México, sin liderazgos

Por: Martín Moreno

 

Jamás, en la historia reciente, se habían registrado tales vacíos de liderazgo y, en consecuencia, ausencia de gobiernos eficaces, como los que hoy padecen los mexicanos, con un Presidente –Peña Nieto-, con apenas 32 por ciento de aprobación a su gobierno, y con un Jefe de Gobierno –Mancera–, con un pobre 24 por ciento de respaldo ciudadano.

 

Nunca, a la mitad del camino sexenal, cuando se supone que la consolidación de los gobernantes se ubica en sus picos más altos; cuando el poder en Los Pinos y en la Jefatura de Gobierno capitalina deberían estar en su mayor grado de aceptación ciudadana, y con el Presidente y el Jefe de Gobierno local en su esplendor político, gozando y ejerciendo el poder de manera eficaz y benéfica para millones, nunca se había observado un abandono tan dramático como merecido como el que, hoy, le endilgan los ciudadanos a Enrique Peña Nieto y a Miguel Ángel Mancera.

 

No ocurrió en la historia reciente. Ni con Salinas, ni con Zedillo, ni con Fox ni con Calderón, que tenían un amplio apoyo ciudadano que fluctuaba entre el 60 y 80 por ciento. Ningún presidente tan empequeñecido en el apoyo popular como Peña Nieto. Ningún jefe de Gobierno tan despreciado en el respaldo de los capitalinos como Mancera.

 

Y no es cuestión de filias ni fobias. Esta columna es daltónica. Allí están las cifras, frías y contundentes, de la encuesta del lunes pasado en El Universal. Botones de muestra:

 

– El 56 por ciento de los mexicanos ve por muy mal camino al país.

– Uno de los puntos que más afectan a EPN en su escaso respaldo ciudadano, está en las reformas aprobadas durante su gobierno. (Brutal el mazazo en la nuca en Los Pinos).

– 4 de cada 10 mexicanos consideran que el Presidente no ha hecho nada positivo.

– En el caso de la CdMx, la mitad de los capitalinos considera que la mayor preocupación es la inseguridad y la violencia.

Allí está el problema: la falta de resultados positivos, la ausencia de liderazgos, la descomposición política y el divorcio entre gobernantes y ciudadanos.

 

¿Qué hacer, entonces, cuando el país se va a pique por malos gobiernos?

 

No se vislumbra otro camino más efectivo que la revocación de mandato a los gobernantes.

 

Peña y Mancera llegaron al poder con votos. Ok.

 

Peña y Mancera, hoy, deberían someterse a esos mismos votos como proceso evaluatorio de sus respectivos gobiernos para decidir si deben continuar en sus cargos o hacer sus maletas e irse a casa.

 

No hay, de momento, otra vía.

 

¡Revocación de mandato, ya!

 

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La revocación de mandato –esa figura planteada en varias ocasiones, tan temida por nuestros políticos y que hoy duerme el sueño de los justos en el poder legislativo–, es, ante los vacíos de gobierno y el desgobierno que se vive en el país, el procedimiento más democrático, justo y válido para intentar rescatar algo de lo ya perdido.

 

Democrático, porque sería a golpe de votos.

 

Justo, porque premiaría al buen gobernante y castigaría al mal gobernante.

 

Válido, porque emanaría del consenso ciudadano y no de los acuerdos oscuros del poder político.

 

¿Bajo qué escenarios a discutir?

 

1) Mantener un sexenio tanto para la Presidencia como en la Jefatura de Gobierno, y a los 3 años cumplidos, aplicar la revocación de mandato, que no es otra cosa que un referéndum ciudadano bajo la logística de una elección más, y allí que digan los mexicanos: vas bien y te quedas a completar con tu administración, o vas mal y te vas.

2) Con seis años de gobierno también, justo a los 4 años realizar la revocación de mandato, y que se decida si el Presidente, Jefe de Gobierno, gobernadores y alcaldes deben permanecer en el cargo los dos años que les restan por voluntad ciudadana, o adiós y gracias por participar.

3) Ampliar el periodo de gobierno a 8 años, y a los cuatro años de gestión, aplicar la revocación de mandato. Sí, como en Estados Unidos.

Premio o castigo al buen o al mal gobernante. Refrendo o retiro. Nada más democrático y justo.

 

¡Revocación de mandato, ya!

 

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Hoy por hoy, con esos niveles tan raquíticos y vergonzantes de rechazo ciudadano, ni Peña Nieto ni Mancera saldrían triunfantes en una reelección ciudadana. Los batearían, sin duda. No llegarían a completar sus sexenios. Sus pésimos resultados, la decepción de los mexicanos, los regresarían a sus casas. O a sus casotas, en el caso del mexiquense.

 

¿Tiene derecho cualquier gobernante a arrastrar a un país entero por su incompetencia propia? La respuesta es no.

 

Si el gobernante salió corrupto, incapaz, cínico o frívolo –cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia–, pues arranquemos de sus garras, con votos, al país. Nos equivocamos al elegirlo. Ni hablar. A cambiarlo. Sería mucho más caro para México seguirlo manteniendo.

 

¿Quién quedaría en su lugar? ¿Y cuándo se celebrarían las próximas elecciones? Como lo marca la Ley, relevaría el Secretario de Gobernación. Y a los seis meses, realizar la nueva elección presidencial. ¿Es eso tan difícil?

 

Sería costoso en lo económico, sin duda.

 

Pero mayor costo significaría mantener a gobiernos que ya no cuentan con el respaldo ciudadano y que gobiernan, por tanto, para las élites, para los empresarios amigos, con miras futuristas, mientras la CdMx se ahoga entre contaminación, tráfico, inseguridad, violencia, desgobierno.

 

Hoy, ni Peña ni Mancera aguantarían la reelección.