Por: VÍCTOR HERNÁNDEZ

Con la renovación de la Cámara de Diputados y la concurrencia de 32 elecciones locales, en 15 de las cuales se definirá un nuevo gobernador, el proceso electoral 2020-2021 –que se inicia en septiembre próximo– será el más grande y complejo en la historia del país, particularmente por el nuevo elemento emergente: elecciones en medio de la pandemia.

Además de la complicación técnica que significará su organización, la contienda se prevé como una de las más ríspidas, pues por un lado el partido Morena pretende conservar su mayoría en San Lázaro para consolidar su proyecto de nación, lo que necesariamente pasará por resolver su división interna y ofrecer mejores resultados de gobierno.

Por el otro, los partidos de oposición buscan recuperar espacios de poder tras la aplastante derrota que sufrieron en 2018. Su propósito es lograr una nueva composición en la Cámara de Diputados y de ser posible alcanzar una mayoría, que les permita “contener” las iniciativas de Morena, “reconducir el presupuesto a nivel federal y reorientar la política económica y de seguridad del país”.

Ante este reto, el presidente Andrés Manuel López Obrador ha decidido cuidarse de una de las variables que seguramente golpearán a su gobierno: el bienestar. De ahí que esté decidido crear un nuevo índice que media no sólo el crecimiento económico de la persona, también el “bienestar espiritual”, o la felicidad, índice que ya se mide por la OCDE, pero lo quiere crear a la “mexicana”.

Los países del norte de Europa suelen tener fama de ser los países más felices del mundo. En 2017, el Índice de Felicidad publicado por el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas situó a Noruega como el país más feliz del mundo, y quitó el trono a otro país nórdico, Dinamarca, que había encabezado el ranking desde 2012, año en que se publicó por primera vez dicho índice.

Sin ánimo de infravalorar el logro escandinavo, a algunos les puede sorprender que los países nórdicos lideren el ranking de índices de bienestar o que México ocupe un modesto puesto 23, lejos de EE. UU. y Alemania (puestos 19 y 17, respectivamente). Y es que comparar niveles de vida entre países no es una tarea sencilla. De hecho, ningún intento de medición de bienestar ha quedado libre de crítica, hasta el momento.

El Índice de Felicidad no es una excepción. Este índice, que se construye a partir de cuestionarios en los que cada persona evalúa su nivel de felicidad entre 0 y 10, no tiene en cuenta, por ejemplo, que determinados países y culturas pueden ser más felices que otros, incluso bajo la misma situación económica y social. En este sentido, un artículo de la OCDE  estima que el impacto cultural puede explicar hasta 1,5 puntos de la puntuación del 1 al 10 que los individuos reportan. En particular, los autores destacan que el impacto cultural es marcadamente positivo en los países nórdicos, en los de habla inglesa y en algunos países latinoamericanos.

En el mundo académico, uno de los últimos intentos para construir una medida de bienestar comparable entre países y en el tiempo proviene de la mano de Jones y Klenow, quienes plantean un indicador de bienestar que incorpora como factores determinantes el consumo, el ocio, la mortalidad y la desigualdad. Una de las novedades que plantea este indicador de bienestar es que intenta ponderar los distintos elementos que lo componen en función de las preferencias del conjunto de ciudadanos utilizando datos microeconómicos de 13 países.

Por otra parte, el Índice para una Vida Mejor (Better Life Index) publicado por la OCDE se presenta como otra iniciativa destacable, ya que amplía la gama de factores que tiene en cuenta. En particular, el índice tiene en cuenta 11 aspectos relevantes que influyen en el bienestar: vivienda, ingresos, empleo, comunidad, educación, medio ambiente, compromiso cívico, salud, satisfacción, seguridad y equilibrio vida-trabajo.

¿Qué peso se otorga a cada factor? Idealmente, como la felicidad no es una medida única, los pesos de cada factor deberían obtenerse a partir de una encuesta representativa que estimara cuáles son los determinantes más importantes del bienestar para cada población, y es que la literatura académica apunta a que la importancia de los determinantes del bienestar no tiene por qué coincidir entre los países. Por ejemplo, para el caso de la desigualdad, Alesina et al. estimaron que en Europa la desigualdad tiene un mayor efecto negativo sobre el bienestar que en EE. UU y México.

En fin, esperaremos para las semanas por venir el invento de este nuevo índice, alejado de las propuestas del neoliberalismo, que nos presentará López Obrador, para evitar el desastre en que tiene sumida nuestra República y que habrá de reflejarse en las urnas en junio de 2021.