Reconstruyendo lo sucedido MARTES 31

TEXTO: LA SEMANA AHORA

La nave Embraer ERJ 190 AR, con 97 pasajeros y 4 tripulantes se preparaba para despegar del aeropuerto Guadalupe Victoria de la capital de Durango con destino a la Ciudad de México. El piloto de la aeronave, Carlos Galván Mayren, un joven de 32 años que vive en la capital del país, hizo las recomendaciones a su tripulación, habló con su primer oficial, Daniel Dardón Chávez, de apenas 25 años y uno al servicio de Aeromexico, originario de Metepec, Estado de México, para tomar la pista de despegue

En el aeropuerto, caía una tormenta que dificultaba las maniobras de despegue, pero con sus seis años de experiencia y más de 6 mil horas de vuelo, le dieron la confianza a Galván Mayren de iniciar el vuelo, en punto de las 16:29 horas; se tenía previsto su aterrizaje en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México alrededor de las 17:50 horas, es decir, una hora y 20 minutos de viaje.

La aeronave corrió la totalidad de la pista, se elevó, pero entonces sobrevino el accidente, apenas media milla después del término del asfaltado, pero dentro del aeropuerto, el avión propiedad de la empresa Connect de Aeroméxico se desplomó, por causas que todavía deberán ser esclarecidas.

Sin embargo, la tormenta con granizo y vientos “cortantes”, es decir rachas de viento con velocidades superiores a los 30 nudos o 60 kilómetros por hora, que prevalecían en las inmediaciones del aeropuerto, alertaban sobre los riesgos que se corrían al intentar el despegue.

El capitán Carlos Galván, el primer oficial Daniel Dardón y las sobrecargo Samantha Hernández Huerta y Brenda Zavala Gómez, permanecieron en sus puestos ante lo que parecía, se convertiría en una tragedia.

Solo la pericia de los pilotos y su entrenamiento permitieron que el avión, realizara un aterrizaje de emergencia, que la Asociación Sindical de Pilotos Aviadores calificó como impecable, en los protocolos que marca la instrucción que reciben sus afiliados.

La nave resistió el impacto, aunque el golpe más fuerte lo sufrió el propio piloto quien resultó policontundido.  A pesar de los golpes que recibieron, Samantha y su compañera Brenda ayudaron a los pasajeros a abandonar la nave y los trasladaron a un sitio seguro, otros pasajeros salieron por su propio pie y auxiliaron a los más lastimados, informó Israel Solano, director de Protección Civil Municipal de Durango.

Los cuerpos de emergencia tardaron apenas unos minutos en llegar, pero estuvieron a tiempo para evitar que el accidente se convirtiera en tragedia.

Luego de la emergencia, cuando los 97 pasajeros y cuatro tripulantes estuvieron a salvo, iniciaron las labores de investigación en torno al accidente, mismas que podrían llevar de cuatro meses a un año, cuando se pueda recuperar la caja negra y saber las conversaciones de los tripulantes, así como de los pasajeros en el momento del despegue y posterior desplome, y lo más importante, las condiciones del avión que cayó a unos metros del aeropuerto de Durango.

Mientras tanto, quedará en la historia de la aviación civil este accidente en que se perdió la aeronave Embraer con 9 años de antigüedad, cuatro de ellos volando para Connect de Aeroméxico, pero sin un deceso que lamentar. Con pasajeros que lograron salir ilesos y otros apenas con golpes y quemaduras leves, pero vivos.

Mientras tanto, los pilotos quedan bajo la figura de “tripulación de avión en accidente”, es decir deberán investigarse todas las variables que pudieron haber provocado la caída de la nave como factor humano, meteorológica, cuaderno de aeronave, tránsito aéreo, controladores y medicina forense. Sin embargo, los pilotos y sobrecargos no serán detenidos, al menos no por el momento.

FUE UNA BENDICIÓN

QUE NOS SALVÁRAMOS

Jacqueline Flores, de 47 años, recuerda lo que vivió el pasado martes en Durango, cuando el avión en el que viajaba a la Ciudad de México sufrió un accidente en el aeropuerto.

Según relató a la agencia EFE, luego de pasar un mes en Durango con su familia, tenía que regresar junto con su hija Laura, de 16 años, a Bogotá, Colombia, donde vive con su esposo.

Narra que aprovechó hasta los últimos segundos antes del despegue para mantener contacto telefónico con sus padres y hermanos, pero minutos después la comunicación fue para avisar que el avión en que viajaba sufrió un accidente.

Cuenta que antes de iniciar el recorrido para despegar, el piloto alertó a los pasajeros del mal tiempo y aceleró los motores para emprender la carrera.

Flores recordó que ella y su hija ocupaban los asientos 8A-8B, y justo cuando estaban en la línea de despegue comenzó a caer una lluvia torrencial.

“Entramos como en una niebla gris, nos elevamos, se sintió un viraje a la izquierda creo que para estabilizarse, cuando cayó”, dijo la pasajera.

Indicó que tras tocar el pavimento el avión siguió desplazándose.

“Y se sintió que habíamos entrado a unas zanjas; entonces yo metí la cabeza entre las piernas y obligué a mi hija porque se quedó tiesa, había mucha vibración, todas las maletas empezaron a caer y el pasillo quedó inundado”.

Sentada en un sillón en la casa de sus padres y flanqueada por ellos, relata que una vez detenida la aeronave, desabrochó su cinturón y el de su hija y decidieron saltar para poder salir del avión, que “se partió”, estaba en llamas y lleno de humo.

Bajo la tormenta, entre el lodo, se alejaron del avión incendiado hasta llegar a una caseta con techo de lámina, donde estaba una familia de tres, con una niña quemada de las piernas que no paraba de llorar, y una de las sobrecargos, recordó.

“Fue una bendición de Dios, todos los pasajeros recibieron la ayuda de Dios Nuestro Señor”, afirma su madre, quien se dice firme creyente católica, especialmente de la Virgen de Guadalupe.

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