado a “repartir” equitativamente las coordinaciones estatales. La polémica llegó al grado de que se ha hablado de la toma violenta de las instalaciones.

Considerando que el buen juez por su casa empieza, estos nuevos partidos no tienen cara para hablar de una democracia que ni siquiera son capaces de ejercer para sí mismos, menos para los demás. Además, ¿con qué autoridad pueden llamar al diálogo cuando ni entre ellos se ponen de acuerdo? ¿Cómo hablan de paz quienes han actuado de manera violenta?

Claro está que estos nuevos partidos se definen por viejas mañas y viejos personajes, que los harán naufragar en las elecciones, pues en este momento los mexicanos no conocen una sola de sus propuestas pero ya han visto su verdadero rostro: el de la ambición por el poder.

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Convivir con los corruptos

Manuel Espino

Por Manuel Espino

 

La más reciente visita de Felipe Calderón a Chile fue empañada no por sus dichos, sino por una de sus acciones: cenar con diversos políticos chilenos envueltos en un escándalo de corrupción, durante el “III Encuentro Internacional Oswaldo Payá: reflexiones sobre la vigencia del pensamiento humanista cristiano”.

Según la prensa local, a Calderón lo invitó Sebastián Piñera a cenar a su casa “e incluyó entre los comensales en el ojo del huracán por el escándalo de corrupción política asociado al Caso Penta. Es que a la cita llegaron el diputado Ernesto Silva y el senador Iván Moreira, ambos salpicados por los pagos irregulares y las boletas falsas emitidas para financiar campañas políticas”.

Calderón podría haber rechazado la invitación, pero si encumbró a César Nava y Germán Martínez, evidentemente la corrupción no le es un tema vergonzoso.

He ahí uno de los primordiales yerros de los políticos que nos ha tocado padecer en los últimos años: no condenan al corrupto, no se desmarcan, no solo lo toleran sino que incluso lo hacen parte de su círculo social y le conceden poder y recursos para ejercer sus artes oscuras. Allí está el caso de Miguel Ángel Yunes, que recibió de Felipe Calderón un apoyo decisivo para tejer redes de corrupción que acabaron por hundir al PAN en el desprestigio. Hoy —a pesar de su negro historial— Yunes encabeza una de las cinco listas plurinominales de candidatos a diputados federales.

Pero lo mismo sucede en instancias como la Global Quality Foundation, que nombró como “alcalde del año al nayarita Hilario Ramírez Villanueva, alias “El Layín”, quien durante su campaña confesará haber robado “nomás poquito”.

Ese tipo de reconocimientos son la raíz de dichos tan perniciosos para nuestra sociedad como “el que no tranza no avanza” o “el poder corrompe”, cuando son las personas quienes se corrompen a sí mismas, eligiendo traicionar a la sociedad en la búsqueda de poder y riquezas.

Como personas que no se limitan a ser habitantes sino se elevan hasta el nivel de ciudadanos, tenemos el deber de recordar que la corrupción se combate no solo en los tribunales, sino también en los espacios de convivencia, en la opinión pública y hasta en ese momento en el que decidimos a quién invitamos a sentarse a nuestra mesa. Pues mientras no haya una condena comunitaria generalizada y tajante a los corruptos, se les seguirá otorgando tácitamente el permiso para seguir carcomiendo el alma de nuestra sociedad.

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