Episcopeo

De la Independencia a la Revolución de Ayutla (1821-1854)

Arzobispo de Durango, Héctor González

                 Estando en tiempo electoral, como Sociedad y como Iglesia nos conviene mirar un poco a tiempos pasados para observarnos como en panorama y retrospectiva.

Después de la consumación de la Independencia, la organización política y administrativa del país, no tuvo consistencia hasta 1867, en que después de una guerra prolongada por la revolución liberal que transformó las instituciones políticas, económicas y religiosas, debilitando interiormente a la nación, hasta que se implantó la República Federal. El período es confuso, debido al gran número de gobernantes, constituciones y movimientos revolucionarios: dos imperios, tres repúblicas federales, dos repúblicas centrales, dos ejecutivos provisionales y dos regímenes a constitucionales.

Al día siguiente de la entrada del ejército trigarante en México, 28 de septiembre de 1821, se instaló en la  capital una Junta Gubernativa compuesta de 34 personas, con Iturbide como Presidente. La función primaria de esta Junta era convocar un Congreso para elaborar la Constitución de México. Las elecciones de diputados al Congreso deberían tenerse el 29 de diciembre de 1821; y con eso terminaba la función y el poder de la Junta. Se tuvieron las elecciones y con toda solemnidad fue instalado el Congreso Constituyente el 24 de febrero de 1822 en la antigua Iglesia de los jesuitas de S. Pedro y S. Pablo.

Hubo en el Congreso cuatro facciones: la de los insurgentes, la de los borbonístas, la de los republicanos y la de los iturbidístas. Fue un Congreso soberano, pero falto de reglas: gastó el tiempo en temas ajenos o contrarios a su finalidad, adormeciéndose con largos discursos y palabrería farragosa, principalmente contra Iturbide, en quién sólo veían ambiciones de poder. El 19 de mayo, las tropas y el pueblo proclamaron como emperador a Iturbide; pero Iturbide permaneció indeciso. 150 congresistas asistieron a la sesión en que se nombró a Iturbide; en una nueva sesión del Congreso fue sancionada y ratificada por unanimidad.

Pero, el reinado de Iturbide solo duró 10 meses; reclamó al Congreso que en ocho meses no había producido nada; el 31 de octubre fue disuelta la asamblea; el 2 de diciembre Antonio López de Santa Anna, desde Veracruz proclamó la República y la destitución del emperador. En marzo de 1823, Iturbide restableció el Congreso que meses antes había destituido; el 20 del mismo mes abdicó y prometió salir del territorio mexicano.

La población era un mosaico étnico, había: españoles, criollos, mestizos, negros e indígenas, distribuidos principalmente en federalistas y republicanos centralistas: los federalistas, fundados en el principio de la soberanía nacional, querían hacer una federación de estados; los centralistas, preferían los principios del régimen autocrático central. Este conflicto de tendencias prolongó la lucha fratricida y retrasó la estabilidad del país por más de un siglo. En la primera parte del S. XIX fue más significativa la cantidad de motines, pronunciamientos, rebeldías y desastres guerreros que afligieron al país.

De 1824  a 1835, 16 individuos ocuparon la silla presidencial: Guadalupe Victoria, del 10 de octubre de 1824 al 1 de abril de 1829. Vicente Guerrero, del 1 de abril al 18 de diciembre de 1829. José María Bocanegra, del 18 al 23 de diciembre de 1829. Pedro Véles, asociado a Lucas Alamán y a Luis Quintanar, del 23 de diciembre de 1829 al 1 de enero de 1830. Anastasio Bustamante, del 1 de enero de 1830 al 14 de agosto de 1832. Melchor Múzquiz, del 14 de agosto al 26 de diciembre de 1832.  Manuel Gómez Pedraza, del 26 de diciembre de 1832 al 1 de abril de 1833. Valentín Gómez Farías, del 1 de abril de 1833 al 16 de mayo del 1833. Antonio López de Santa Anna, del 16 de mayo al 2 de junio de 1833. Valentín Gómez Farías, del 2 al 17 de junio del 1833. Antonio López de Santa Anna, del 17 de junio al 10 de julio de 1833. Valentín Gómez Farías, del 10 de julio al 28 de octubre de 1833. Antonio López de Santa Anna, del 28 de octubre al 15 de diciembre de 1833. Valentín Gómez Farías, del 15 de diciembre al 24 de abril de 1834. Antonio López de Santa Anna, del 24 de abril de 1834 al 28 de enero de 1835. Miguel Barragán, del 28 de enero de 1835 al 27 de febrero de 1836.       

En este período de inestabilidad, por primera vez, se intenta atacar los cimientos de la sociedad colonial con la secularización de las Misiones de California, incautación de los bienes de las Misiones de Filipinas, extinción de la Universidad de México y de los Colegios dirigidos por el clero, supresión del pago de los diezmos a la Iglesia y subasta pública de los bienes eclesiásticos.

 

Héctor González Martínez; Obispo Emérito

 

Carta-Annua del P. Nicolás de Anaya al P. Sup. en Roma (18)

Arzobispo de Durango, Héctor González

“Importó mucho este presidio, porque después, estando ya más firmes en la paz, los naturales declararon, que aunque ellos siempre habían tenido amor y afición a los ministros de su doctrina, la importunidad y persuasiones de los vecinos Tepehuanes les habían movido los ánimos a determinarse como ya lo estaban, de matar a los dos Padres Diego de Acevedo y Gaspar de Navarra y que esta resolución la habían dilatado para cuando los dos estuvieran juntos, más por diversas ocupaciones no lo había estado hasta este punto en que había ya suficiente defensa, que a no ser así, ya estuvieran muertos”.

                  “El Capitán de Sinaloa, Diego Martínez de Urbayde, como más práctico, envió un arbitrio y ardid al Alcalde Mayor de este puesto, para satisfacerse si estos eran fieles o no, mandándoles fuesen a las rancherías de los enemigos y procurasen trabar guerra con ellos para experimentar cuanto era su valor, y quienes eran los vencedores, encaminando su intención, a que si los Acaxees no eran enemigos de los Tepehuanes, lo fuesen, o si eran amigos los unos de los otros. Por esta diligencia, fueron 100 grandules de los Acaxees, y dieron en los enemigos, que huyeron y fueron muertos algunos, cuyas cabezas se trajeron, para señal de victoria; trajeron también una india gentil que prendieron para que se bautizara antes de morir”.

“Fue de importancia este hecho, porque quedaron nuestros indios más unidos a los españoles; y los enemigos, menos confiados de que entre ellos muchos eran parientes muy cercanos, y algunos hermanos y padres de nuestros Acaxees; y con esto, no se fiaron más del deudo o de la amistad. La india gentil que prendieron en este asalto declaró, que el intento de los Tepehuanes que ahí estaban cerca rancheados, no era de acometer o hacer el mal, a estos de Batoyapa, porque ya de ellos tenían recibido el alzamiento y ayudarles en la matanza de los Padres y de los españoles, sino que esperaban otro buen número de gente para unirse todos con estos de Batoyapa, y hacer el estrago que pudiesen”.

“No se sabe en qué parará, ni si es cierto, lo que la india ha dicho; más para todo ha importado la gente de presidio y el haberse declarado una por una estos naturales, por enemigos de los Tepehuanes, aunque los Padres de esta Misión, los de este partido y de los demás, no dejan de estar con cuidado de algunas señales que por este tiempo, han aparecido en el cielo en aquellas partes, porque ha habido cometas, y algunos temblores en la tierra que nunca se habían visto: en dos días tembló la tierra siete veces, y esto sólo allí, porque en las demás partes no se ha sentido nada; hánse oído bramidos a manera de espantos. Los truenos, estando el cielo sereno y claro, en la misma sierra hacia donde vive la nación Tepehuana; las señales no parecen ser de buenos sucesos”.

“Quiera nuestro Señor, que el mal de ellos, sea para los enemigos de nuestra Santa fe y religión, que hasta ahora suya ha sido la gloria en haber dado la vida por  ellas los Padres que en estas Misiones han muerto”.

Con la presente entrega termino la publicación de la Carta-Annua del P. Provincial en México, Nicolás de Arnaya firmada en Cd. de México el 18 de mayo del año 1617; documento bien ponderado y argumento histórico que abona al martirio de 8 Padres jesuitas, 1 franciscano y 1 dominico; más innumerables laicos que les acompañaban en la vida y en el ministerio misionero. No es todo el material de Archivo; todavía nos queda mucho por explorar, en este 400 Aniversario que se cumple en noviembre próximo.

Pero, con este documento bien razonado, todos quedamos ciertos de que el suceso es auténtico martirio por odio a la fe. Y así lo seguiremos presentando a propios y extraños. Así lo seguiremos presentando ante la Santa Sede, que tiene la última palabra.

Descansamos un poco de este tema, para dar lugar a otros tópicos que nos deben de interesar. En junio seguiremos dando a conocer el Archivo Arquidiocesano sobre este mismo tema.

 

Héctor González Martínez

Obispo Emérito

 

Carta Annua del P. Nicolás de Anaya al P. Sup. Gral. en Roma (17)

Arzobispo de Durango, Héctor González

“Por haber atajado el paso del alzamiento, ninguno de los Padres de esa Misión padecieron: el P. Diego de Cueto, el P. Andrés González en Las Vegas, los Padres Gerónimo y Juan de Millén en S. Hipólito, y el P. Tutiño en el Real de S. Andrés”.

“Bien pensaron los Padres y los españoles de Topia, y de aquella Misión, que es toda de Acaxees, que también ellos quedaban seguros y quietos con las muertes de Don Andrés y de Juan Gordo, en Coapa, más con todo eso fue menester la buena diligencia y vigilancia que tuvo el Capitán Don Sebastián de Alvear, Alcalde Mayor de aquel Real, en la guarda y seguridad de los Padres de aquella Misión y en pertrechar el mismo Real de Topia, cercando una muy espaciosa plaza, con tres torreones en ella y más de sesenta soldados bien prevenidos con sus caballos de armas”.

“Lo que más guerra hacía aquí, como en otras partes era la falta de pólvora, que de haberla, no había qué temer a los enemigos; vista por ellos la prevención, y entendiendo que había suficiente reserva de todo género de bastimentos, no osaron acometer a este Real, con que quedaron seguros los Padres misioneros que allí se recogieron”.

“El P. Diego de Acebedo en Tecuchiapa, que es cabecera de su partido, tenía ya nueva del alzamiento general; temeroso de que sus Acaxees estaban muy vecinos de los Tepehuanes, no dejaba de tener recelo de que hiciesen otro tanto, aunque muy deseoso de tener la suerte que habían corrido los demás Padres. Añadióse la ocasión de las sospechas con un indio, el principal de Batoyapa, pueblo de su Doctrina, el más cercano a los Tepehuanes, le vino a ver convidándole, que fuese a su pueblo, y diciéndole palabras regaladas de que gustaba mucho de verles, y le pesaba que se apartase del partido; cosa que el indio no solía hacer, porque no era nada amoroso; le despidió el Padre, con el mismo amor, dándole de comer, regalándole y prometiéndole que en breve  iría a su pueblo. Creció el recelo, cuando al día siguiente vino el Fiscal del mismo pueblo, casi con las mismas razones”.

“Y, estando el Padre, dando y tomando consigo mismo, en si sería bueno ir o no ir, o qué consejo tomaría, quiso nuestro Señor, que estando en esta suspensión, aquella misma tarde recibió cartas del P. Visitador y del Capitán de Sinaloa, en que le advertían del grande peligro en que estaba, ordenándole que al punto saliese, con que conoció el Padre ser la voluntad de nuestro Señor. Y, así luego partió para S. Ignacio que es un Real de minas, a donde llegó de noche; de allí bajó a Sinaloa; y luego tubo aviso de Batoyapa, para donde le convidaban, que ya estaba alzado; y que habían venido a él tres Tepehuanes, amonestándoles siguiesen al nuevo dios, y llamando a los Principales del partido les dijeron que todos prometiesen, pena de la vida, que harían lo que se les ordenase. Proponíanles los mismos premios y las mismas amenazas que en otras partes, había hecho el falso dios”.

“Los Tepehuanes, preguntaban muchas veces por el Padre, diciendo que traían muy encargado que le quitasen luego la vida, y para más persuadirles y animarles a la conjuración, llevaron a algunos Acaxees para que a vista de ojos pudiesen dar testimonio de los cuerpos  de los Padres descabezados y tendidos con los demás españoles muertos en el pueblo de Santiago”.

“Después de algunos días, pareciendo que esto se había aquietado, y que aquellos pueblos estaban sin doctrina, el P. Diego de Acebedo hubo de volver a ellos; pero esto fue, acompañándole y haciéndole escolta soldados españoles, con que el Capitán de Sinaloa le socorrió a su costa, hasta que el Virrey de México diese orden  que se le pagase, como en esto hizo como lo hace en otras ocasiones, en servicio de Dios y de la Real Majestad. En esta ocasión envió setenta indios amigos y sus soldados que asistiesen a la defensa del Padre, no tanto por defenderlo de los de su partido, que estos eran aún más, sino de los Tepehuanes, que alguna vez vinieron más de ochenta con ánimo de matarlo, y ordenó que se hiciese un fuerte, en que dentro estuviesen los soldados y los Padres, y demás gente menuda, hasta que la tierra se aquietase. Les dio así mismo socorro de cien fanegas de maíz y otros bastimentos de que aquella tierra tiene mucha falta”.

 

Héctor González Martínez

Obispo Emérito

 

Carta-Annua del P. Nicolás de Arnaya al P. General en Roma (16)

Arzobispo de Durango, Héctor González

“La misma noche pasaron a Coapa, se adelantó el P. Tutiño, con no poco recelo de que en el camino le quitaran la vida; recelo que le duró toda aquella noche en Coapa, donde le alcanzó y llegaron juntos el Padre y el Capitán; se reparó mucho aquella noche en que estando todos juntos, antes de recogerse el P. Andrés se puso a mirar un gran rato con género de advertencia a un soldado del Capitán, el Padre les amonestaba a solas como que el Capitán no supiese nada de su mal intento, y el Capitán con cuidado les traía descuidados, aunque traía bien averiguada la traición y mal intento, y el socorro que por la mañana había dado a los Tepehianes”.

                  “Dijo Misa el Padre, hizoles un sermón, el cual acabado, y descuidados de lo que había de suceder, hizo el Capitán juntar a toda la gente, como que se quería despedir, y estando allí indios de varios pueblos, mandó de improviso, atar a los dos Principales delincuentes D. Andrés y Juan Gordo, y echado bando, que a todos los demás perdonaba de los que ya sabía qué había pasado y pasaba entonces, porque los demás no tenían la culpa, y estos dos, que habían sido la causa de todo el alboroto, no siendo naturales de Coapa sino de S. Pedro, los cuales, aunque el Padre los había amonestado, y él castigándolos otras veces, siempre habían perseverado en su mal proceder, que ahora quería él hacer su oficio sin dar lugar a ruegos del Padre, que le había de perdonar, porque esto convenía al bien público de los demás”.

“Cuando ellos pensaron que los había de tener algún tiempo presos, los mandó ahorcar al punto, y luego les dio garrote; este castigo no solo aquietó a los de Coapa, sino que puso miedo a los demás pueblos, así Acaxees como Xíximies. Estaban a la sazón en el pueblo tres indios de Zapibis, los cuales luego se ausentaron llevando a su tierra el miedo y nueva de lo sucedido. Más, como aquellos Xíximies de Zapibis, Basis y Guayapa, y otros infieles que antes eran sus enemigos, y ahora se juntaron con ellos, estaban ya pervertidos, aprovechóles poco esta nueva, el razonamiento y persuasiones que había hecho el Capitán Juárez a los Caciques principales de estos pueblos; porque el segundo día de Navidad, que se contaron 26 de diciembre, quemaron la Iglesia y casa de Guapijuje y Guataja y las que ellos tenían en sus pueblos”.

“Y, aunque el P. Pedro Gravina, antes de salir de allí, había puesto toda su diligencia para que se pusiese en claro todo lo que en ellos había; como el rebato fue sin pensar, apenas pudieron él y el P. Juan de Mallén, que estaban ya juntos en Guapijuje pensando que todo estuviese ya quieto para ponerlo todo a recaudo en algunas cuevas y quebradas con ayuda de algunos indios de quienes tenían más seguridad, y aún eso que guardaron, fue descubierto; y hubieran muerto a los dos Padres, como lo intentaron, si el primer día de Navidad, que fue un día antes del asalto, no se hubieran recogido al presidio de S. Hipólito. Más los rebeldes, ya que no pudieron traerlos a las manos, quemaron los retablos y lo demás que a las Iglesias pertenecía”.

“Acudióse a la resistencia con la gente de Coapa, de S. Pedro, de La Campana y de Sta. Fe. Con el valor y el esfuerzo de estos, tomaron fuerzas y ánimo. Los Guacajas y los que habían quedado de Guapijuje, siguiendo a los contrarios, mataron a algunos de ellos, trayendo sus cabezas al presidio de S. Hipólito, hiriendo a otros muchos, y hubieran conseguido una gloriosa victoria, si las muchas nieves no les hubieran atajado el paso a seguirlos hasta sus pueblos; volvieron segunda y tercera vez con más grueso ejército, y parte de ellos caminaba para Guataja, habiendo quemado en Topraci (Topiazi) una Iglesia que nuevamente les había hecho el P. Santarén”.

“Esto fue el 26 de enero del 2017, y no se ha sabido más del suceso. Y de entonces a acá, no se ha sabido más del suceso: se echa bien de ver en estos de Guapijuje y de Guacaja, la buena enseñanza del P. Hernando de Santarén, pues habiendo sido irritados varias veces por estos sus vecinos, que de más de ser todos de una nación Xíxime, están muy emparentados los unos con los otros, no han querido condescender ni participar en la conjuración, aunque les amenazaban con la guerra y les prometían descanso y libertad. Ellos siempre respondían que en ninguna manera tal harían, y que antes estaban aparejados a morir por la fe que una vez habían recibido, y defender su Iglesia como en efecto lo hicieron. Escriben de sí los Padres, que la vida que ahora tienen no sólo ellos sino toda la tierra hasta Sinaloa, se debe agradecer a estos de Guapijuje, porque si ellos se hubieran levantado hubieran hecho lo mismo que las demás naciones, que son muy guerreras, y no lo han hecho”.

Héctor González Martínez

Obispo Emérito

 

Carta Annua-Informe del P. Nicolás de Arnaya al P. Superior en Roma

Arzobispo de Durango, Héctor González

El P. Andrés Tutiño, desde Tacaya, “lo supo el mismo día que comenzaron los desastres y conjuración de los Tepehuanes en Santa Catalina y en Santiago, que fue el 16 de noviembre a las 10 de la noche, por vía de Coapa, pueblo también de su doctrina, que siempre ha tenido comunicación con los Tepehuanes, por otra cercanía en que está con ellos. La misma noche avisó el Padre a todos los Reales cercanos de la mala nueva y escribió al P. Hernando de Santarén y al P. Diego de Cueto avisando y previniendo que tuviesen cuidado de sus partidos porque a su gente se iba inficionando y maleando; al P. Santarén avisa del peligro que tenía en su mismo pueblo de Guapixuxe, que es de Xíximes, por estar de los más cercanos a los Tepehuanes, diciéndole que se recogiese al presidio de S. Hipólito y al P. Pedro Gravina, su compañero, que se viniese con el mismo P. Tutiño a S. Gregorio”.

“La carta llegó poco después que el P. Santarén partiese, como dijimos, para Guadiana, donde iba a disponer con el Gobernador lo tocante a la nueva Misión y la conversión de los Yaquimes y Nebones en Sinaloa, que ahora la obediencia le encomendaba. Despachó el P. Grabina diez postas que lo buscasen y alcanzasen, más no pudieron, aunque llegaron a la misma tierra de los Tepehuanes, y así hubo de morir como murió a sus manos”.

“Dio luego orden el P. Andrés Tutiño de visitar toda su Misión por certificarse más de los rumores del alzamiento que había y de su parte lo posible y quiso nuestro Señor que en Coapa descubriese una maldad que el descubrirla y atajarla fue causa principal del sosiego de toda aquella tierra; porque dos indios de quienes siempre tuvo mal concepto, uno llamado D. Andrés, Cacique del pueblo de S. Pedro y otro llamado Juan Gordo, del mismo pueblo, con ocasión de la nueva de los Tepehuanes habían comenzado a sembrar sedición y alboroto”.

“El D. Andrés a convocar algunos indios de los de esta Misión para que fuesen a Santiago Papasquiaro en ayuda de los Tepehuanes contra los españoles, y hacer poco caso del Capitán Bartolomé Juárez, su alcalde mayor. El Juan Gordo con proponer unas visiones, que pasando por la Iglesia de noche, le llamaban y que espantado la segunda vez, no se atrevió, animándose la tercera y entrando en ella, vio que se levantaba en alto un indio llamado Diego Morido, que pocos días antes había muerto, y le decía que se llegase, y no tuviese miedo, y le dijese a su mujer que no era muerto, y que vivía y que no se casase con otro; porque viniendo a aquel pueblo su Padre y Señor, que es un dios que aguardaban, y después llegó a los Xiximes, y se entiende que fue el mismo, que pervirtió a los Tepehuanes, y que él resucitaría y viviría con ella en más conformidad y gusto que antes; supo además el Padre que con esta ocasión había cada noche muchas juntas en el pueblo Ocoapa, que es de Acaxees. Puso el P. Tutiño diligencia, en que con presteza tuviese aviso el Capitán Juárez, que estaba entonces bien lejos de allí, y fue tan solicito que anduvo en una noche y medio día cincuenta leguas españolas de sierra muy áspera y fragosa”.

“Luego que el Padre le envió el aviso subió al presidio de S, Hipólito a esperarle allí. Y el día que llegó, que fue el 21 de noviembre, halló que el Capitán Juárez, había pasado de noche a poner remedio en Coapa, cosa que el Padre recibió con gusto. Pasó luego el martes en seguimiento del Capitán; en Coapa lo encontró que venía con.……

De aquel pueblo que estaba muy quieto sin novedad alguna. Tanto era el secreto que el demonio les había puesto; se vinieron al Presidio conversando sobre el caso de los Tepehuanes, y el secreto y maña de los Acaxees, y por  deslumbrarlos, no quiso el Padre ir luego a Coapa, les avisó del gusto que tenía con las buenas nuevas que el Capitán le había dado, y que de ahí a dos días los vería”.

“Pasó con el Capitán a Guapijuje; más a poco trecho encontró al P. Pedro Grabina. Venía, según el aviso que se le había dado, avisó que los de Zapibis, Basis, Tamoriba y otros se habían juntado con los Tepehuanes, y que habían llamado a los de Guapijuje y Guacapas, y que estos no habían querido seguir su parcialidad, y aunque se dudó, si sería bueno entrar luego con gente para aquietarlos, pareció más conveniente despachar quien los llamase, porque de otra manera se ponía en riesgo toda la tierra ; con todo pareció bien llegar hasta Guapijuje a un pueblo nuevo a donde se habían mudado, llamado Topiazi; allí recibieron al Capitán, al Padre y a más de cuarenta personas con teas encendidas por ser más de media noche, con gran alegría de todos. Desde allí llamó el Capitán  a los principales de Zapibis, y habiéndolos animado y procurado aquietar, aunque el suceso mostró que no lo quedaban, volvió con los Padres al presidio de S. Hipólito”.

 Héctor González Martínez

Obispo Emérito

 

Carta Annua-Informe del P. Provincial al P. General en Roma (14)

Arzobispo de Durango, Héctor González

“En otra visita de esta Misión de las Parras, luego que comenzó la peste enviaron a llamar al Padre y con mucho fervor y disposición como si fueran antiguos cristianos se confesaron y previnieron para lo que pudiese suceder, trocando en estas espirituales y santas diligencias las vanas supersticiones que solían tener y ya han dejado, entre las cuales eran una de matar primero a quienes daba la enfermedad, en forma de ofrenda y sacrificio. No ha sido parte el alzamiento y conjuración de los vecinos tepehuanes, para impedir que de la gente de la sierra que se va reduciendo en la Misión de La Laguna y Parras, haya bajado mucha a pedir Bautismo; y si el temor de la enfermedad no les hubiera puesto algún recelo, nunca tanta gente nueva, se hubiera llegado a nuestra santa Fe, en estos días, ha aparecido en estas comarcas, a causa de andar en guerra con sus vecinos, que también son gentiles”.

                  “El ver bajar tanta gente causó algún recelo a los Padres, no fuese algún ardid, y para prevención enviaron indios de confianza que los reconociesen, y en una de las más cercanas parcialidades, se vio una cuadrilla de casi 300 de arco y flecha. De otra llegaron algunos mal heridos a curarse a los ranchos de algunos cristianos; los cuales dieron aviso al Padre; fue allá, y halló a un gentil atravesado por una flecha de parte a parte, con muy poca esperanza de vivir; mostró muy buen afecto de quererse bautizar y decía que esperaba en nuestro Señor, que por medio de este Sacramento había de alcanzar salud, no sólo del alma, sino también del cuerpo; y fue así, porque sin otro remedio, catequizado y bautizado, recibió salud. (Siguen ejemplos de viejos que a la muerte pedían el Bautismo)”.

“A esta Misión de Las Parras, pertenece el partido que llaman del Río de las Nazas con otro pueblo de San Miguel, de indios, de esta misma doctrina, y está junto al Real de las minas de Mapimí. Estos indios, luego que supieron del alzamiento de los Tepehuanes, se vinieron a la cabecera del partido a estar con el Padre, y todos se han ofrecido a morir, antes que dejarse llevar de las persuasiones de los Tepehuanes de aquella cordillera; de los cuales, unos que llaman “los negritos”, dieron en el dicho Real de Mapimí, quemando algunas haciendas y casas, matando las bestias, y llevándose el ganado y la ropa y los ornamentos de las iglesias; y de entenderse que algunos indios del río de Las Nazas habían ayudado de este parcialidad, y de otros indicios, procedió a ver preso algunos de estos por orden de los españoles y haber ahorcado a algunos como arriba se dijo, que fue ocasión de que aquí se pusiese en plática el alzamiento y matanza de los españoles”.

“Al punto supieron nuestros Padres de lo que se trataba y que entre los indios se había propuesto qué se debería hacer de los Sacerdotes, y, que aunque no faltaron algunos que mostraron ingratitud, los más fueron de parecer que dejasen a elección de los Padres, quedarse o irse a tierra de paz; moviendo para esto nuestro Señor los corazones de dos indios principales que deshicieron con buenas razones las falsas sospechas y sentimientos, y les persuadieron a que no se empeñasen inconsideradamente en cosas que les podían costar muy caro. Fueron tantos los que avisaron de este motín a los Padres, y tal turbación y espanto de la gente antes de saberse por entero esta resolución de los indios, que se juzgó que sería lo mismo de estos Sacerdotes que de los que habían muerto en otras partes; y aunque eran las siete de la noche cuando se entendió que era la última de su vida, pareció conveniente consumir en aquella hora el Santísimo Sacramento, como se hizo, disponiéndose los Padres a morir y llamando a algunos indios para instruirlos en lo que podían ayudar a aquietar a los demás, con que mostraron quedar de parte de los Padres, que uno de los más principales se puso en la plaza, y a voces reprehendió a los alborotadores, y, sin que nadie se lo advirtiera recogió a su gente y la dispuso con armas haciendo a los padres centinela, lo más de la noche, que fue bien lluviosa; y después acá él y otros han hecho muy buenos oficios; con que no sólo se han aquietado los de esta Misión, más aún muchos de ellos han salido con gusto a la guerra contra los Tepehuanes, en ayuda y defensa de los Padres y de los españoles”.

“La otra Misión de la sierra de S. Andrés que, parte es de indios Acaxees y parte de la nación Xíximie, no padeció menores peligros en tiempo del alzamiento: el primero que tuvo noticia del alzamiento que comenzaba, fue el P. Andrés Tutiño, en un pueblo llamado Tacaya, de indios Acaxees, sujetos a S. Gregorio, cabecera de aquella parte que el Padre doctrina”.

 

Héctor González Martínez; Obispo Emérito

 

Carta Annua del P.Nicolás de Anaya al P. Superior en Roma (12).

Arzobispo de Durango, Héctor González

“Algunos han entendido que fue a los pueblos de Tenerapa, donde comenzó su secta el falso dios; otros que a Otinapa, donde mataron al P. Hernando de Santarén; otros a Cocorotame, que está en una hoya, a la cual se baja por una escalera de palos, a trechos, donde nunca entró español ni sacerdote, y donde viven indios gentiles, y hay fama está recogida toda la chisma de mujeres, niños y despojos, etc. Y aunque su primer intento se entendió que era acudir a lo de Chiametla, después que salió, se entendió haberle mudado, por haber venido nuevas más frescas de que está aquello menos necesitado de socorro y más seguro que otras partes”.

“Lo cierto es que aunque respecto a los enemigos, no son muchos los soldados españoles y los indios de guerra, amigos que el Gobernador lleva, es de mucha consideración que el Gobernador y gente española andan en campaña, no sólo no le osan acometer por andar ellos divididos en parcialidades, pero andan refrenados para no hacer insultos ni insolencias, a lo menos en nuestras misiones, donde hay más cerca españoles en que ha habido no pequeños peligros de alteraciones y la muerte de nuestros Padres”.

“Porque en la Misión de Las Parras y de La Laguna, donde ha estado por Superior el P. Thomás Domínguez, hubo más ocasiones que en otras, de conmoverse esta nación. La primera fue unos grandes llantos que allí hubo, por cierto indios de estos laguneros, que fueron ahorcados en Cuencamé, y otros que de nuevo se prendieron y apretaron con tormentos, por sospechosos de haber sido en la conjuración de los Tepehuanes, y que dos de los presos iban a recoger la gente para dar principio al alzamiento. Esto fue causa de que entre los de Las Parras y de La Laguna, se tratase a consejo abierto, de las muertes de los Padres; aunque los más de los indios, favorecían la parte de la paz y de la religión”.

“De sí certifica el P. Thomas Domínguez, que, si no fuera por la fidelidad de un indio llamado Don Alonso Mala, no estuviera ya con vida, y que si avivase la voz de otros castigos en tierra de paz, se podía temer una total perdición de aquella parte. Más remitieronse a instancias de nuestros Sacerdotes, los culpados que por estas sospechas estaban presos; y con esto cesó esta ocasión y con satisfacerles de la justificación con que en lo demás se había procedido”.

“La segunda ocasión era la poca opinión que al principio se concibió de los españoles, porque como a una dieron los Tepehuanes en Guanaceví, en El Zape, en Santa Catalina, en Atotonilco, en Papasquiaro y en otros Reales y haciendas de los españoles, haciendo en todas su hecho pensado, con toda pujanza, no dejó de causar esto abilantez (¿) en las demás ocultas naciones y mucho más en las vecinas , hasta que por un parte los Capitanes Martín de Olivas y Juan de Cordejuela, reprimiesen su osadía en La Sauceda; y el Gobernador y el mismo Capitán Cordejuela, en la jornada y socorro que hicieron a Guanaceví, recorrieron la tierra con miedo de los enemigos; más antes de esto, la poca prevención de los españoles, la atribuían los indios a cobardía, y les ponían ánimo para intentar otro tanto como los vecinos; por esto se deseó por parte del Gobernador enviar escoltas de algunos soldados a los Padres, para que siquiera pudieran salir seguros a tierra de paz, pero ni aún esto se pudo, parte por la poca seguridad de los caminos, parte por no enflaquecer la poca gente que en la Villa había, con que por horas se temía el mismo suceso que a los otros Padres, y aún de mucho mayor mal, comunicándose las fuerzas de estos con las de los Tepehuanes rebelados”.

“La tercera ocasión que se ofreció de inquietud, fue una rigurosa enfermedad de viruelas, que a manera de peste, los llevaba sin remedio, con una hinchazón tan deforme, que aún antes de morir, no había quién los conociera, precediendo al mal rigurosos dolores, que si no se mitigaban, los mataba al segundo día, aún antes de salir las viruelas. De ahí procedió una hablilla entre los viejos, diciendo que por haber recibido a los Padres y tenerlos en sus tierras, se había enojado cierta vieja que ellos dicen estar en la sierra y la tienen en gran veneración y respeto; y por eso, le había enviado tantos males, y que, aunque habían querido aplacarla con ropa y otras cosas, no se había mitigado su justa ira y enojo. Con esto, no dejó de darse causa a alguna alteración; con que al mismo tiempo surgió entre los Tepehuanes, aquel hechicero con sus embustes. Hubo otro en esta Región de Parras, ofreciendo los mismos premios y amenazando con los mismos castigos”.

Héctor González Martínez

Obispo Emérito

 

Carta Annua del P. Provincial Nicolás de Anaya al P. General en Roma (10)

Arzobispo de Durango, Héctor González

“Este indio (Antonio) se colgó (o fue colgado) de un palo delante de la Iglesia donde habían muerto a nuestros Padres, donde fue el más triste espectáculo que se puede imaginar, ver tantas crueldades como en aquel paraje se ejecutaron en ellos (los Padres) por estos bárbaros”.

  “El Padre Juan del Valle y el Padre Luis de Alavés, murieron juntos, como dos pasos fuera de su propia morada. Al Padre Morante y al Padre Juan Fonte hallaron, que los habían muerto antes de llegar a El Zape, como un cuarto de legua; el uno cayó en frente del otro, cada uno en su quebrada, quedando en medio el Camino Real. Todos cuatro estaban enteros y bien conocidos, ellos y los demás, como si los acabaran de matar. Viéronse así mismo, sembrados por el suelo, los cuerpos de casi noventa personas; más de treinta de ellos españoles, y los demás indios, indias, gente de servicio, chicos y grandes, hasta niños de dos años, cosa lastimosa y que causó gran compasión; y a una mano estaban todos, las bocas al suelo; créese ser esto, ceremonia de los indios de esta nación”.

“Estaban quemados treinta indios chicos y grandes, donde se debieron entrar a guarecer, la Iglesia abrasada y robada, y la celda del P. Juan del Valle, donde se había recogido alguna gente, también estaba quemada. Todos estos difuntos, mandó enterrar el Gobernador en la Iglesia; solo los cuerpos de los cuatro Padres reservó para traerlos consigo, como caballero tan devoto y aficionado a la Compañía, con la mayor devoción y decencia que pudo, para depositarlos en la Iglesia de Guadiana; aunque contra la voluntad de y devoción de los vecinos de Guanaceví, que pretendían de derecho suyo, y no podérseles quitar estas hermosas prendas”.

“Antes de entrar y salir de El Zape, se dieron algunos albazos a los enemigos. Con todo, en varias ocasiones se hicieron algunas presas y quedaron algunos presos y alanceados. Halláronse en algunas cuevas, cálices, ornamentos y otros objetos del culto divino, y quinientas fanegas de maíz, con que se añadió socorro a los de Guanaceví, fuera de otras mil quinientas que se quemaron, por quitárselos a los enemigos, y dejando quietos los ánimos de los Vecinos que estaban dispuestos de dejar aquel puesto. Dejóseles también presidio de veinticinco soldados y suficiente pólvora y munición, con que pareció quedar bien pertrechado aquel real”.

“Con esto y con los cuatro cuerpos de nuestros Padres, volvió el Gobernador por Santa Catalina, y en llegando allá, se fue por dos partes a buscar al enemigo, por una parte, Cristóbal de Ontiveros con algunos españoles e indios amigos; por otra el Capitán Montaño con su gente; más, aunque a Montaño le salieron ochenta indios y a Ontiveros más de cien, todos huyeron sin osar esperarles, emplazando a nuestros capitales para verse en Santiago Papasquiaro; aunque tampoco allá aparecieron”.

“Se buscó el cuerpo del Padre Hernando de Tobar, y si no se pudo hallar más que una canilla, no se sabe si es suya. Se halló también un petaquilla, con papeles y ornamentos hechos pedazos”.

“Saliendo de ahí para Atotonilco, salieron los enemigos al encuentro, y con ellos un mestizo llamado Mateo de Canelas y otros de los criados más prácticos de los españoles, que han dañado mucho al haberse ido y aún capitaneado a los enemigos. Murieron trece de ellos a los primeros encuentros, y entre los muertos, uno fue al Capitán Pablo, a quien todos los que allí salieron reconocían; y como reconocieron su derrota y no haber hecho algún daño a los de nuestra parte, huyeron; quitándoseles algunos arcabuses, caballos y mulas”.

“Este Capitán Pablo que aquí murió es aquel, que con perversa traición y maña, persuadió a los Padres Orozco y Cisneros y la demás gente que estaban encerrados en la Iglesia de Santiago, y los invitó a salir en falsa paz, para luego matarlos a todos. De estos se prendió a un indio a quién le dieron tormento, quien declaró, que todo el bagaje, las mujeres y la gente pequeña esperaban en Tenerapa, al abrigo y amparo de un falso dios, que allí había iniciado su adoración”.

“Después de aconsejarse y escuchar dificultades, ante el buen ánimo del Gobernador, Capitanes y soldados, como a las siete de la noche, salió el Gobernador, llevando al Capitán Juan de Cordejuela, cincuenta soldados españoles y sesenta indios amigos, dejando a los demás a custodiar el equipaje. Al amanecer, llegaron a la vista de Tenerapa, un indio que andaba recogiendo los caballos de los enemigos, los divisó y a gritos, avisó de la llegada de los españoles, quienes acometieron con nuevos bríos; los tepehuanes, se desbandaron y huyeron”.

 

Héctor González Martínez; Obispo Emérito

 

Carta-Informe del P. Nicolás de Anaya al P. General en Roma (9)

Arzobispo de Durango, Héctor González

“Súpose por un espía de los enemigos, que fue preso y ahorcado, que venían a ella los indios que destruyeron a Santiago Papasquiaro, y traían por Capitán a aquel Pablo que engañó a los cercados y los hizo salir con falsa paz. El dicho Pablo estaba rancheando poco más de dos leguas de la Villa, y él y otras parcialidades traían revelada y alterada a toda la tierra, aunque no se atrevieron a acometer a Guadiana, en que toda la gente menuda, niños y mujeres, estaban recogidos en nuestra Casa e Iglesia, por ser la más capaz y fuerte que hay en aquella Villa; otros se recogieron en la Iglesia de S. Francisco, otros en las Casas Reales y en otros dos o tres puestos”.

                  “Luego que yo, el P. Nicolás de Anaya, tuve noticia de lo sucedido, con la mayor prisa que pude, partí a Zacatecas, para ver si desde allí podía dar orden de pasar a Guadiana, y verme con el Gobernador para disponer lo que conviniese; y no siendo por entonces posibles le escribí, rogándole entre otras cosas, que diese orden, en que los cuerpos de los Padres, se pusiesen en cobro, y que si ser posible se trajesen a la Villa, no permitiendo que desnudos y en el campo, estuviesen hechos pasto de las bestias fieras”.

“Por esto y por visitar la tierra y dar socorro a las minas de Indehé, Guanaceví y otras partes, salió el mismo Gobernador con algunos soldados, que serían 67 de a caballo armados, y ciento veinte indios armados de nación Conchos, y trescientos quintales de harina, y setecientas reses vacunas, saliendo con este socorro de las minas de Indehé para Guanaceví, halló en el camino algunas estancias quemadas, hechos pedazos los cálices, las aras y ornamentos que allí había; y aunque en algunas partes halló rastros de enemigos, no pareció seguirlos, por no dilatar el socorro; pasó con trabajo una cuesta que llaman del Gato, habiendo de pasar todo el bagaje, por donde apenas pueden caminar uno tras otro;  saliéronle allí los enemigos que les arrojaban peñascos tan grandes que se veía llevar los árboles por delante, aunque presto se pusieron en huida y dejaron el paso libre”.

“En la cumbre de esta cuesta, halló muertos al P. Esteban Montaño, O.P., a un Regidor de la Villa de Guadiana llamado Pedro Rendón y a dos indios, que todos habían sido allí muertos por noviembre, a principios de la conjuración. El P. Esteban, echaba de sí una admirable fragancia; tenía en la corona, en un pie y en los dos dedos de la partícula, la sangre tan fresca como si la acabara de derramar, con haber dos meses que era muerto; tenía el Breviario junto a sí, tan sano y entero como si sobre él no hubiera  llovido ni caído las muchas nieves que por diciembre hubo.  También se halló una memoria, a modo de testamento y última disposición de sus cosas, que había hecho al salir de Guanaceví, cuando no había prenuncios del alzamiento. Lleváronse allí los cuerpos, y trajera consigo el Gobernador el de este santo religioso, si no le hubiera sido forzado dejarlo allí en Guanaceví por la estimación que todos aquellos vecinos hicieron de su santidad y muestra de ella, y por el consuelo de aquel Real de Minas”.

“El día siguiente, que fue 15 de enero, entró el Gobernador en  Guanaceví, donde encontró quemadas las haciendas de sacar plata; los dueños y vecinos, en grande aprieto por los asaltos que cada día daban los enemigos, a cuya causa los españoles y su gente estaban retirados en la Iglesia. Fue su llegada muy importante y oportuna, por haber ya faltado del todo el bastimento y municiones. Cobraron nuevo aliento y hubo regocijo general. Salió de allí el Gobernador con ánimo de buscar al enemigo, llevando consigo veintisiete soldados y treinta indios amigos, enviando por otra parte al Capitán Montaño con otros veinticinco soldados y sesenta indios amigos, y algunos otros tepehuanes que le servían de espías, con orden de que corrida la tierra, todos se juntasen en El Zape, como lo hicieron llegando allí a 23 de enero, habiendo hecho presa el Capitán Montaño a un indio llamado Antonio que, por su declaración parecía haberse hallado en todas las muertes y robos que se habían hecho y era hijo del Cacique de Santa Catalina, donde mataron al P. Hernando de Tobar; de entre cinco, solo este pudo apresar, matando a dos y escapando los otros dos. De este Antonio se supo que los comprehendidos en el alzamiento y conjuración con los Tepehuanes, eran también los Tarahumares, y los de Ocotlán, los de El Valle de S. Pablo, Conchos, Acaxees, Xíximes, Piaxtla, Nangarito, San Francisco del Mezquital, Laguna y Parras, y que había quien llevase y trajese cartas, y en Guadiana quien avisase de nuestros intentos”.

Héctor González Martínez

 Obispo Emérito

 

Carta-Informe del P. Nicolás de Anaya al P. Superior en Roma (8)

Arzobispo de Durango, Héctor González

“Venían los enemigos a caballo y a pie, vestidos de las ropas y bonetes de los Padres que dejaban muertos, lo cual se pudo divisar por hacer buena luna. Recogióse el Alcalde Mayor con su gente en Guanaceví, donde quedaba puesto en presidio, dentro de la Iglesia, con todos los demás, hombres y mujeres, en número de más de quinientas personas; y habiendo quemado y asolado los Tepehuanes todo aquel Real y todas las haciendas vecinas, tenías puestos en gran aprieto a nuestra gente, que pedía y esperaba el socorro que el Gobernador les llevó después de Guadiana, de gente y bastimento, como luego se dirá”.

“No hubiera peligrado menos el puesto y asiento  que es la villa de Guadiana, si el Señor no hubiese proveído que al tiempo de la conjuración, en que los indios daban con los demás puestos, éste se librase con especial providencia, que, a no ser así, se pusiera en gran contingencia de perderse y de cerrarse la puerta al remedio de los demás”.

“Habíanse pues confederado con toda la nación Tepehuana los pueblos del Tunal y otros vecinos, y distantes poco más de una o dos leguas de la Villa, para que al mismo tiempo que los demás daban en sus puestos, dieran estos a una en aquiste. Fue nuestro Señor servido que una recua cargada de ropa que pasaba a Topia, les moviese a anticiparse por robarla, con que incautamente hicieron demostración de su depravado intento, y así dieron lugar a prevención, con que el Gobernador manó llamar  aseguradamente a los indios principales de dichos pueblos vecinos que andaban ya alborotados y con grandes resoluciones prevenidos de mucha flechería, arcos y otros pertrechos de guerra, lo cual se vino a entender poco después aún más claramente, porque aún no se tenía tanta sospecha de estos indios cercanos, hasta que habiéndolos llamado para ayudarse de ellos en el reparo de la Villa y para hacer trincheras y cubos y tomar las bocas de las calles y cerrar otras, andando en esto, uno de los indios, no pensando que lo oyese nadie dijo así: dadnos hoy prisa, que mañana lo veréis, lo cual oyó un religioso de S. Juan de Dios, que acaso estaba detrás de una puerta, y se tomó de aquí más luz de su mala pretensión y motivo, para ponerlos en prisión y darles tormento, para cuyo efecto los encerraron en las Casas Reales y a otros que se tenían por más culpables y que removían a los demás, se pusieron en el cepo y estándoles examinando uno por uno, de improviso se levantó un grande alboroto, que clamaba arrebato en la Villa diciendo, que habían muerto españoles y que venía gran suma de indios; entraron en esto los españoles, diciendo: arma, arma, y con sus espadas y dagas mataron a puñaladas a dichos indios; vióse haber sido esto ardid de guerra y rebato falso de algunos de los españoles, que lo fingió para no esperar a que un negocio tan grave, en qué consistía no solo la paz, sino la vida de todos, se remitiese a probanzas y confesiones, donde los indios era tantos y el peligro tan manifiesto y urgente, pues dos de los heridos, antes de morir, confesaron a voces estar aliados con los demás, y esperar presto socorro para destruir en un punto la Villa, a cuyo fin en son de regocijo se tocaba un clarín con que los conjurados se entendían. Hallóse en casa de un indio una corona de rica plumería dispuesta a dos órdenes, porque se trataba de aquel que había de ser rey de Guadiana y de toda aquella tierra; este con casi otros 70 indios de los mismos que se hallaron culpados y ser los principales movedores del alzamiento, los más de ellos Caciques, Gobernadores y otros Principales, fueron ahorcados alrededor de la Villa y en la plaza, y porque se tuvo noticia que los demás de la nación tepehuana iban cargando a esta parte, trató luego el Gobernador con más calor y diligencia del reparo y pertrechos de la Villa, eligiendo cuatro puestos con cuatro Capitanes, que asistiesen en las entradas de ellas, con cubos, troneras y otros reparos y echó bando con perdón general a cualesquiera españoles, mestizos y mulatos, que hubiesen cometido algún delito, si viniesen a servir a su Majestad para el socorro de la Villa y Gobernación”.

“Envió munición, pólvora y bastimentos a La Sauceda, a Indehé, a Guanaceví y a los demás puestos, aunque de pólvora había poca provisión, hasta que llegaron los quintales de ella, la moneda y lo demás que se esperaba de México, de que el Sr. Virrey hizo el socorro que fue menester, librando la moneda necesaria en las Cajas de Zacatecas y Guadiana con calor del General Francisco de Urdiñola”.

Héctor González Martínez

Obispo Emérito

 

CartaAnnua-Informe del P. Nicolás de Anaya al P. Superior en Roma (7)

Arzobispo de Durango, Héctor González

  “El otro (escapado) fue el P. Andrés López, que en un partido de los Tapehuanes tenía su doctrina, en que se ve la especial Providencia con que el Señor dispuso la vida de uno y la muerte del otro: porque estando avisado el P. Andrés López para venir al Zape, al mismo tiempo que habiendo dispuesto su partida estaba ya a caballo para venir , en demanda de su venida, recibió carta de los Padres de El Zape, que dilatase el viaje, ora porque se transfería la fiesta, ora porque ya los Padres tenían algunos prenuncios y deslumbres, aunque hartas, de la inquietud de los indios, con que se detuvo, y tuvo tiempo para saber del alzamiento y ponerse en cobro (a salvo) como lo hizo, que, a no ser así, pasara la misma fortuna; retiróse a las minas de Indehé, donde quedaba pertrechado con treinta españoles, 20 de ellos arcabuceros, y estuvo allí, no del todo sin riesgo, porque andaban a la vista los escuadrones de los enemigos hasta que llegando a aquel Real el Gobernador, cuando después caminaba a Guanaceví, dejó en Indehé suficiente recaudo para su defensa”.

“El P. Hernando de Santarén, el mismo día que salió de su doctrina para bajar a este pueblo de El Zape, tuvo muy diferente suceso, porque muy pequeño rato después que se hubo partido de Guapijuje, llegó allí un propio con una carta del P. Andrés Tutiño, con que le daba aviso del rumor que entre sus Xíximes había corrido del alzamiento de los Tepehuanes que le tenía cuidadoso y no del todo seguro, por lo que después diré, y que así no saliese de su doctrina. No alcanzó este aviso al P. Hernando Santarén, y aunque se hizo diligencia para que lo tuviese, enviando hombres a caballo en pós de él, no pudieron alcanzarle y así hubo de caer en manos de los Tepehuanes, a quienes había también  doctrinado”.

“Llegó pues, el buen Padre, en la prosecución de su viaje, a un pueblo de Tepehuanes llamado Yoracapa y queriendo decir Misa, hizo llamar con la campana y a grandes voces al Fiscal, por recaudo para decirla, más entrando en la Iglesia, como la vio profanada, maltratado el Altar, arrastradas y desfiguradas las Imágenes, recelándose del mal que había, se volvió a poner a caballo para seguir su jornada. Aguardábanlo los indios, asechándolo al paso de un arroyo; aquí agarraron de él y le echaron de la mula abajo y él les preguntó ¿qué mal les había hecho, por qué lo mataban?  Respondieron ellos que ninguno; más que harto mal era para ellos ser Sacerdote , y con esto le dieron con un palo tan fiero golpe en el cerebro, que le esparcieron los sesos, dándole otras muchas heridas, con que el dicho Padre, invocando el dulcísimo Nombre de Jesús, acabó felizmente su jornada”.

“Se ha visto después acá, su cuerpo sin sepultura, a la orilla de un arroyo y desnudo, sin tener remedio de podérsela dar por ahora, como sí se dio por muchos días a los demás Padres y españoles que han muerto. Han llorado la muerte de dicho Padre Hernando de Santarén las mismas indias tepehuanes, mujeres de los matadores, cansadas de ver la crueldad de sus maridos contra sus Padres y Sacerdotes, que tan pacíficamente los doctrinaban”.

“Con el aviso que se dio en Guanaceví de las cosas de El Zape y con la falta del P. Alabés, salió al punto el Alcalde Mayor D. Juan de Alvear con doce soldados y llegaron a la media noche al puesto e Iglesia, a donde vieron el estrago que los idólatras habían hecho. Antes de llegar, encontraron a un hombre llamado Alonso Sánchez, ya difunto y cortadas las manos y abierto el vientre, y por el cementerio vieron muchos de los cuerpos desnudos y sembrados por todo el, muertos con la misma atrocidad, y otros dentro de la Iglesia. Vocearon por ver si se  había escapado alguno, y no respondiendo y volviéndose al Real con el sentimiento que fácilmente se deja entender, salió en pos de ellos una escuadra de enemigos con quienes pelearon valerosamente, y los fueron siguiendo por espacio de dos leguas, maltratándolos con muchas heridas, y al Alcalde Mayor le mataron el caballo y le dejaron a pie, con que corriera el mismo trance, si no lo socorriera un indio mexicano que se halló allí con su bestia y se apeó de ella e hizo subir al Alcalde D. Juan y esta lealtad que le salvó a él, puso al indio en términos de perder la vida, porque salió muy mal herido de la refriega, y aún le daban por muerto, hasta que al otro día apareció en el Real de Guanaceví. Venían los enemigos a caballo y a pie, vestidos de las ropas y bonetes de los Padres que dejaban muertos”.

  Héctor González Martínez

Obispo Emérito

 

Carta-Informe del P. Nicolás de Anaya (6)

Arzobispo de Durango, Héctor González

“El Capitán de Olivas volvió a la Estancia de La Sauceda, donde llegó también el P. Fco de Arista, para trazar de ahí como de más cerca lo que más conviniese al reparo de aquella y de las demás Misiones. “Apenas hubo entrado el Capitán Olivas en La Sauceda cuando dio sobre ella un ejército de enemigos. Salió algunas veces y tubo algunas escaramuzas con ellos a vista de su puesto, unas veces a pie y otras a caballo, con advertencia de no alejarse en seguimiento de los enemigos, porque su ánimo era sacar a los españoles al monte, para poder desde ahí, más a su favor, destruirlos. El Capitán, hizo pues, su asiento en La Sauceda, por tener mejor aparejo de casa y de bastimentos necesarios, así para su gente como para el capitán Cordejuela, que con buen número de soldados llegó casi al mismo tiempo, y para la demás gente circunvecina, que de las haciendas y puestos comarcanos vinieron a guarecerse, donde vinieron los enemigos y cercaron La Sauceda, haciendo varios asaltos y acometimientos con que los tuvieron en aprieto, haciéndoles mucho daño y llevándose  cabalgaduras, que por no haber dentro bastimento para ellas, era fuerza sacarlas a pastar al campo”.

                  “Estuvieron los Capitanes Olivas y Cordejuela en La Sauceda cuarenta y dos días, defendiendo aquel puesto, y sería largo contar los casos que en esos días sucedieron: los enemigos acometieron cuatro veces  en diferentes días, siempre más reforzados de gente de a pie y a caballo; cada vez que venían intentaban entrar tres o cuatro veces, siempre en su daño que se les hacía con los arcabuces huyendo ellos y recibiendo poco daño los nuestros de su flechería, con que se retiraban. Se peleó con ellos otras tres veces en campo raso y otras dos fue el Capitán Olivas a buscarlos a sus rancherías y les dio albazos, matándoles en todas, cantidad de gente y saliendo victorioso; saqueó mucha parte de lo que habían hurtado, sacándoles los ganados y haciéndoles muchos otros daños, sin perjuicio alguno de los nuestros. Cogiéronse aquí a los principios dos indios, que pensando que esto era ya acabado, se entraron descuidadamente con sus arcos y flechas, y de ellos se supo el designio de los conjurados, de destruirlo todo hasta la Villa de Guadiana. Luego que se les tomó su confesión, fueron ahorcados”.

“En uno de los postreros asaltos, mató el Capitán Olivas muchos de los culpados en la matanza de Santiago; les quitó muchas armas, arcabuces, cueros y espadas, ropa, frontaleras, albas y otros ornamentos del culto divino, con que se pusieron en huida, aunque después tornaron a seguir a los nuestros; que tuvieron por mejor, habiéndoles quemado sus rancharías y casas, se retiraron con la presa a salvo y sin pérdida de soldado alguno y volverse a su puesto de La Sauceda, donde estaban ya recogidas más de cuatrocientas personas de nuestra gente, y visto que conservar aquel paraje no era de ningún efecto, pareció conveniente que los que ahí se habían congregado, se viniesen todos a la Villa de Guadiana, haciéndoles escolta los Capitanes Olivas y Cordejuela con sus soldados, como en efecto lo hicieron”.

“El mismo día que sucedió la muerte de los Padres Bernardo de Cisneros y Diego de Orozco en Santiago, hubo otro no menos lastimoso suceso en S. Ignacio de El Zape, con la muerte de los Padres Juan del Valle, Luis de Alavés, Juan Fonte y Gerónimo de Moranta, donde murieron también diecinueve españoles, que de Guanaceví habían venido a El Zape, a prevenir las fiestas que se había de hacer a honra de la Presentación de la Virgen Santísima, dedicándole un altar con una preciosa imagen. Mataron también más de sesenta negros y gente de servicio de los españoles, que estando quietos y sosegados, en la Iglesia de dicho pueblo  de S. Ignacio, dieron de improviso los indios sobre todos ellos y les quitaron cruelmente la vida; el viernes dieciocho de noviembre, al Padre Juan del Valle y al Padre Juan de Alavés con los demás, y el sábado siguiente (19 de noviembre), un cuarto de legua fuera del pueblo, a los Padres Juan Fonte y Gerónimo de Moranta que venían de sus partidos a congregarse, como solían, y celebrar la fiesta en El Zape. Solo escapó un muchacho que pudo dar aviso a los de Guanaceví, de que los indios de El Zape andaban bregando con los españoles, que estaban con los Padres. Este avisó, y certificárnosle del hecho en que, aquella noche no había ido, como solía, el P. Luis de Alavés para decirles Misa al día siguiente”.

 

Héctor González Martínez

Obispo Emérito

 

Carta del P. Nicolás de Anaya (5)

Arzobispo de Durango, Héctor González

“Y visto que no podían rendirlos, primero quemaron todas las casas del pueblo, luego pusieron fuego a nuestra iglesia y al tiempo que se iba quemando sin poderlo reparar los de dentro, un indio de los enemigos, llamado Pablo, a voces dijo que ellos eran cristianos, y que para que los de dentro escapasen vivos les entregasen las armas, con que volverían a la amistad, ofreciendo paz con traición y engaño, queriendo más tenerlos en las manos para ejercitar su bárbara crueldad, que no que el fuego los acabase”.

“A esta voz, hubo diferencia entre los españoles acerca del modo de aceptar el partido; y tomóse resolución de despacharles a los indios otro que le dijese que ellos no querían más que salir allí y dejándoles sus tierras, venirse a la Villa de Guadiana; lo cual al punto harían, con que no les hicieran más daño. Los rebelados respondieron que saliesen en buena hora. Con esto pusieron en orden su salida, y porque tenían aún el Santísimo en la Iglesia y lo pudieron consumir, deslumbrados con las muestras de arrepentimiento de lo hecho que los indios supieron bien fingir, sacó el P. Diego de Orosco la Custodia en las manos, y el teniente Juan de Castilla una Imagen grande de la Virgen, saliendo los demás en orden de procesión”.

“Entonces los tepehuanes de a pie, falsamente reconciliados, llegaban a la Custodia e hincados de rodillas la adoraban, besaban las manos a los padres, con que pensando los nuestros que el trato era sin ningún dolo, se iban asegurando. Los indios recelosamente mostrando recelo de las armas de los españoles, y de los Capitanes, que entre ellos venían, que para asegurarse les diesen los arcabuces, pues no podía ellos usarlos pues no tenían munición.  Visto ya el manifiesto riesgo, más fuerza que de grado, se los hubieron de entregar, pues era pocos para la defensa, juzgando ser lo más seguro, hacer como dicen de ladrones fieles. Quedaba un capitán con la espada en la cinta, llegó un indio y se la quitó. Legando a medo del cementerio , el P. Orosco, con blandas y amorosas razones les advirtió que Aquel Señor, que ahí estaba, los había criado y redimido, y que el que llevaban adelante el arrepentimiento de los hecho, había de tomar de ellos venganza por aquel agravio e injuria que recibían sus cristianos. Le dijeron que mentía, que nuestro Dios no hablaba como el suyo, que les había dicho ese día que les había dicho que todos los cristianos habían de morir”.

“Y, permitiéndolo así nuestro Señor, para que constase que los mataban en aborrecimiento de nuestra Sta. Religión, al punto embistieron con la Custodia y el Santísimo Cuerpo de nuestro Redentor, y se la quitaron el Padre y dieron con ella en la pared; y al tremendo Sacramento lo acocearon y pisaron y dieron con  ella en el suelo, haciéndolo pedazos y diciéndole horrendas blasfemias; hicieron pedazos la Imagen de Santísima Virgen, como había hecho con la otra de bulto”.

“Mataron a los dos Padres Bernardo de Cisneros y Diego de Orozco cruelmente y a todos los españoles y gente que son ellos habían salido, hombre y mujeres; y antes que mataran al P .Orozco, lo trajeron en alto ocho indios, diciéndole por escarnio Dominus Vobiscum, y respondiendo otros  Et cum Spiritu tuo, y otras palabras de la Misa; y tirándole una flecha, le atravesaron la espalda de una parte a otra”. “Testigos oculares, declaran que habiendo los enemigos sacado de la Iglesia a los dos Padres, dieron una lanzada y un macanazo al P. Cisneros, de los cuales y otros golpes murió; y que luego otros tres indios acometieron al P. Diego de Orozco, y mientras dos lo sostenían por los brazos en forma de cruz, el tercero, con una hacha le abrió por medio el cuerpo de arriba abajo ; y el Padre decía cuando lo sostenían, y antes de que le dieron el primer golpe: hijos míos, hagan de mí lo que quieran, que por mi Dios, muero”. Y diciendo esas palabras, le dieron el primer golpe y el Padre entregó su alma al Creador en suavísimo holocausto”.

“Quedaron escondidos en un confesionario tres hombres españoles y tres niños. Quienes, por haberse embriagado después los indios con cantidad de vinos que robaron de una recua, pudieron salirse a media noche, y de ellos, unos aportaron a la Sauceda y otros a Guadiana, viniendo por sierras y quebradas muy fuera de camino, sirviendo de guía los niños más pequeños. El mismo viernes que sucedía esta lastimosa tragedia en Santiago, salía de Guadiana el Capitán Martín de Olivas, para dar apoyo a los cercados; más habiendo pasado de La Sauceda que está a ocho leguas de Guadiana, tuvo razón de los derrotados, del estrago hecho, con que regresó a la Sauceda, donde llegó también el P. Francisco de Arista, para trazar de más cerca lo que conviniese”.

Héctor González Martínez

    Obispo Emérito

 

Informe P. Nicolás de Anaya (4)

Arzobispo de Durango, Héctor González

   “Tubo el P. Cisneros alguna luz, de la alianza que en si tramaban los tepehuanes, y por prevenirla, si pudiese, previno al Casique y principal de los indios  (en Santiago), llamado D. Francisco y a otros dos sus allegados, que todos tres eran de confianza, para que entendiesen de los demás indios su designio, los redujesen a mejor y más considerada determinación”.

                  “Ellos, lo hicieron y fueron a (Atotonilco), un pueblo, cuatro leguas de Santiago, a rastrear lo que se temía, porque ahí estaba el mayor golpe de aquel partido, y llegados, echaron mano del casique, azotándolo de antemano, después lo mataron a él y a otro de los dos,  porque se inclinaban a los Padres y exhortaban a paz, y el tercero se escapó y pudo volver a dar aviso”.

“La noche antes que fuese el dicho don Francisco, habían llegado dos cubiertos y arrebozados, al teniente del Alcalde Mayor, avisándole que se guardase, porque los tepehuanes trataban de alzarse, y queriéndolos reconocer se le desaparecieron; con esto y con la muerte de D. Francisco, aquel mismo día que fue martes 15 de noviembre, al anochecer, dio orden al teniente y capitanes, cómo los españoles y demás gente menuda con los Padres, se recogiesen a toda prisa a la iglesia, asegurando todos los que podían peligrar, hombres y mujeres, con algunos indios amigos, porque ya había nueva que se habían juntado doscientos de pie y de a caballo, para dar de improviso sobre los nuestros”.

“Vinieron pues a nuestra iglesia y casas, y el miércoles, al amanecer, al mismo tiempo que los de Santa Catalina, que mataron al P. Hernando de Tobar, pusieron estos cerco a los Padres y españoles en la iglesia de Papasquiaro. Y, aunque los enemigos corrían alrededor de la casa e iglesia, para que nadie saliera y se escapase, con todo eso, hubo orden de los de dentro de dar aviso pidiendo socorro al Gobernador de Guadiana que está 25 leguas de ahí”

“Este aviso llegó el jueves 17 a las once del día, con que al punto de comenzó a disponer el socorro, a que se puso más fervor, cuando el mismo día por la tarde, llegó otra carta desmandada y sin firma ni sobrescripto, que entre otras palabras lastimosas decía: socorro, socorro, socorro, socorro Señor Gobernador, que estamos a punto de muerte. Con que el Señor Gobernador hizo con más diligencia cata de las armas y municiones y lo demás necesario: hizo abrir los almacenes, reales y sacar de ellos pólvora, arcabuces cotas, y las demás armas que en ellos había y armó veintiséis soldados que fuesen en compañía del capitán Martin de Olivas”.

“Este día, que acá se disponía el Capitán con su gente, los indios en Santiago hacían muchos daños, robos, muertes y otras insolencias en los caminos y haciendas, dando combates a los cercados y poniendo fuego por dos veces a las puertas de la iglesia en que estaba el Santísimo Sacramento; y a vista de los Padres y de los demás cercados, de una ermita cerca de la Iglesia sacaron una Imagen de nuestra Señora, y la cargó uno a cuestas, dándole dos de ellos muchos azotes, argumento de que su osadía era en odio de la fe, con no poco dolor y sentimiento de los de dentro que no lo podían remediar, por ser pocos, mal armados y nada prevenidos. Sacaron también un Crucifijo de una casa, y la hicieron pedazos en una esquina y la arrastraron a vista de los españoles , llamándole ladrón, borracho y haciéndole mil oprobios. A la Cruz que estaba en el cementerio de la dicha iglesia, a forma de jugar lanzas o sortija, los de a caballo con lanzas y los padrinos la justaban, hasta que la hicieron pedazo. Y,   a dos o tres indias, una mexicana y otra tepehuana, que fueron las que entonces y después animaron a los indios al alzamiento, las pusieron en las andas de las imágenes bárbara y sacrílegamente, ofreciéndoles los despojos a manera de premios, como se suele hacer en las sortijas”.

“Defendíanse los cercados por todo el jueves, y con los pocos arcabuces y munición que tenían, mataron algunos de los enemigos, quedando también heridos de las flechas algunos españoles, hasta que el viernes al amanecer creció el ímpetu de los indios, porque entonces llegaron a Santiago los de Santa Catalina, quienes ahí habían martirizado al P. Hernando de Tobar y los de Atotonilco, con que era casi quinientos indios de a pie y de a caballo, con nuevos bríos de destruir a los cercados”.

Héctor González Martínez

Obispo Emérito

 

Informe del P. Nicolás de Anaya (3)

Arzobispo de Durango, Héctor González

El ya citado Alonso Crespo, “huyendo entró a la estancia llamada de Atotonilco y junto con él un Padre llamado Fray Pedro Gutiérrez, con algunos otros españoles, que estaban ahí recogidos, porque ya los PP. Diego Orozco y Bernardo Cisneros, les habían escrito de lo que pasaba en Papasquiaro. A esta estancia, el jueves 17 de noviembre, vinieron y la cercaron, los mismos indios de Santa Catalina, y hubo varios asaltos aquel día, hasta que a los cercados les faltó pólvora y munición, y por trato de paz, cogieron a los cercados en dicha estancia y teniéndolos un rato juntos y asegurados, los comenzaron a flechar, y aunque Fray Pedro predicaba a los indios con un Cristo en las manos, persuadiéndolos a que no cometieran tan gran maldad, no aprovechó, porque antes le mataron a él también, habiéndose primero defendido como pudieron antes de salir, porque el darse de paz, aunque la tenían por sospechosa, fue necesaria la fuerza de los enemigos, que con flechas y alaridos espantosos, y con piedra menuda y mediana, que a manera de granizo llovía sobre los techos; destecharon la casa y pegaron fuego en tres partes, echándoles humo de chile en las narices, que los desatinó y obligó a salir arriba a pelear y a que se determinasen más a una fingida paz, que a la muerte, de que no se podían librar”.

“Al P. Fr. Pedro lo acabó un flechazo que le atravesó el estómago, con lo que acabó, y luego tomó el crucifijo en las manos un niño de catorce años muy bien inclinado y virtuoso, que pocos meses antes frecuentaba nuestros estudios en México y ahora acompañaba a este santo religioso, y se llamaba Pedro Ignacio en devoción en devoción a nuestro Santo Padre por mercedes milagrosas que del Santo habían recibido él y sus padres, como he referido en otras Cartas Anuas; el niño ahí antes de morir hizo voto de ser religioso, y el humo de chile lo mató.

Fenecieron en este puesto, más de sesenta personas, hombres y mujeres, todos confesados muchas veces, como quien esperaba la muerte”.

“Escaparon de este puesto, dos españoles, que después refirieron lo sucedido, uno llamado Lucas Ramírez, escondido en el hueco de una chimenea, donde no le vieron los indios; y el otro Juan Martínez de Urbayde, hijo del capitán Urbayde, a quien dijimos se debía la conversión y aumento de Sinaloa; a este su hijo, estando en la refriega, lo reconoció un indio que de su Padre había recibido buenas obras, y lo puso a salvo, diciendo a los demás, que lo iba a echar al río que estaba cerca, y llevándole a cuestas lo escondió y le dijo que venida la noche, mirase por sí, como lo habían hecho, y se ausentase como lo hicieron, y pudieron llegar a la villa de Guadiana desnudos y dar fe de lo sucedido”.

“El mismo jueves, mientras se hacía este estrago en Atotonilco, tuvieron diferente suerte los cercados en Guatimapé, a quienes tenían apretados otra parcialidad de indios, con lanzas de brasil, flechas, hachas, barretas, chucos y algunos arcabuses. En una estancia donde se habían juntado hasta treinta hombres, comenzaron su batería los indios, hiriendo a seis de los españoles, que estaban con arcabuces en el terrado, y rompiendo una pared del corral sacaron veinte yeguas ensilladas, que tenían prevenidas los de adentro, y ganaron la azotea y  la destecharon y pusieron fuego. Los españoles, que tenían pocas armas, como no prevenidos y advertidos de tan repentina calamidad, por no perecer iban con barretas abriendo paredes y pasando de un aposento a otro”.

“Y cuando no les restaba a donde más pasar, pensaban haber de ser allí presos, cautivos o muertos a manos de los tepehuanes, fue tan favorable la Divina Providencia, o al acaso, que cantidad de potros , que venían por el camino real, levantasen tal polvareda, que pareció a los enemigos ser gente que venía a socorrer, por lo que, al tiempo de hacer la presa y conseguir la victoria, el miedo los venció y puso en huida, dando lugar a los cercados, a que se pusieran a salvo, como lo hicieron, sin que pereciera alguno, habiendo muerto antes algunos de los enemigos”.

“Mientras esto sucedía en los lugares arriba dichos, el mayor fervor de los tepehuanes y de su conjuración, era el pueblo de Santiago Papasquiaro, donde residían los Padres Bernardo de Cisneros y Diego de Orozco, misioneros jesuitas”, de lo que trataremos en la entrega siguiente.

 

Héctor González Martínez

Obispo Emérito