El País: freno al nacional-populismo;

el voto por correo terminó con Trump

Texto: La Semana Ahora

con información de El País y Proceso

Termina una era, destaca el diario más importante en España

En su editorial del domingo ocho de noviembre y tras confirmarse, horas antes el indiscutible triunfo de Joe Biden, el diario español El País, sostiene que con este acontecimiento se frena al nacional populismo y se da paso al regreso de la moderación, al multilateralismo y al diálogo.

Los partidarios de las democracias liberales, de los valores de la tolerancia, del progreso social y de los derechos individuales, de las sociedades abiertas y el respeto a las minorías, del conocimiento científico y el amor a la cultura pueden celebrar —en Estados Unidos y allá donde estén— la derrota de una de las grandes amenazas a sus ideas desde que se afianzaron en Occidente como modelo de referencia tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

La victoria del candidato demócrata, Joe Biden, en las presidenciales de EE UU, la mayor potencia mundial, frena el paso al nacional-populismo. Biden no es un candidato perfecto o inspirador. Pero representa el regreso a la Casa Blanca de la moderación, el respeto a los principios y a las instituciones democráticas, así como la vuelta al diálogo y al multilateralismo en la escena internacional. Su éxito es un cambio de era para su país y para Occidente.

Y El País, adelanta: El camino que afronta Biden —exvicepresidente de Barack Obama— será tortuoso, repleto de peligros, con un Donald Trump que amenaza con no reconocer el resultado e insiste en insidias de regusto antidemocrático, amenazas de recuentos y múltiples demandas judiciales. Todo ello, con una sociedad tensa y dividida de trasfondo.

En estas horas trascendentales, la actitud del mandatario saliente muestra rasgos peligrosos para la estabilidad del país. El candidato perdedor tiene derecho a presentar recursos judiciales contra el escrutinio; no lo tiene a minar la fe en la democracia sin argumentos.

Varias cadenas de televisión llegaron esta semana a cortar la difusión de un discurso repleto de mentiras que trataba de socavar sin prueba alguna la confianza ciudadana en las instituciones, un gesto que ilustra la gravedad de la insidia trumpista. Trump no dudó desde el primer momento en enfangar el proceso electoral y sobreponer su interés partidista al de la nación. Al contrario, acertadamente, Biden se ha referido desde la noche electoral a la necesidad de unir a un país peligrosamente fracturado, entre otras cosas, por conflictos raciales. Es un paso lógico en la dirección correcta para afrontar el más urgente reto de la nueva era: gobernar para una nación partida en dos.

Contará Biden para ello con la ayuda de su compañera de candidatura, Kamala Harris, una mujer negra, pragmática, de perfil moderado, que fue fiscal general de California, que se define a sí misma como “solucionadora de problemas” y que será la primera vicepresidenta del país: otro logro que celebrar.

Las líneas de fractura raciales, territoriales y sociales que siguen existiendo, junto al descontento de fondo que late en el gran respaldo obtenido por Trump, exigirá de Biden y Harris no solo políticas activas encaminadas a restañar las heridas, sino una retórica conciliadora, radicalmente opuesta a la de quien ha avivado durante años el fuego de la ira. Hay que ser conscientes de que la derrota no hará desaparecer el trumpismo de la noche a la mañana.

En esta tarea, resulta necesario que el Partido Republicano se desmarque de la línea radical del magnate y contribuya a la ardua tarea de apaciguar los ánimos de una sociedad rota, recuperando los valores que lo hicieron grande en el pasado. Es posible que los republicanos retengan su mayoría en el Senado, y el Tribunal Supremo tiene una composición con fuerte mayoría conservadora, lo que hace especialmente esencial un espíritu colaborativo.

La Administración de Biden tendrá más fácil cambiar el rumbo de una potencia que en el plano internacional ha dado la espalda a sus aliados tradicionales, mientras su hasta ahora líder establecía vínculos personales con autócratas como Putin, Erdogan, o Kim Jong-un.

Cabe esperar un giro significativo con la vuelta al multilateralismo, el apoyo a instituciones internacionales, dotando también de un renovado vigor a pactos como el Acuerdo de París por la lucha contra el cambio climático o el pacto nuclear con Irán. En esa senda, la Unión Europea halla en la Casa Blanca de Biden el mejor aliado para afrontar asuntos clave de la agenda global. Europa volverá a contar con un socio fiable y asentado en valores compartidos. Aún así, hará bien en no sobrevalorar sus expectativas y en reforzar su autonomía estratégica. Como quedó claro estos cuatro años, no se puede dar nada por sentado.

En cualquier caso, la victoria de Biden representa una nueva oportunidad para que los moderados de Occidente —sean progresistas o conservadores— ofrezcan soluciones eficaces a los legítimos anhelos e inquietudes de tantos ciudadanos que se han visto defraudados por la gestión de sus dirigentes en las últimas décadas, y que decidieron optar por propuestas radicales, nacionalistas y populistas.

Muchos se han sentido abandonados por una globalización que ha sacado de la pobreza a cientos de millones en otras partes del mundo, pero que ha causado graves daños en Occidente. Este fenómeno ha alimentado una decepción y una pérdida de fe que minan nuestras democracias. De ahí han brotado el Brexit, la fuerza de Matteo Salvini y otras experiencias políticas radicales. Hoy empieza una nueva era con un cambio profundo en la mayor potencia global. No debe desaprovecharse.

Hasta aquí el editorial de El País.

Los factores que hundieron a Trump

Por su parte, la revista Proceso, en su edición que ya está en circulación, hace un recuento de los elementos que definieron el triunfo de Biden y la esperada derrota de Trump.

Para el semanario, el voto por correo condenó a Trump. Los electores urbanos de Arizona, Georgia, Pensilvania y Nevada le cobraron la factura por incitar al racismo, por minimizar la pandemia de covid-19, por mentir y provocar odio entre la población y por atacar a héroes locales.

“Gané la cifra más grande votantes no blancos que cualquier republicano en 60 años, incluyendo números históricos de latinos, afroamericanos, asiáticos y nativos estadunidenses. La cantidad más grande en toda nuestra historia”, decía Trump a contrapelo de lo que ocurría en realidad: un cambio de tendencia electoral en Nevada, Georgia, Pensilvania y Arizona.

Los latinos que votaron por él fueron los del estado de Texas, no la mayoría de Arizona, ni los pocos de Pensilvania y Georgia.

El voto afroamericano y urbano de condados de Georgia, por ejemplo, ubicado en regiones fieles a los defensores de los derechos civiles como Martin Luther King, favoreció a Biden y cambió la tendencia electoral que hasta el pasado jueves 5 favorecía a Trump.

En Arizona, votantes latinos condenaron con su sufragio las políticas antiinmigratorias e inhumanas de Trump, los electores blancos del condado de Maricopa, que son republicanos, no le perdonaron las críticas que el mandatario hizo a su senador John McCain, aún después de que este murió.

Los trabajadores de minas, obreros, pequeños negociantes, granjeros y empleados agrícolas miembros de la comunidad afroamericana y latina de Pensilvania, con su voto le dijeron a Trump que se cansaron de las mentiras sobre la pandemia; sus muertos les indicaban otra realidad.

Así, el viernes 6 –luego de dos días y medio de incertidumbre, riesgos, miedo y acciones legales infundadas–, el conteo de votos en el marco de las leyes electorales de Arizona, Georgia, Pensilvania y Nevada cambiaban el destino de la Casa Blanca.

Hasta el miércoles 4, la presidencia de Estados Unidos dependía de un puñado de entidades que sin prisas se expresaban al respecto.

“Por mucho tiempo he estado hablando sobre el voto por correo, realmente ha destruido nuestro sistema (electoral), que es un sistema corrupto que corrompe a la gente, aunque por naturaleza no hayan sido, se corrompen, es muy fácil”, insistía Trump en su afán por socavar la democracia y las leyes del país que todavía gobierna.

En la madrugada del miércoles 4, cuando las tendencias lo favorecían, Trump ya había pedido detener el conteo de los votos y las autoridades electorales le respondieron con un “no” rotundo.

Las boletas enviadas por correo y que llegaron a los centros de acopio antes de que venciera el plazo para ser contadas en la elección presidencial, guardaban la clave para definir el proceso y las autoridades electorales estatales actuaron conforme a la ley.

“La democracia funciona. Su voto será contado sin importar que quieran detener el proceso, yo no lo permitiré… El propósito de nuestro sistema político es garantizar la justicia, mejorar la vida de los ciudadanos. Somos oponentes políticos, no enemigos”, afirmó Biden.

Por la mañana del viernes 6 Pensilvania, que favorecía a Trump, cambió la historia: al registrar las boletas de votación que llegaron por correo, era Biden el candidato con más sufragios. Y era necesario contarlos todos, pues el límite para hacerlo vence hasta a mediados de este mes.

Lo mismo ocurrió en Georgia, Arizona y Nevada. El voto por voto favorecía al candidato demócrata y no al presidente republicano que se aferraba a no reconocer la nueva realidad. En Nevada las autoridades electorales anunciaron sin inmutarse que entregarían resultados hasta el domingo 8 o después.

Para ganar las elecciones presidenciales de Estados Unidos un candidato requiere de 270 votos de los 538 del Colegio Electoral distribuidos entre los 50 estados, territorios y la capital de la nación.

Las tendencias electorales en Arizona (11 votos), Georgia (16), Pensilvania (20) y Nevada (6) establecían que –sin apuros y en modo atípico respecto de elecciones presidenciales anteriores, cuyos resultados se conocieron en horas inmediatas al cierre de casillas–, darían el triunfo a Biden.

Los sufragios de Arizona y Nevada serían suficiente para que el exvicepresidente reemplazará a Trump. No obstante, los 16 votos de Georgia o los 20 de Pensilvania añadirían a la elección de Biden mayor legitimidad electoral para inhibir un litigio que alegara fraude.

En los comicios adelantados de Estados Unidos votaron unos 100 millones de electores, el pasado martes 3 sufragaron otros 43 millones que asistieron a los centros de votación para meter personalmente su boleta a las urnas.