Homilía

Dones para la responsabilidad

Arzobispo

Desde la antífona antes del Evangelio de hoy, S. Mateo nos alerta: “vigilen y estén atentos, porque no conocen el día en que vendrá el Señor” (Mt 24,42-44). Y, la parábola sobre los talentos o carismas, (Mt 25, 14-30) exige una vigilancia dinámica. No es digno del Señor su Dios, aquella comunidad cristiana o un miembro de ella, que por miedo a comprometerse en el contacto con los hombres y con sus problemas cotidianos, se aleja de las realidades de este mundo. Una comunidad (o individuo en ella), debe experimentar la corresponsabilidad de hacer crecer el Reino, debe fructificar, si no quiere ser condenado.

 

En la parábola de hoy, lo que unifica el cuadro, no es el diálogo entre el patrón y los criados a quienes fueron confiado diez o dos talentos, de los que dieron buenos intereses; sino el diálogo cerrado entre el patrón y el criado que recibió un talento y lo enterró regresándolo íntegro; condenado por su pereza por el patrón que le exige justificaciones.

 

Porque la prudencia exige también calcular el riesgo. La explicación del criado perezoso, a primera vista es un razonamiento justo, un comportamiento que, sin arriesgar pone al seguro sus espaldas: juzgando que es más sensato conservar lo poco que se tiene y no perderlo.

 

El criado se cree en lo justo, no arriesgando y enterrando el talento recibido para restituirlo intacto. Se defiende, diciendo que el patrón “cosecha donde no ha sembrado”. Así, en nombre de la justicia, contradice al patrón el derecho a pedirle más de lo que le ha dado.

 

La argumentación de esta parábola, está claramente dirigida contra los escribas y fariseos observantes de la ley, y contra quienes buscan evitar el riesgo de la responsabilidad, el riesgo de perder la vida. En el fondo, su razonamiento tiene lógica: Dios exige la perfección, la ley expresa su voluntad: solo una observancia escrupulosa de la ley da seguridad. Pero, la lógica del patrón de la parábola es distinta: la salvación incluye el riesgo: “sabes que cosecho donde no he sembrado; por tanto…”.

 

El denario que el criado ha recibido no salva por sí sólo; la cantidad de talentos no constituye una seguridad, o una justificación. El don o carisma es para fructificar. Quien no arriesga no puede ganarse ni la vida terrena ni la vida eterna. La venida del Señor, improvisamente para todos, no permite esperas para negociar con los dones recibidos. La defensa es la táctica de la derrota. No arriesgar, puede parecer prudencia; pero, al fin de cuentas, es prueba de pereza.         Quien no pone en acción el anuncio recibido y no sabe sacar alguna ventaja de lo recibido, es como el invitado a un festín de bodas, que no viste el traje formal o como las damas del cortejo nupcial, distraídas y perezosas que no llenaron sus lámparas de aceite.

 

El Evangelio es un mensaje para dejarse transformar por Él, influyendo toda la actividad propia.

En cambio, no es modelo el tercer criado de la parábola: él tiene miedo del patrón, miedo que el cristiano no tiene, desde el momento que el Bautismo nos ha hecho “hijos”. El trabajo es el medio por el cual el hombre pone en acción su condición de criatura. En lo cotidiano, el hombre experimenta las propias capacidades transformadoras, su fantasía creativa. Aunque, también en lo cotidiano experimenta el desorden del pecado a nivel personal, social y estructural.

 

Con todo, en esta humanidad, Cristo actúa como energía de renovación, difundiendo dones y talentos a hombres libres que saben hacerlos fructificar con entusiasmo. El Espíritu Santo nos empuja a ser hombres nuevos, esto es hombres que a pesar de contragolpes y oposiciones continuamos a edificar con amor un futuro más bello.

Héctor González Martínez

Administrador Apostólico

¿Sabes tú que eres templo?

Arzobispo

 ¿Saben ustedes que son templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?  Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y ese templo son ustedes” (1Cor 3, 16-17).

 

El valor y la dignidad de una persona deben medirse sobre todo por su condición de templo de Dios y morada del Espíritu. En el mundo antiguo se respetaba sobremanera la santidad de un templo y se castigaba con rigor su profanación. Así deben respetarse también los cristianos entre sí, valorando su propia condición y no las cualidades que cada uno posee. De este modo evitarán el peligro de divinizar a los que sólo son hombres, olvidando que todos están sometidos a Cristo y en Él a Dios.

 

En el curso de los siglos, Israel tomó conciencia de la propia identidad nacional y religiosa. Más aún, la monarquía aparecía como la garantía de fidelidad al Dios de la Alianza. Por ello, en la primera lectura de hoy, David piensa que la construcción de un templo a Dios los haría habitar establemente en medio del pueblo y propiciaría definitivamente sus favores. Pero, el profeta de la corte, es obligado a decirle, que es Dios quien construirá una casa a David, es decir una dinastía que dure para siempre.

Dios no rechaza el templo; pero afirma que el futuro del pueblo y de la dinastía, se apoyará sobre la Alianza entre Dios y el hombre, más que sobre el mismo templo. La fidelidad recíproca entre Dios y el hombre, será más importante que los sacrificios del templo.

 

Por mucho tiempo y para muchos, el término “Iglesia”, solo ha significado un edificio y para otros un lugar para visitar turísticamente, por deber o por conveniencia. Por ello Nietzsche afirmó: “¿qué cosa más, pueden ser aún estas iglesias, sino tumbas y monumentos sepulcrales de Dios”? Hoy, mucho han cambiado las cosas, pero no ha sido superada del todo la idea de una Iglesia que se atrinchera en poderosas  ciudades de Dios, en vez de abrirse a los hombres y a las relaciones humanas  S. Pablo predicó en Atenas: “el Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él y que es el Señor de cielo y tierra, no habita en templos construidos por mano de hombres; tampoco tiene necesidad de que los hombres lo sirvan, pues Él da a todos la vida, la respiración y todo lo demás. Él creó de un solo hombre toda la humanidad para que habitara en toda la tierra, fijando a cada pueblo dónde y cuándo tenían qué habitar, con el fin de que buscaran a Dios, a ver si, aunque sea a tientas, lo podían encontrar; y es que no está lejos de cada uno de nosotros, ya que en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 24).

 

Dios no pone su morada en edificios, sino en los hombres. ¿“no saben que ustedes son templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes”? Con todo, el edificio eclesial tiene un sentido: es un espacio en que se reúnen los fieles para encontrar al Señor y encontrarse en el Señor. El templo recapitula y expresa los varios momentos y modos de la presencia de Dios en medio de los hombres. Es el signo visible del único y verdadero templo que es el Cuerpo personal de Cristo y su Cuerpo místico que es la Iglesia. Es pues, un lugar sagrado no porque sean sagradas las piedras materiales que lo componen, sino porque son santos los cristianos que se reúnen en el.

 

Dios pone su morada entre los hombres; las piedras que lo constituyen, son los del “sí” incondicionado a Dios. María es la primera piedra viva. Luego S. José, cuya disponibilidad al plan de Dios aseguró al Niño que nació de María la descendencia real de la estirpe de David. Por el “sí” de personas tan humildes, pobres, atentas a la voluntad de Dios, Jesús, hijo de David entró en la historia del mundo. Esta es su casa, su templo.

Héctor González Martínez

   Administrador Apostólico

 

La autenticidad cristiana

Arzobispo

En el Evangelio de hoy, según S. Mateo, la tensión creada entre Jesús y los jefes de los judíos, desemboca en amenazas tan violentas que despiertan estupor. S. Mateo reporta este encuentro de Jesús con los fariseos, no como relatando una historia, sino como una incisiva catequesis contra la hipocresía. En el capítulo 23 de S. Mateo, resuena por seis veces: “ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas”.

Entonces y ahora, esa amenaza va contra los que se sientan en la cátedra de Moisés, enseñando sin actuar; quienes pasan por maestros y observantes de la ley, sin cumplirla; quien rechaza ser pequeño para servir a los hermanos. Estas palabras evangélicas son una amonestación actual a quién es maestro en la comunidad; porque quien anuncia el Evangelio no tiene derecho a diluirlo.

 

La violencia del lenguaje de Jesús contra sus contemporáneos, a primera vista puede sorprender, pero es proporcionada a la gravedad de la perversión de la vida religiosa que habían provocado. El reclamo más fuerte que Jesús les dirige es el de hipocresía. Aquellos fariseos eran creyentes que se habían empeñado en la aventura de la fe y en la reconstrucción de la vida religiosa de aquel tiempo. Sabían bien que la fidelidad a la Alianza no se reduce a participar en el culto, sino que incluye exigencias morales, como la justicia y la misericordia. Pero, por el miedo a perderse reducían la fidelidad a Dios a la observancia de la ley; reducían la fe a la religión.

 

En esa actitud de hipocresías manifiesta, el fariseo se engaña a sí mismo y engaña a los demás. El fariseo aparente fidelidad a Yahvé, pero en realidad, su religiosidad es ajena a la aventura de la fe. En vez de llevar a los hombres a Dios, sólo logra atraer las miradas hacia sí mismo, sin advertir siquiera que él en todo lo que hace sólo busca hacerse notar.

 

Ante tales perversiones, se comprende la fuerte reacción de Jesús. Pues, no hay nada de más extraño a la religión del amor, que el legalismo farisaico con las consecuencias del legalismo corrosivo. Cuando en la conciencia del creyente se infiltra el legalismo, se bloquea el dinamismo propio de la aventura de la fe, aunque se salven las apariencias.

 

¿Por qué la acusación de hipócrita es dirigida a nosotros los cristianos, más frecuentemente que a otros?, siendo que, ciertamente el ideal cristiano es muy elevado. Pero ¿por qué los cristianos nos acusamos de afirmar con las palabras lo que desmentimos con los hechos? Tal vez, porque la hipocresía es la tentación por excelencia, de quienes queremos recorrer la aventura de la fe.

La hipocresía impidió al pueblo judío cruzar el umbral que lo llevara al reconocimiento del verdadero Mesías. Este es un peligro que actualmente corremos también los cristianos: el peligro de desnaturalizar el mismo rostro del Reino de Dios. Los cristianos no estamos inmunes más que los judíos contra el riesgo de la hipocresía; porque el orgullo sutil de una parte y cierta inercia espiritual de otra parte, continúan influyendo en nuestro medio. Más que de una verdadera hipocresía consciente, se trata de una hipocresía manifiesta en hechos y comportamientos inconscientes. Sobre todo, los que tenemos responsabilidades públicas, más que los demás corremos el riesgo de comportarnos con cierta hipocresía; por aparecer superiores a los demás o por no tomar decisiones que puedan desagradar: estamos tentados a no intervenir, a responder evasivamente, cuando se nos exijan decisiones claras, riesgosas o impopulares.

 

Cristo se ha hecho para nosotros, modelo y norma de conducta. Así, S. Pedro aconseja: “rechacen toda malicia y todo engaño, así como cualquier tipo de hipocresía, envidia o calumnia” (1Pe. 2,1).

 

Héctor González Martínez

Administrador Apostólico

Domingo Mundial de las Misiones

Arzobispo

Domingo Mundial de las Misiones, la liturgia inicia imperante en la antífona de entrada: “anuncien a todos los pueblos la gloria del Señor; sus maravillas a todas las naciones; porque grande es el Señor y muy digno de alabanza”. Alabemos y demos gracias a Dios, hoy, por la Beatificación en Roma del Papa Pablo VI, sucesor del Beato Juan XXIII, llevando a feliz término el Concilio Vaticano  II.

 

En la primera lectura, el profeta Isaías presenta la figura del profeta israelita: un auténtico discípulo de Dios, un servidor del pueblo, a quien el Señor ama con predilección y protege con mano fuerte. El particularismo judío se universaliza, abriéndose a los extranjeros y extraños, tradicionalmente excluidos de la Alianza. Como nuevas señales de identidad, tendrán sólo dos condiciones: observar el sábado y practicar la justicia. De esta manera podrán recibir la salvación y la liberación que se revela, y reunirse en la casa de Dios, casa de oración para todos los pueblos. Este inicial universalismo se hace realidad plena en el Nuevo Testamento.

 

En la segunda lectura, S. Pablo, escribe como apóstol por mandato de Jesucristo, a Timoteo, su amado hijo en la fe, exhortando a la fidelidad a la doctrina recibida, manifestando la voluntad salvífica universal: nuestro Salvador “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad; pues Jesucristo se entregó a sí mismo para salvar a todos… Deseo pues, que todos los hombres oren en todo lugar, levantando las manos sin ira ni discusiones”.

 

En la tercera lectura, tomada del Evangelio de S. Mateo, Jesús manifiesta su misión universal, de la que participa a su Iglesia: “Dios me ha dado autoridad plena sobre cielo y tierra: Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado”. El encuentro final de Jesús con sus discípulos, tiene lugar en Galilea, escenario significativo, pues en Galilea Jesús inició su misión y en un monte, como cuando Dios reunió a su pueblo. También  dentro del Evangelio, este es un texto muy importante.

 

Los discípulos, cuya fe vacilante, hizo que abandonaran a Jesús, en el momento de la pasión, ahora lo reconocen como su único Señor y lo adoran. Ellos serán el pueblo mesiánico que continúa su misión. El envío del resucitado renueva el del Jesús terreno, pero la misión se extiende ahora a todos los hombres, y no sólo a Israel. Esta misión consiste en reunir a los que, sellados por el Bautismo, harán realidad, el estilo de vida de Jesús en la tierra, hasta el fin del mundo.

 

Las últimas palabras de Jesús: “Sepan que yo estaré con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos”.  Son una invitación a regresar al principio del Evangelio, para escuchar de nuevo sus enseñanzas y contemplar sus signos, como enseñanzas y signos del resucitado. Y son también una exhortación a comunicar a otros la Buena Noticia desde la certeza de que el resucitado sigue presente en su Iglesia.

 

El mandato de Jesús: hagan a todos los pueblos discípulos míos, no fue dado sólo a los Apóstoles, fue dado para siempre a la Iglesia, es decir a todos los que somos creyentes en Cristo. Todo lo que Jesús ha realizado, los poderes que ha mostrado y que dona a la Iglesia. Los hombres que han tomado conciencia, de que es suya la historia de la Salvación, y sienten profundamente que tienen a Dios por Padre y Hermano, y que son empujados a comunicar al mundo este mensaje, haciendo a todos los pueblos discípulos de Cristo, para que también entren en este dinamismo de salvación, por el que Dios trasmite entre nosotros vida humana en fraternidad, solidaridad y colaboración.

 

Héctor González Martínez

Administrador Apostólico

Domingo XXVIII, Ordinario; El gran encuentro final

Arzobispo

 El tema de la convocación y del encuentro universal atraviesa en todos los libros de la Escritura y define la experiencia de Israel y  de la Iglesia.

 

El pueblo elegido percibe su unidad como un encuentro continuamente provocado por la convocación de Yahvé. El enfoque de estos encuentros casi siempre es cultual y sacrificial, en referencia al gran encuentro que concluye la Alianza y preludia o antecede el encuentro final y universal. Cuando loa profetas prevén le llegada mesiánica acuden al tema de la asamblea en que Yahvé congregará no sólo las doce tribus de Israel, sino todas las naciones de la tierra.

 

Dios desea congregar a todas las naciones, por medio del pueblo elegido, precedentemente  destinado en los planes de Dios a ser el instrumento privilegiado del encuentro universal. Pero, el rechazo de Israel lo priva de este privilegio, y dicha congregación universal se logrará en torno al Cristo crucificado que resucita de entre los muertos.

 

Es Dios, quién por medio de Jesús convoca este encuentro; pero su proyecto de reunificación no se logrará sin la participación activa y la colaboración del hombre. El proyecto de Dios se convierte en tarea del hombre: el Reino de Dios no desciende del cielo como un relámpago. Si es cierto que Cristo constituye la piedra angular de la construcción, los hombres no pueden dispensarse de colaborar a levantar el edificio. En este encuentro universal no habrá ningún reconocimiento para Israel. Ha comenzado un nuevo universalismo. Es el banquete sobre el monte que el Señor preparará para todos los pueblos.

 

Desde el día de Pentecostés, el lugar y la señal privilegiados del encuentro universal queridos por Dios es la Iglesia. El milagro de las lenguas y su lugar en Jerusalén, de gentes llegadas de todas partes del mundo, expresan bien, desde su nacimiento la naturaleza y la misión de la Iglesia; su misterio puede expresarse como convocación y misterio.         La Iglesia no es fiel a sí misma, si no se coloca como puente que une no solo a los hombres con Dios, sino también entre sí. La Iglesia tiene el deber de ir al encuentro de los hombres y de alcanzarlos ahí donde se encuentren.

 

En el mundo moderno y secularizado, ha cambiado mucho la situación y la presencia de la Iglesia entre los hombres. En tiempos de cristiandad la Iglesia congregaba no sólo en torno a la Eucaristía, sino también en todos los demás sectores de la vida y de la actividad humana, sobre los cuales ejercía una verdadera tutela; hoy esta competencia es muy diversa por el cambio de situaciones. Podremos decir que la verdadera unidad, el verdadero encuentro de los hombres se da fuera de la esfera de influjo de la Iglesia, cuando no, en oposición a ella.

 

La convocación y el encuentro de los hombres sucede hoy en torno a los ideales de justicia de liberación, toma de conciencia de la dignidad personal, que reúnen a las masas en partidos o sindicatos. Los hombres se unen en la lucha contra el hambre, las enfermedades, en el intento titánico de librarse de la esclavitud y de las fuerzas de la naturaleza; se congregan en torno a la ciencia y a la técnica, en las cuales creen como en una esperanza nueva y terrena; se congregan y se unen en la lucha de clases, contra la opresión y el poder de los sistemas. Este es el terreno donde se encuentran los hombres de hoy, y donde el hombre moderno tiene siempre conciencia de poder terminar un destino histórico y terreno, ajeno a preocupaciones religiosas. La convocatoria de la Iglesia, en estos ambientes, pasa a través del testimonio de los creyentes que sea de verdad un llamado a la salvación y a una reunión mucho más total y profunda de aquella que el hombre logra construir solo con sus manos.

Héctor González Martínez

Administrador Apostólico

“Jesús jamás quiso que su Iglesia fuera tan rígida”

El-sacerdote-Jose-Maria-Gil-Tamayo-saluda-al-papa-Francisco-durante-una-audiencia-en-El-Vaticano

El Papa arremete en Santa Marta contra los que “terminan haciendo negocios en la Iglesia”

“Hay tantos carismas, hay una gran diversidad de personas y de dones del Espíritu”

La Iglesia “no es rígida”, la Iglesia “es libre”. Lo subrayó el Papa Francisco. El Pontífice advirtió acerca de tres tipos de personas que pretenden llamarse cristianos: los que quieren la “uniformidad”, los que pretenden las “alternativas” y los que buscan las “ventajas”. Para estos, observó, “la Iglesia no es su casa”, sino que la toman “en alquiler”.

Jesús reza por la Iglesia y pide al Padre que entre sus discípulos “no haya divisiones ni peleas”. El Papa se inspiró en el Evangelio del día para detenerse precisamente sobre la unidad de la Iglesia. “Tantos – observó Francisco – dicen que están en la Iglesia”, pero “están con un pie adentro” y con el otro aún afuera. Se reservan, así, la “posibilidad de estar en dos lugares, “dentro y fuera”. “Para esta gente – agregó el Papa – la Iglesia no es su casa, no la sienten como propia. Para ellos es un alquiler”.

Y reafirmó que hay “algunos grupos que alquilan la Iglesia, pero no la consideran su casa”. El Santo Padre enumeró estos tres grupos de cristianos: en el primero – dijo – están “aquellos que quieren que todos sean iguales en la Iglesia”. “Martirizando un poco la lengua italiana” – bromeó Francisco -podríamos definirlos que se “uniforman”:

“La uniformidad. La rigidez. ¡Son rígidos! No tienen esa libertad que da el Espíritu Santo. Y crean confusión entre lo que Jesús predicó en el Evangelio con su doctrina, con su doctrina de igualdad. Y Jesús jamás quiso que su Iglesia fuera tan rígida. Jamás. Y éstos, por tal actitud, no entran en la Iglesia. Se dicen cristianos, se dicen católicos, pero su actitud rígida los aleja de la Iglesia”.

El otro grupo – prosiguió diciendo el Papa – está hecho de aquellos que siempre tienen una idea propia, “que no quieren que sea como la de la Iglesia, tienen una alternativa”. Son – dijo el Papa – los “alternativos”:

“Yo entro en la Iglesia, pero con esta idea, con esta ideología. Y así su pertenencia a la Iglesia es parcial. También éstos tienen un pie fuera de la Iglesia. También para éstos la Iglesia no es su casa, no es propia. En un determinado momento alquilan la Iglesia. ¡Al principio de la predicación evangélica había de éstos! Pensemos en los agnósticos, a los que el Apóstol Juan bastonea tan fuerte, ¿no? ‘Somos… sí, sí… somos católicos, pero con estas ideas’. Una alternativa. No comparten ese sentir propio de la Iglesia”.

Y el tercer grupo – dijo Francisco – es el de aquellos que “se dicen cristianos, pero que no entran con el corazón en la Iglesia”: son los “ventajistas”, aquellos que “buscan las ventajas, y van a la Iglesia, pero por ventaja personal, y terminan haciendo negocios en la Iglesia”:

“Los especuladores. ¡Los conocemos bien! Pero desde el principio estaban. Pensemos en Simón el Mago, pensemos en Ananías y en Safira. Estos se aprovechaban de la iglesia para su propia ventaja. Y los hemos visto en las comunidades parroquiales o diocesanas, en las congregaciones religiosas, en algunos benefactores de la Iglesia, ¡tantos, eh! Se pavonean de ser precisamente benefactores y al final, detrás de la mesa, hacían sus negocios. Y éstos tampoco sienten a la Iglesia como madre, como propia. Y Jesús dice: ‘¡No! ¡La Iglesia no es rígida, una, sola: la Iglesia es libre!’”.

En la Iglesia – reflexionó el Papa – “hay tantos carismas, hay una gran diversidad de personas y de dones del Espíritu”. Y recordó que el Señor nos dice: “Si tu quieres entrar en la Iglesia, que sea por amor”, para dar “todo tu corazón y no para hacer negocios en tu beneficio”. La Iglesia – reafirmó Francisco – “no es una casa de alquiler”, la Iglesia “es una casa para vivir”, “como madre propia”.

El Papa Francisco reconoció que esto no es fácil, porque “las tentaciones son tantas”. Pero puso de manifiesto que quien hace la unidad en la Iglesia, “la unidad en la diversidad, en la libertad, en la generosidad es sólo el Espíritu Santo”, porque “ésta es su tarea”. El Espíritu Santo – añadió – “hace la armonía en la Iglesia. La unidad en la Iglesia es armonía”. Y observó que todos “somos diversos, no somos iguales, gracias a Dios”, de lo contrario “¡sería un infierno!”. Y “todos estamos llamados a la docilidad al Espíritu Santo”. Precisamente esta docilidad – dijo el Pontífice – es “la virtud que nos salvará de ser rígidos, de ser ‘alternativos’ y de ser ‘especuladores’ en la Iglesia: la docilidad al Espíritu Santo”. Y es precisamente “esta docilidad la que transforma a la Iglesia de una casa en alquiler en una casa propia”.

“Que el Señor – dijo el Papa al concluir – nos envíe al Espíritu Santo y que cree esta armonía en nuestras comunidades, comunidades parroquiales, diocesanas, comunidades de los movimientos. Que sea el Espíritu el que haga esta armonía, porque como decía un Padre de la Iglesia: El Espíritu, Él mismo, es la armonía”.

FRANCISCO RECLAMA “PASTORES, ANTES QUE INTELECTUALES”

Pastores, antes que intelectuales, que nunca olvidan a Cristo, su “primer amor”, y permanecen siempre siguiéndole: este es el retrato que el Papa Francisco, ha hecho de todos los hombres consagrados a Dios en el sacerdocio.

“¿Como va el primer amor?”. Es decir, ¿estoy enamorado de ti como el primer día? ¿Soy feliz contigo o te ignoro? Preguntas universales que hay que hacerse a menudo, dice el Papa Francisco. Y no solo los esposos dentro de la pareja, sino también sacerdotes, obispos, frente a Jesús. Porque es Él, afirma, quien nos pregunta como un día hizo con Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”. La homilía del Papa parte precisamente de este diálogo del Evangelio en el que Cristo pregunta por tres veces al primero de los Apóstoles si le ama más que los demás, una manera – observa – para volver a llevarle al “primer amor”.

“Esta es la pregunta que me hago, que hago a mis hermanos obispos y a los sacerdotes: como está el amor de hoy, el que inspira Jesús, ¿no? ¿Es como al principio? ¿Estoy enamorado como el primer día? ¿O el trabajo, las preocupaciones un poco me hacen mirar a otras cosas, y olvidar un poco el amor? Los esposos pelean, pelean. Y eso es normal. Pero cuando no hay amor, no se pelea: se rompe”.

“Nunca hay que olvidar el primer amor. Nunca”, subraya el Papa Francisco, quien resalta otros tres aspectos a tener presente en la relación de diálogo de un sacerdote con Jesús. Ser ante todo – antes del estudio, antes de querer ser “un intelectual de la del filosofía o de la teología o de la patrología – un “pastor”, tal como Jesús pidió a Pedro: “Apacienta a mis ovejas”. El resto, sostiene el Papa, viene “después”.

“Apacienta. Con la teología, con la filosofía, con la patrología, con lo que estudias, pero apacienta. Sé pastor. Porque el Señor nos ha llamado para esto. Y las manos del obispo sobre nuestra cabeza es para ser pastores. Es una segunda pregunta, ¿no? La primera es: ‘¿Cómo va el primer amor?’. Esta, la segunda: ‘¿Soy pastor, o soy un empleado de esta ONG que se llama Iglesia?’. Hay una diferencia. ¿Soy pastor? Una pregunta que yo debo hacerme, los obispos deben hacerse, también los sacerdotes: todos. Apacienta. Sigue adelante”.

Y no hay “gloria” ni “majestad”, observa el Papa Francisco, para el pastor consagrado a Jesús: “No, hermano. Acabará de la forma más normal, incluso más humillante, muchas veces: en la cama, que te dan de comer, que te tienen que vestir … Pero inútil, allí, enfermo…”. El destino es “acabar – repite – como acabó Él”: amor que muere “como la semilla de trigo y así vendrá el fruto. Pero yo no lo veré”. Finalmente, el cuarto aspecto, la “palabra más fuerte”, indica el Papa Francisco, con la cual Jesús concluye su diálogo con Pedro, “sígueme”.

“Si hemos perdido la orientación o no sabemos cómo responder sobre el amor, no sabemos cómo responder a este ser pastores, no sabemos cómo responder o no tenemos la certeza de que el Señor no nos vaya a dejar solos incluso en los momentos más malos de la vida, en la enfermedad, Él dice: ‘Sígueme’. Esta es nuestra certeza. Tras las huellas de Jesús. Por ese camino. ‘Sígueme’”.

A todos nosotros, sacerdotes y obispos, termina el Papa Francisco, el Señor nos dé “la gracia de encontrar siempre o recordar el primer amor, de ser pastores, de no tener vergüenza de acabar humillados en una cama o también mal de la cabeza. Y que siempre nos de la gracia de ir detrás de Jesús, tras las huellas de Jesús: la gracia de seguirlo”.

«Vayan y hagan discípulos», dice el Señor

Arzobispo

Ascensión del Señor; 31-V-2014

 

            La Primera Lectura de este Domingo relata la Ascensión del Señor desde diferentes perspectivas. Una es la del narrador, quien ofrece a Teófilo una síntesis de lo que ha sucedido hasta ahora: «escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo». Otra es la perspectiva de Jesús, quien en una ocasión, mientras comían, recomendó a los apóstoles que no se alejaran de Jerusalén hasta que recibieran la promesa del Padre, es decir, el Espíritu Santo. Los apóstoles, por su parte, tienen otro punto de vista: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?».

Jesús habla de la promesa del Espíritu Santo y los apóstoles esperan la restauración del reino de Israel. Jesús entonces amplía su perspectiva y los sitúa de nuevo en lo más importante: «No les toca conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, recibirán fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo». Jesús insiste en el don del Espíritu Santo como lo único que deben esperar los apóstoles. En realidad, es el Espíritu Santo quien unifica todas las perspectivas: Jesús, movido por el Espíritu Santo había elegido a los apóstoles  y ahora también, en el momento de la Ascensión, este mismo Espíritu les da la fuerza para convertirse en testigos.

Después de las palabras de Jesús, acontece la Ascensión: «Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista». Nuevamente una nube como la del Éxodo, protectora y reveladora de la presencia de Dios, hace su aparición. La nube simboliza el ámbito de Dios y Jesús entra de una vez y para siempre en este espacio a la manera de un santuario celestial. La carta a los Hebreos lo describe atinadamente: «En efecto, Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, simple copia del verdadero santuario, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en favor nuestro» (Heb 9,24). Papa Francisco comenta: « ¡Qué lindo escuchar esto! Cuando uno ha sido convocado por el juez o tiene un juicio, lo primero que hace es buscar a un abogado para que lo defienda. Nosotros tenemos uno que nos defiende siempre, nos defiende de las insidias del diablo, nos defiende de nosotros mismos, de nuestros pecados.

Queridísimo hermanos y hermanas, tenemos a este abogado, no tengamos miedo de acudir a él para pedir perdón, pedir la bendición, pedir misericordia. Él nos perdona siempre, es nuestro abogado, nos defiende siempre ¡No olviden esto! (cf. 2:1-2). La Ascensión de Jesús al Cielo nos da a conocer esta realidad tan reconfortante para nuestro camino: en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nuestra humanidad ha sido llevada a Dios; Él nos ha abierto el paso; es como un guía en la escalada a una montaña, que llegado a la cima, tira de nosotros y nos lleva a Dios. Si confiamos a Él nuestra vida, si nos dejamos guiar por Él, estamos seguros de estar en buenas manos, en las manos de nuestro Salvador».

Los apóstoles se quedaron mirando el cielo. San León Magno en uno de sus sermones, explica lo que ellos veían tan fijamente: «Se aprovecharon tanto los apóstoles de la Ascensión del Señor que todo lo que antes les causaba miedo, después se convirtió en gozo. Desde aquel momento elevaron toda la contemplación de su alma a la divinidad sentada a la diestra del padre, y ya no les era obstáculo la vista de su cuerpo para que la inteligencia, iluminada por la fe, creyera que Cristo, ni descendiendo se había apartado del Padre, ni con su Ascensión se había apartado de sus discípulos” (San León Magno, Sermón 74)».

Habiendo contemplado al Señor en su gloria, llegaba el tiempo de poner manos a la obra. Ya Jesús no estaría más físicamente con los apóstoles. Su presencia, a partir de este momento, sería distinta. Un día volverá el Señor, pero mientras tanto es tiempo de trabajar y evangelizar: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos». Jesús insiste en hacer discípulos, a veces tarea sencilla, a veces labor nada fácil. Hay quien sigue al Señor con facilidad, entregándose totalmente a él y viviendo la vida cristiana con alegría, pero hay quien se resiste, me atrevería a decir incluso que, aunque somos bautizados, muchas veces no somos discípulos, porque nos olvidamos de seguir al Señor. Que la fiesta de la Ascensión sea una oportunidad para recordar que lo más importante es ser discípulos, es esto es lo que manda Jesús en primer lugar: «Vayan y hagan discípulos», después vendrán el bautismo y las enseñanzas, primero es necesario seguir los pasos del Señor.

Pbro. Dr. Pedro Astorga Guerra

VI Domingo de Pascua; 25-V-2014 «Quien me ama, guardará mis mandamientos», dice el Señor

Arzobispo

En este VI Domingo de Pascua se continúa narrando el proceso de evangelización de la primera comunidad cristiana. En este caso es Felipe quien en Samaria predica el Evangelio y genera mucha alegría en la ciudad. Esto es muy interesante, escuchar que el Evangelio provoca alegría es siempre una prueba de la riqueza contenida en su mensaje. ¿Cuántas cosas nos provocan alegría?

Podríamos enumerar algunas, quizá una llamada telefónica de la persona amada, una visita inesperada, o incluso un aumento de sueldo. Pero, ¿por qué el Evangelio provoca alegría? Es una buena pregunta, y entre las respuestas estaría seguramente que provoca alegría porque da vida. Cuando alguien es salvado de la muerte, entonces viene la alegría. Nace un niño o una niña y hay alegría, porque se manifiesta la vida, celebra alguien un cumpleaños y hay alegría, porque se hace presente la vida. Muere alguien y hay también alegría cristiana, porque pasa a participar de la vida eterna. En el Antiguo Testamento hubo otra ciudad que experimentó gran alegría, más o menos como la que tenía Samaria con la predicación de Felipe.

Nos referimos a la ciudad de Susa. En el libro de Ester se narra que los judíos fueron perseguidos por el rey Asuero, pero gracias a la intercesión de la reina Ester y del reconocimiento de la justicia de Mardoqueo, los papeles se invirtieron y los judíos fueron dejados con vida. «Mardoqueo salió de la presencia del rey vistiendo ropas reales de azul y blanco, una gran corona de oro y un manto de lino fino color púrpura. La ciudad de Susa estalló en gritos de alegría.  Para los judíos, aquél fue un tiempo de luz y de alegría, júbilo y honor.  En cada provincia y ciudad donde llegaban el edicto y la orden del rey, había alegría y regocijo entre los judíos, con banquetes y festejos» (Est 8,15-17). La ciudad de Susa estaba muy alegre porque los judíos habían salvado su vida, y Samaria estaba llena de alegría por haber escuchado y visto lo que hacía Felipe (Hch 8,7).

El Salmo Responsorial, en esta misma tónica, proclama la alegría que surge al contemplar las obras del Señor: «Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor, que toquen para tu nombre. Vengan a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres. Transformó el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río. Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente» (Sal 65). Los Salmos son poesía y oración, canto y alabanza al Dios creador. Quién ora y canta está alegre y mucho más alegre estará quien canta y ora las grandezas del Señor. Este Domingo sería una buena oportunidad para recordar las obras que el Señor ha realizado en nuestras vidas. Estoy seguro que habrá bastantes, el Señor nos ha bendecido y hay motivos para cantar y darle gracias.

Esta alegría que nace del agradecimiento al Señor por todos los dones concedidos es la que necesitamos para proclamar el Evangelio y llevar a delante todos los procesos de iniciación cristiana que se están realizando en nuestra Arquidiócesis.

El apóstol Pedro en la Segunda Lectura hace una atenta invitación a los creyentes a dar testimonio de la fe: «Glorifiquen en sus corazones a Cristo Señor y estén siempre prontos para dar razón de su esperanza a todo el que la pida; pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia» (1 Pe 3,15). Gracias a Dios siempre hay personas que tienen preguntas, que tienen inquietud, que quisieran conocer más la fe cristiana.

Pido a Dios que haya siempre lugares y personas que puedan dar razón de la esperanza cristiana. Felicito a todos los sacerdotes, religiosos, religiosas, y laicos que estudian y comparten sus enseñanzas con los demás. La fe es razonable. Muchos piensan que el cristianismo es un engaño, una mentira, hay muchas críticas contra la Iglesia y también muchos malos testimonios, lo cual dificulta todavía más las cosas.

Pero no podemos dejar de dar razón de nuestra fe. Contamos con los hechos y palabras de Jesús de Nazaret, tenemos a nuestras espaldas siglos de evangelización y de promoción de la persona humana. Y sobre todo, nos han presidido y sigue habiendo grandes santos y santas que hacen creíble el Evangelio. Me faltaría tiempo para mencionar aquellos que buscan el bien, que son honrados en sus trabajos, que promueven a los más débiles, que ayudan sin esperar nada a cambio, que leen y se preparan para ofrecer una buena catequesis y que oran sin descanso por la santificación de la Iglesia.

Todos ellos hacen realidad lo que dice el Evangelio: «Si me aman, guardarán mis mandamientos» (Jn 14,15). Y todos ellos recibirán todavía más, ser amados por el Padre y ser amados por el Hijo. No hay mejor cosa que se pueda pedir para esta vida.              Pbro. Dr. Pedro Astorga Guerra

II Domingo de Pascua;Jesucristo resucitado, signo de bondad y misericordia

Arzobispo

  Durante los cincuenta días del tiempo pascual, la liturgia de la Palabra orienta nuestra reflexión hacia la Iglesia comunidad de creyentes, nacida de la Pascua de Cristo. De modo muy concreto, cada domingo de Pascua, pone de relieve aspectos diversos de la vida de los cristianos, como testimonio del Señor resucitado.

            La primera comunidad Apostólica de Jerusalén, no ha dejado de existir, debe reflejarse en nuestras comunidades y en nuestras asambleas dominicales. Cada comunidad ha de ser continuamente recreada y reconstruida gracias a la presencia del Resucitado y por fuerza de sus dones pascuales como: el Espíritu, los Sacramentos, la paz, el gozo. Cada comunidad y cada asamblea dominical, está llamada a ser en el mundo signo y anuncio permanente de la Pascua del Señor, de su invitación a la paz, a la misericordia  y a la reconciliación; lo cual debe resplandecer particularmente hoy Domingo de la Misericordia Divina.      

            La  primera Carta de S. Pedro, sostiene que “hemos sido regenerados, para una esperanza viva, mediante la Resurrección de Jesucristo, de entre los muertos”. En los primeros versos subyace un antiguo himno bautismal, que bendice a Dios por la obra de la salvación mediante el Cristo, el cual es para el creyente regeneración y apertura en la esperanza hacia una salvación total. En cambio, también se considera la vida cristiana, surgida de la nueva relación que se instaura entre el hombre y Dios 

            En los Hechos de los Apóstoles, S. Lucas atestigua que “los hermanos eran asiduos a la enseñanza de los Apóstoles, en la unión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones… todos los que habían creído, permanecían juntos y poseían todo en común; quienes tenían propiedades y bienes los vendían y compartían a todos, según la necesidad de cada uno”.            “Los Hechos de los Apóstoles”, en su intento de narrar la difusión y el crecimiento de la Iglesia, ofrecen hoy, una descripción de la comunidad primitiva, que tiene su modelo y su inspiración en la pequeña comunidad cristiana, que nosotros no logramos visualizar o  imaginar. Trazo fundamental es ser asiduos y concordes en la oración y al templo. Esta actitud de piedad era también característica de compartir juntos el pan,  gesto típico de las comunidades cristianas para indicar la Eucaristía, signo de su unión amable o koinonía Se note también, en esta sumario la caracterización del discípulo como aquel que “escucha la doctrina de los Apóstoles”.            

            En el Evangelio, S. Juan narra dos apariciones del Señor resucitado: la primera, en la misma tarde del día de Pascua: “el primer día después del sábado” (el primero de la semana); la segunda, “ocho días después”. El ritmo semanal de las apariciones de Jesús, presentando los signos gloriosos de su Pasión en medio de los discípulos reunidos, creaban un ambiente fuertemente litúrgico. El día de las apariciones del Señor, pronto fue  indicado por los cristianos con el nombre de “Día del Señor”; y desde los comienzos de la Iglesia fue considerado como “signo semanal de la Pascua que era celebrada por los fieles reunidos en Asamblea para escuchar la Palabra de Dios y participar en la Eucaristía, haciendo así, memoria de la Pasión, de la Resurrección y de la Gloria del Señor Jesús, dando así gracias a Dios que “nos ha regenerado     en la esperanza viva por medio de la Resurrección de Cristo Jesús de entre los muertos” (1 Pe 1,3).

            Por ello, “el domingo es la fiesta primordial que debe ser propuesta e inculcada a la piedad de los fieles” (SC 106). Desde ahí, los cristianos somos una Comunidad de paz, bondad y reconciliación”. Por ello: ¡qué bien queda el nombre de “Domingo de la Misericordia” al Domingo de hoy!, en que han sido canonizados los Papas Juan XXIII y Juan Pablo II, edificantes en bondad y misericordia; hecho que nos motiva a ser una comunidad instrumento de paz, de reconciliación y de misericordia: que viva San Juan XXIII; que viva San Juan Pablo II. Así esa.

Héctor González Martínez

Arz. de Durango

El Papa lanza un mensaje de esperanza al término del impresionante Via Crucis del Coliseo

Francisco: “La cruz nos enseña que el mal no tendrá la última palabra, sino el amor, la misericordia y el perdón”

“La vida de Jesús ha sido una lucha. Todos somos tentados por el diablo”

Aula Pablo VI - Francisco I recibe 6000 pariodistas

La tentación “crece, contagia y se multiplica”

“¡También yo estoy tentado por las habladurías!”, asegura Francisco

 

Aprendamos del Evangelio a luchar contra las tentaciones del demonio. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta. El Pontífice subrayó que todos somos tentados, porque el diablo no quiere nuestra santidad. Y reafirmó que la vida cristiana es, precisamente, una lucha contra el mal.

“La vida de Jesús ha sido una lucha. Vino para vencer el mal, para vencer al príncipe de este mundo, para vencer al demonio”. Con estas palabras el Papa comenzó su homilía dedicada enteramente a la lucha contra el demonio. Una lucha – dijo – que debe afrontar todo cristiano. Y subrayó que el demonio “tentó a Jesús tantas veces, y Jesús sintió en su vida las tentaciones”, así como “también las persecuciones”. A la vez que advirtió que nosotros, los cristianos, “que queremos seguir Jesús”, “debemos conocer bien esta verdad”:

“También nosotros somos tentados, también nosotros somos objeto del ataque del demonio, porque el espíritu del mal no quiere nuestra santidad, no quiere el testimonio cristiano, no quiere que seamos discípulos de Jesús. ¿Y cómo hace el espíritu del mal para alejarnos del camino de Jesús con su tentación? La tentación del demonio tiene tres características y nosotros debemos conocerlas para no caer en las trampas. ¿Cómo hace el demonio para alejarnos del camino de Jesús? La tentación comienza levemente, pero crece: siempre crece. Segundo, crece y contagia a otro, se transmite a otro, trata de ser comunitaria. Y, al final, para tranquilizar el alma, se justifica. Crece, contagia y se justifica”.

La primera tentación de Jesús – observó Francisco – “casi siembra una seducción”: el diablo dice a Jesús que se tire del Templo y así, sostiene el tentador, “todos dirán: ‘¡He aquí el Mesías!’”. Es lo mismo que hizo con Adán y Eva: “Es la seducción”. El diablo – dijo el Papa – “habla como si fuera un maestro espiritual”. Y cuando la tentación “es rechazada”, entonces “crece: crece y vuelve más fuerte”. Jesús – recordó el Santo Padre – “lo dice en el Evangelio de Lucas: cuando el demonio es rechazado, gira y busca a algunos compañeros y con esta banda, vuelve”. Por lo tanto, “crece también implicando a otros”. Así sucedió con Jesús, “el demonio implica” a sus enemigos. Y lo que “parecía un hilo de agua, un pequeño hilo de agua, tranquilo – explicó Francisco – se convierte en una marea”.

La tentación “crece, y contagia. Y al final, se justifica”. El Papa también recordó que cuando Jesús predica en la Sinagoga, inmediatamente sus enemigos lo disminuyen, diciendo: “Pero, ¡éste es el hijo de José, el carpintero, el hijo de María! ¡Nunca fue a la universidad! Pero, ¿con qué autoridad habla? ¡No estudió!”. La tentación – dijo Francisco – “implicó a todos contra Jesús”. Y el punto más alto, “más fuerte de la justificación – añadió el Pontífice – es el del sacerdote”, cuando dice: “¿No saben que es mejor que un hombre muera” para salvar “al pueblo?”:

“Tenemos una tentación que crece: crece y contagia a los demás. Pensemos en una habladuría, por ejemplo: yo siento un poco de envidia por aquella persona, por aquella otra, y antes tengo la envidia dentro, solo, y es necesario compartirla y a va a lo de otra persona y dice: ‘¿Pero tú has visto a esa persona?’… y trata de crecer y contagia a otro, a otro… Pero éste es el mecanismo de las habladurías ¡y todos nosotros hemos sido tentados de caer en las habladurías! Quizá alguno de ustedes no, si es santo, ¡pero también yo estoy tentado por las habladurías! Esta es una tentación cotidiana. Comienza así, suavemente, como el hilo de agua. Crece por contagio y, al final, se justifica”.

Estemos atentos – dijo también el Papa – “cuando en nuestro corazón sentimos algo que terminará por destruir” a las personas. “Estemos atentos – recalcó – porque si no detenemos a tiempo ese hilo de agua, cuando crecerá y contagiará será una marea tal que sólo nos conducirá a justificarnos mal, como se justificaron estas personas”. Y afirmó que “es mejor que muera un hombre por el pueblo”:

“Todos somos tentados, porque la ley de la vida espiritual, de nuestra vida cristiana, es una lucha: una lucha. Porque el príncipe de este mundo – el diablo – no quiere nuestra santidad, no quiere que nosotros sigamos a Cristo. Alguno de ustedes, tal vez, no sé, podría decir: ‘Pero, Padre, ¡qué antiguo es usted: hablar del diablo en el Siglo XXI!’. Pero ¡miren que el diablo existe! El diablo existe. ¡También en el Siglo XXI! Y no debemos ser ingenuos, ¡eh! Debemos aprender del Evangelio cómo se hace para luchar contra él”.

Lo Dijo

“El diablo existe. ¡También en el Siglo XXI! Y no debemos ser ingenuos, ¡eh! Debemos aprender del Evangelio cómo se hace para luchar contra él”

FRANCISCO: “NO EXISTE UN CRISTIANISMO SIN LA CRUZ”

“No existe un cristianismo sin la Cruz”. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta. El Pontífice subrayó que “no tenemos posibilidad de salir solos de nuestro pecado” y reafirmó que la Cruz no es ornamento para colocarlo sobre el altar, sino el misterio del amor de Dios.

El pueblo murmuraba contra Dios y contra Moisés en su camino en el desierto. Pero cuando el Señor envió a las serpientes, este pueblo admitió su pecado y pidió un signo de salvación. El Papa se inspiró en la Primera lectura, tomada del Libro de los Números, para reflexionar sobre la muerte en el pecado. Y notó que Jesús, en el Evangelio del día, advierte a los fariseos diciéndoles: “Morirán en su pecado”:

“No hay posibilidad de salir solos de nuestro pecado. No hay posibilidad. Estos doctores de la ley, estas personas que enseñaban la ley, no tenían una idea clara sobre esto. Creían, sí, en el perdón de Dios, pero se sentían fuertes, suficientes, sabían todo. Y al final habían hecho de la religión, de la adoración a Dios, una cultura con los valores, las reflexiones, ciertos mandamientos de conducta para ser educados, y pensaban, sí, que el Señor puede perdonar, lo sabían, pero estaban demasiado lejos de todo esto”.

El Papa también recordó que el Señor en el desierto ordena a Moisés que haga una serpiente y la ponga sobre un asta, y le dice que quien será mordido por las serpientes y la mirará permanecerá con vida. Pero ¿qué es la serpiente?, se preguntó el Papa. “La serpiente – dijo – es el signo del pecado”, como ya vemos en el Libro del Génesis cuando “la serpiente sedujo a Eva, proponiéndole el pecado”. Y Dios – prosiguió Francisco – manda que se eleve el “pecado como bandera de victoria”. Lo que no se comprende bien si no entendemos lo que Jesús nos dice en el Evangelio”.

Jesús dice a los judíos: “Cuando habrán levantado al Hijo del hombre, sabrán que yo soy”. Por lo tanto, – dijo el Papa – en el desierto se levantó el pecado, “pero es un pecado que busca la salvación, porque cura ahí”. Y subrayó que quien es elevado es el Hijo del hombre, el verdadero Salvador, Jesucristo:

“El cristianismo no es una doctrina filosófica, no es un programa de vida para sobrevivir, para ser educados, para hacer la paz. Éstas son consecuencias. El cristianismo es una persona, una persona elevada, en la Cruz, una persona que se anonadó a sí misma para salvarnos; se ha hecho pecado. Y así como en el desierto fue elevado el pecado, aquí ha sido elevado Dios, hecho hombre y hecho pecador por nosotros. Y todos nuestros pecados estaban allí. No se comprende el cristianismo sin entender esta humillación profunda del Hijo de Dios, que se humilló a sí mismo haciéndose siervo hasta la muerte y muerte de Cruz, para servir”.

Y por esto el Apóstol Pablo – prosiguió el Papa – “cuando dice de qué cosa se gloría Él – y también podemos decir de qué cosa nos gloriamos nosotros – Francisco dijo: “De nuestros pecados”. Nosotros – observó el Santo Padre – “no tenemos otras cosas de las cuales gloriarnos, ésta es nuestra miseria”. Y añadió que “de parte de la misericordia de Dios, nosotros nos gloriamos en Cristo crucificado”. Por esta razón, reafirmó, “no existe un cristianismo sin la Cruz y no existe una Cruz sin Jesucristo”.

Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor; Cristo enfrenta la muerte con libertad de Hijo

Arzobispo

En este sexto domingo de Cuaresma, todo el empeño cuaresmal y de penitencia, se centra en el momento crucial del misterio de Cristo y de la vida cristiana, a saber: la cruz como obediencia al Padre y solidaridad con los hombres: el sufrimiento del Siervo del Señor inseparablemente unido a la gloria. El camino que Jesús emprende por reinar y salvar, contrasta con toda razonable expectativa, porque Él escoge con fuerza y riqueza, pero en debilidad y pobreza

El resumen de la celebración de hoy, nos viene de la monición introductoria a la procesión de los ramos: “Esta Asamblea litúrgica es preludio o anticipo a la Pascua del Señor: Jesús entra en Jerusalén  para dar cumplimiento al misterio de su muerte y resurrección. Pidamos la gracia de seguirlo hasta la cruz para ser partícipes de su Resurrección”

Las tres narraciones de los evangelios sinópticos arrancan de una interrogación común: dado que Cristo ha resucitado, ¿qué sentido tienen su pasión y su muerte? Una relectura de las Escrituras nos da la respuesta, haciéndonos entender que tanto la pasión como la resurrección, en todas sus modalidades son parte del Plan Salvífico de Dios.

No estamos pues, frente a una simple narración de hechos, sino ante una interpretación y anuncio en sentido salvífico, como Evangelio del evento de la cruz. Aunque la interpretación no es uniforme, sino que presenta en cada evangelista particulares acentuaciones.

En S. Mateo, Cristo no es arrastrado por los acontecimientos, sino que se presenta como Señor; pues tiene el poder de pedir doce legiones de ángeles, pero renuncia al uso de su poder; no opone violencia a violencia; y escoge el camino de la humildad, esto es de las Escrituras, reconociendo en este camino la voluntad del Padre.

Solo después de haber recorrido el camino de la humildad, aparecerá sobre las nubes del cielo, dotado de todo poder en el cielo y sobre la tierra. En la línea de las Escrituras, aparece también, cómo durante la Pasión, en Getsemaní, el Reino está presente sólo en Jesús. El discípulo y  la Iglesia, deben vivir la misma experiencia de pasión y de muerte, según el sentido del contexto “vigilen conmigo” Mt 26, 38.

 

Meditemos un poco en esta onda y estrujante lección de nuestro Redentor.

 

Héctor González Martínez

Arz. de Durango

 

Francisco: “El profeta lucha contra las personas que enjaulan al Espíritu Santo”

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El Papa recuerda a quienes son perseguidos en la Iglesia como herejes “y hoy son beatos”

“Cuando se anuncia el Evangelio podemos ser perseguidos”. Lo dijo el Papa Francisco en la misa de esta mañana en la Casa de Santa Marta. El Papa reiteró que hoy en día hay más mártires que en los primeros tiempos de la Iglesia, e instó a los fieles a no tener miedo a la incomprensión y a las persecuciones.

 El Papa desarrolló su homilía, empezando por el pasaje del Libro de la Sabiduría, en la primera lectura. Y observó que los enemigos de Jesús tienden trampas, traman “calumnias, le quitan la fama”. Es “como si prepararan un caldo para destruir al Justo”. Y esto porque se opone a sus acciones, “reprocha los pecados contra la ley”, les echa en cara “la transgresión contra la educación recibida”. A lo largo de la historia de la salvación, observó el Santo Padre, “los profetas fueron perseguidos “, y el mismo Jesús lo dice a los fariseos. Siempre “en la historia de la salvación, en el tiempo de Israel, incluso en la Iglesia -dijo- los profetas fueron perseguidos”. Perseguidos porque los profetas dicen: “¡Ustedes equivocaron el camino! Vuelvan al camino de Dios”. Y esto, observó, “para las personas que tienen el poder de aquel mal camino, no le gusta”.

 “El evangelio de hoy es claro, ¿no? Jesús se escondía, en estos últimos días, porque todavía no había llegado su hora; pero Él sabía cual habría sido su fin, cómo sería su fin. Y Jesús es perseguido desde el principio: recordemos cuando al inicio de su predicación regresa a su pueblo, va a la sinagoga y predica; inmediatamente después de una gran admiración inicial, empiezan: ‘¿Pero éste, sabemos de dónde es? ¿Este es uno de los nuestros? ¿Pero con qué autoridad viene a enseñarnos? ¿Dónde estudió?’. ¡Lo descalifican! Es el mismo discurso, ¿no? “¡Pero éste sabemos de dónde es! Cristo, en cambio, cuando vendrá nadie sabrá de dónde es!’. Descalificar al Señor, descalificar al profeta para quitarle la autoridad!”

 Lo descalifican, dijo Francisco, “porque Jesús salía y hacía salir de aquel ambiente religioso cerrado, de aquella jaula”. El profeta, reiteró el Papa, “lucha contra las personas que enjaulan el Espíritu Santo. ¡Y por eso es perseguido: siempre!”. Los profetas “siempre son perseguidos o incomprendidos -afirmó el Pontífice-, abandonados a un lado. ¡No les hacen lugar!”. ¡Esta situación, no acabó con la muerte y resurrección de Jesús, continúa en la Iglesia! “Hostigamiento desde fuera y persecución desde dentro”. Cuando leemos las vidas de los santos, dijo el Santo Padre Francisco: “cuántas incomprensiones, cuántas persecuciones han sufrido los Santos”, “porque eran profetas”.

 “También tantos pensadores de la Iglesia fueron perseguidos. Pienso en uno, ahora, en este momento, no lejos de nosotros, un hombre de buena voluntad, un profeta de verdad, que con sus libros reprochaba a la Iglesia de alejarse del camino del Señor. Pronto fue llamado al orden, sus libros puestos en el índice, le quitaron la cátedra y así para este hombre terminó su vida: no hace mucho de esto. ¡Pasó el tiempo y hoy es beato! ¿Pero cómo es que ayer era un hereje y hoy es beato? Porque ‘ayer los que tenían el poder querían silenciarlo, ya que no les gustaba lo que decía. Hoy la Iglesia, que gracias a Dios sabe arrepentirse, dice: ‘No, este hombre es bueno!’. Es más, está en el camino de la santidad: es un beato”.

 “Todas las personas que el Espíritu Santo escoge para decir la verdad al pueblo de Dios -añadió el Santo Padre – sufren persecución.” Y Jesús “es el modelo, la imagen”. El Señor tomó sobre Él “todas las persecuciones de su pueblo”. Y aún hoy, observó con amargura Francisco, “los cristianos son perseguidos”. “Me atrevo a decir -añadió- que tal vez haya tantos o más mártires ahora que en los orígenes”, “porque a esta sociedad mundana, a esta sociedad demasiado tranquila, que no quiere problemas, le dicen la verdad, le anuncian a Jesucristo”:

 “Pero existe la pena de muerte o el encarcelamiento por tener el Evangelio en casa, por enseñar el catecismo, hoy en alguna parte! Me decía un católico de estos países en los que no se puede orar juntos. ¡Está prohibido! Sólo se puede rezar solos o escondidos. Pero ellos quieren celebrar la Eucaristía y ¿cómo pueden hacerlo? Hacen una fiesta de cumpleaños, fingen celebrar el cumpleaños y allí celebran la Eucaristía, antes de la fiesta. ¡Y esto ha sucedido! Cuando ven que llega la policía, rápidamente ocultan todo y ‘Felicidad, felicidad. ¡Feliz cumpleaños! ‘Y prosigue con la fiesta. Luego, cuando se van, terminan la Eucaristía. Así tienen que hacer, ya que está prohibido rezar juntos. ¡Hoy en día!

 Y esta historia de persecución, remarca “el camino del Señor, es el camino de los que siguen al Señor. “Pero, al final, termina siempre de nuevo, como el Señor: con una Resurrección, pero ¡pasando por la Cruz!”. Francisco dirigió su pensamiento al padre Matteo Ricci, evangelizador de China, que “no fue comprendido, que no fue entendido. ¡Pero él obedeció como Jesús!” Siempre “¡habrán persecuciones, incomprensiones! Pero Jesús es el Señor, y ese es el desafío y la Cruz de nuestra fe”. Que el Señor, concluyó el Papa, “nos dé la gracia para seguir su camino y, si ocurre, incluso con la cruz de la persecución.”

FRANCISCO CRITICA A LOS QUE SE DICEN CATÓLICOS PERO “SIN ENTUSIASMO, AMARGADOS”

Francisco criticó hoy a los cristianos que van a misa todos los domingos pero que después pecan de “pereza” y “de formalismo”. En la homilía que pronunció en la misa matutina que celebró en su residencia, Casa Santa Marta, el papa realizó esta reflexión al comentar el pasaje del Evangelio en el que Jesús encuentra a una paralítico a quien nadie ayuda y habló entonces de católicos “anestesiados”, que van a misa pero después son incapaces de implicarse.

 “Pienso en tantos cristianos, que son católicos, pero sin entusiasmo y están amargados. Van a misa todos los domingos, pero después piensan que no deben implicarse. Que tienen su fe, pero no deben darla a conocer a los demás. Cada uno en su casa y así todos tranquilos, piensan”, afirmó el pontífice.

 Para Jorge Bergoglio esta es la “enfermedad de la pereza de los cristianos” que hace de ellos “personas paradas, que no se preocupan por dar el anuncio del Evangelio” y que se convierten en “personas anestesiadas”.

 El pontífice arremetió contra esta actitud que dijo hace que los católicos “sean tristes y que no sean personas luminosas”.

EL PAPA ANALIZA LOS TRABAJOS DE LA CURIA

Francisco ha presidido este martes una reunión con los responsables de los dicasterios de la Curia Romana, en la Sala Bolonia del Palacio Apostólico. Según ha informado Radio Vaticano, el encuentro “tenía la finalidad de informar sobre el modo en que la Exhortación Apostólica ‘Evangelium Gaudium’ se refleja sobre la actividad de los distintos ministerios vaticanos”.

 La Curia Romana está formada por el conjunto de órganos de gobierno de la Santa Sede y de la Iglesia católica, denominadas dicasterios, que bajo la dirección del Papa, ejercen las funciones legislativas, ejecutivas y judiciales. Se coordina y proporciona la necesaria organización central para el correcto funcionamiento de la Iglesia y el logro de sus objetivos.

 Estas reuniones privadas del Papa con los responsables de la Curia Romana se articulan como una especie de Consejo de Ministros del Vaticano. La primera del pontificado de Francisco tuvo lugar el pasado 10 de septiembre. Según informó entonces la Santa Sede, el Papa había se había reunido personalmente en los meses anteriores a septiembre de 2013 a los encargados de todos los dicasterios y había tenido con cada uno de ellos “un amplio coloquio”.

 El 10 de septiembre tuvo lugar una reunión conjunta con todos ellos cuando se cumplía su sexto mes de pontificado para “escuchar las consideraciones y consejos de los más altos responsables de la Curia Romana y de los principales colaboradores del Papa”. Según subrayó la Santa Sede, el encuentro privado se enmarcaba en el contexto de actuaciones y sugerencias presentados por los cardenales en las congregaciones generales para la preparación del cónclave y en la reflexión del Santo Padre sobre el gobierno de la Iglesia.

La palabra de Cristo divide

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  En el año 588 los babilonios suspendieron el asedio a Jerusalén, por apoyar a Egipto; pero Jeremías continuó anunciando la destrucción. Entonces, los jefes del ejército lo arrojaron a una cisterna porque les contradecía; y Jeremías se queja: “me hiciste un hombre de contradicción sobre toda la tierra”.           

 

La lectura narra: “Los jefes dijeron al rey Sedecias: que se dé muerte a Jeremías, porque desalienta a los guerreros que han quedado en esta ciudad y desanima a todo el pueblo, diciéndole palabras semejantes; porque este hombre no busca el bienestar del pueblo, sino el mal. Sedecías respondió: él está en sus manos; el rey no tiene poder contra ustedes”; ellos entonces tomaron a Jeremías y lo arrojaron a una cisterna. Ebed-Melech el etíope,  subió ante el rey y le dijo: “Rey mío, Señor; aquellos hombres hicieron mal al profeta Jeremías, arrojándolo en la cisterna….. El rey dio orden a Ebed-Melech el etíope: toma contigo tres hombres y saca al profeta Jeremías de la cisterna antes que muera”.

 

Jesús en el Evangelio de S. Lucas inicia expresando su actitud ante su pasión: es un deseo inmenso y angustioso de ser bautizado o sumergido en el abismo de sufrimiento que lo conducirá al cumplimitno de su misión dice a sus discípulos: “yo vine a este mundo a traer fuego a la tierra y cómo quisiera que estuviera ardiendo: con su misterio pascual traer el fuego del Espíritu con su fuerza purificadora y renovadora. Hay un Bautismo que debo recibir y me angustio, hasta que se cumpla. Piensen que no vine a traer la paz sobre la tierra sino la división:… en una casa de cinco personas, se dividirán tres contra dos y dos contra tres; el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra”. El resultado de su obra entre los hombres: ellos,  puestos ante la disyuntiva de la libertad, provocará no la paz, sino la división, aún éntrelas familias. Pero, como será la suerte del maestro así será la del discípulo.

 

El Reino de Dios es la realización del Misterio Trinitario, en la comunión entre los hombres y con Él. Ya los profetas lo habían anunciado y descrito como un tiempo de paz, de bienestar y de gozo jamás vistos; un tiempo de fraternidad universal y cósmica. Toda barrera sería eliminada, se constituiría un solo pueblo para un solo Dios.

 

Jesús realiza el proyecto de Dios en la humanidad anunciado por los profetas. Viene a reunir a los hijos dispersos. Su última oración es oración por la unidad: “Padre, que todos sean una sola cosa, como Tú y Yo somos uno”. ¿Cómo poner de acuerdo estas expresiones con las palabras del Evangelio de este domingo?, ¿piensan que yo vine a traer la paz sobre la tierra? Les digo que no, sino la división”: porque, el anuncio de la verdad, suscita oposición. Las palabras de Jesús están enmarcadas en un profundo realismo: su Reino creará nuevas divisiones.

 

Quien lo acoge no entra en un estado de paz paradisíaca, sino que primero prueba en sí mismo la guerra y la división. Él no puede aceptar la ambigüedad del compromiso, no puede vivir el bien y el mal; encontrar un acuerdo entre lo verdadero y lo falso, no puede fiarse totalmente a las certezas humanas, debe abandonar continuamente la tierra de las costumbres tranquilas por la incertidumbre de una tierra que no posee.           Es cosa extraña que la fe en Cristo cree enemigos o ponga obstáculos. Esto es así, porque el amor y la verdad tienen en la cruz su precio y su verificación. No hay amor verdadero que no lleve en sí el sufrimiento; no hay verdad que no hiera. Si el amor es don gratuito no puede no ser renuncia a sí mismo. Si la verdad es descubrimiento, no puede no ser un juicio sobre nuestras acciones, y un empeño por nuevos y mejores horizontes. Elegir a Cristo en un mundo dominado por el pecado es hacerse enemigos. Pero, el cristiano supera la división con el amor gratuito.

Héctor González Martínez

Arz. de Durango