Oración, cercanía y sinodalidad – Francisco a los miembros del Sínodo de la Iglesia greco-católica ucraniana

En la Sala Bolonia del Palacio Apostólico Vaticano, el Papa Francisco ha recibido en audiencia a los miembros del Sínodo permanente de la Iglesia greco-católica ucraniana.

Durante su discurso, en primer lugar, el Papa se ha referido a la situación “difícil y delicada” que, desde hace más de cinco años, vive Ucrania, una nación “herida por un conflicto que muchos llaman ‘híbrido’, compuesto, como es, por acciones de guerra en las que los responsables se mimetizan; un conflicto donde los más débiles y los más pequeños pagan el precio más alto, un conflicto agravado por falsificaciones propagandistas  y manipulaciones de vario tipo, incluido el intento de involucrar el aspecto religioso”.

Francisco ha agradecido la fidelidad a Dios y al Sumo Pontífice que ha demostrado la Iglesia greco-católica ucraniana a lo largo de la historia y que, a menudo han “pagado cara”. Igualmente, el Santo Padre ha señalada que pide a Dios para que “acompañe las acciones de todos los líderes políticos para que no busquen el llamado bien partidista, que al final siempre es un interés a expensas de otros, sino el bien común, la paz”.

Asimismo, confesó que comienza las mañanas y termina las tardes de sus días encomendando “vuestra Iglesia” a la Virgen que Su Beatitud Sviatoslav Shevchuk le regaló cuando dejó su cargo de obispo auxiliar en Buenos Aires.

Después, el Pontífice habló sobre el papel de la Iglesia en las situaciones de conflicto, en las que debe ofrecer testimonio “de esperanza cristiana”, que no es “una esperanza del mundo”, sino una que nunca defrauda, que no da paso al desaliento, que sabe cómo superar toda tribulación en la dulce fuerza del Espíritu” (ver Rm 5,2-5). Y añadió que “la esperanza cristiana, alimentada por la luz de Cristo, hace que la resurrección y la vida resplandezcan incluso en las noches más oscuras del mundo”, motivo por el que en los tiempos difíciles, “la prioridad para los creyentes sea unirse a Jesús, nuestra esperanza”.

Oración, cercanía y sinodalidad

Así, el Obispo de Roma animó a los presentes, como pastores, a tener como preocupación principal “la oración y la vida espiritual”, siendo esta la “primera ocupación” para ellos: “Que todos sepan y vean que en vuestra tradición sois una Iglesia que sabe hablar en términos espirituales y no mundanos (ver 1 Corintios 2:13). Porque del cielo en la tierra, necesita cada persona que se acerca a la Iglesia, no de ninguna otra cosa”.

“Después de la oración viene la cercanía”, explicó Francisco: “la cercanía de los pastores a los fieles es un canal que se construye día a día y que lleva el agua viva de la esperanza. Así se construye, encuentro tras encuentro, con los sacerdotes que conocen las preocupaciones de la gente y se interesan por ellas y los fieles que, a través del cuidado que reciben, asimilan el anuncio del Evangelio que transmiten los pastores”.

Además, describió que la Iglesia es un lugar “donde la puerta está siempre abierta” y les pidió que nunca la cierren “nunca mandar a casa a los que necesitan ser escuchados” ni caer en “la tentación de vivir esclavos del reloj”.

A la oración y la cercanía, el Papa Francisco agrega la “sinodalidad”, pues “ser Iglesia es ser comunidad que camina junta. No es suficiente tener un sínodo, hay que ser sínodo”. Y ofreció tres aspectos que “reavivan” dicha sinodalidad.

El primero, es el de la escucha porque “es importante que cada uno, dentro del Sínodo se sienta escuchado” y esto significa mostrar “sensibilidad y apertura a las opiniones de los hermanos, también las de los más jóvenes, también las de quienes son considerados menos expertos”.

La segunda es la corresponsabilidad porque “no podemos ser indiferentes a los errores o descuidos de los demás sin intervenir de manera fraternal pero convencida: nuestros hermanos necesitan nuestros pensamientos, nuestro aliento, así como nuestras correcciones, porque, precisamente, estamos llamados a caminar juntos”.

El tercer aspecto tiene que ver con la participación de los laicos, “miembros de pleno derecho de la Iglesia” que “también están llamados a expresarse, a dar sugerencias”.

Por último, el Papa recordó que la sinodalidad también lleva “a ampliar horizontes, a vivir la riqueza de la propia tradición dentro de la universalidad de la Iglesia: a beneficiarse de las buenas relaciones con otros ritos, a considerar la belleza de compartir partes significativas del propio tesoro teológico y litúrgico con otras comunidades, incluso las no católicas, a tejer relaciones fructíferas con otras Iglesias particulares, así como con los dicasterios de la Curia Romana”.

A continuación exponemos el discurso completo del Papa Francisco.

¡Beatitud, querido hermano arzobispo mayor, Eminencias, Excelencias, queridos hermanos!

Ha sido mi deseo invitaros aquí en Roma para un intercambio fraterno, también con los Superiores de los Dicasterios competentes de la Curia Romana. Gracias por aceptar la invitación, es hermoso veros. Ucrania vive desde hace tiempo una situación difícil y delicada, desde hace más de cinco años herida por un conflicto que muchos llaman “híbrido”, compuesto, como es, por acciones de guerra en las que los responsables se mimetizan; un conflicto donde los más débiles y los más pequeños pagan el precio más alto, un conflicto agravado por falsificaciones propagandistas  y manipulaciones de vario tipo, incluido el intento de involucrar el aspecto religioso.

Os llevo en mi corazón y rezo por vosotros, queridos hermanos ucranianos. Y os revelo que a veces lo hago con las oraciones que recuerdo y que aprendí del obispo Stefano Chmil, entonces sacerdote salesiano; él me las enseñó cuando yo tenía 12 años, en 1949, y aprendía con él a servir la Divina Liturgia tres veces por semana. Os agradezco vuestra fidelidad al Señor y al Sucesor de Pedro, que a menudo habéis pagado cara a lo largo de la historia, y suplico al Señor que acompañe las acciones de todos los líderes políticos para que no busquen el llamado bien partidista, que al final siempre es un interés a expensas de otros, sino el bien común, la paz. Y le pido al “Dios de todo consuelo” (2 Corintios 1: 3) que conforte las almas de los que han perdido a sus seres queridos a causa de la guerra, de los que llevan sus heridas en el cuerpo y en el espíritu, de los que  han tenido que  dejar la casa y el trabajo y enfrentar el riesgo de buscar un futuro más humano en otro lugar, lejos. Sabéis que mi mirada se dirige todas las mañanas y todas las noches a la Virgen que Su Beatitud me regaló, cuando dejó Buenos Aires para asumir el oficio de arzobispo mayor que la Iglesia le había confiado. Frente a ese icono comienzo y concluyo las jornadas encomendando a la ternura de la Virgen, que es Madre, a todos vosotros,  a vuestra Iglesia. Se puede decir que empiezo el día y lo acabo “en ucraniano” mirando a la Virgen.

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