Fiesta Cívico-religiosa.

 Hoy es día de fiesta cívica en el Estado de Durango; fiesta a que estamos convocados todos los ciudadanos en edad de votar con credencial de elector. Además de fiesta cívica, es también fiesta religiosa de responsabilidad social para transformar los ambientes y las estructuras del Estado. Quiera Dios que la fiesta cívico-religiosa, nos levante temprano y nos impulse a acudir a las casillas, a sufragar, con optimismo cristiano, teniendo claro en la conciencia, que cumplimos un deber de bautizados, para edificar un Estado mejor que el que recibimos hace cerca de cien años. Por tanto,  evitando mentiras, atropellos, venganzas, robos de urnas, compra de votos. Ante todo, apegados a la verdad y desterrando toda mentira.

Como bautizados, recordemos que los primeros padres fueron creados en el bien y que desde el Génesis Dios dijo que “todo lo que había creado era bueno” (Gn 1,31), que podían comer de todo, menos de un árbol. Pero, el demonio, príncipe de la mentira, en forma de serpiente, se entrometió diciendo a Eva: “De ningún modo morirán; lo que pasa es que Dios sabe que en el momento en que coman de ese árbol, se les abrirán los ojos, y serán como Dios, conocedores del bien y del mal. Entonces la mujer vio que el árbol era bueno para comer, hermoso a la vista y deseable para adquirir sabiduría. Así que tomó de su fruto, comió, se lo dio a Adán que también comió. Entonces se les abrieron los ojos, se dieron cuenta que estaban desnudos, entrelazaron hojas de higuera y se vistieron con ellas” (Gn 3,1-7). El propósito del demonio en forma de serpiente, es sembrar desconfianza en relación a Dios; es la vieja y siempre actual tentación de igualarse a Dios, conocer su secreto, ser como Él.  La trampa surte efecto: la mujer mira con otros ojos al árbol; ve con gusto la posibilidad del conocimiento total, de la plena autonomía e independencia. El varón hasta ahora espectador pasivo, se convierte en cómplice mudo. El desenlace parece dar la razón al tentador: se les abren los ojos, sí, pero con una diferencia: no para verse como dioses; la desnudez que antes era expresión de felicidad, ahora es motivo de vergüenza, fracaso y deshumanización.

Milenios de tiempo después, ya en el Nuevo Testamento Cristo nos dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,16). Por tanto, tenemos a donde mirar, como nos enseñan el centurión romano quién al morir Jesús exclamó “verdaderamente este era Hijo de Dios”; nos lo testifican Nicodemo y José de Arimatea.  “Mirarán al que traspasaron” nos predican el  profeta Zacarias 12,10 y el evangelista S. Juan 19,37.

La primera lectura de hoy, narra que estando el profeta Elías en Zarepta, hospedado en casa de una viuda, enfermó y murió el hijo de la dueña de la casa, quién reclamó a Elías: “¿qué te hice yo, hombre de Dios?, ¿has venido a mi casa para que yo recuerde mis pecados y se muera mi hijo?” Elías, tomó al niño aparte, oró sobre él  y clamó al Señor: “devuélvele la vida a este niño”; el Señor escuchó la súplica de Elías y “el niño volvió a la vida”; Elías lo entregó a su madre. También en el Evangelio de S. Lucas vemos hoy, otro caso semejante: caminando Jesús acompañado por sus discípulos y mucha gente, al entrar al pueblo de Naím, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda. “Cuando el Señor la vio se compadeció de ella y le dijo: “no llores”; se acercó al ataúd, lo tocó y dijo: “Joven, yo te lo mando; levántate”. El que había muerto se levantó y comenzó a hablar; “Jesús lo entregó a su madre” (Lc 7, 11-17).

Nuestro Dios no es un Dios de muerte; aquí, en nuestra jornada cívico-religiosa se revela  como Dios de vida. Elías intercede por la vida; Jesús la da. Y nuestra misión en este mundo también es a favor de la vida de los seres humanos, de los aún no nacidos, de los animales irracionales, de la madre tierra, de la floresta, del medio ambiente, de la atmósfera, en una palabra de toda la creación. S. Francisco de Asís, nos enseñó a orar con la hermana tierra,  con la hermana agua, con el hermano  lobo y con el hermano sol. Toda la creación, salida viva y bendecida de las manos de Dios, es objeto de nuestro reconocimiento y de nuestra atención.

Particularmente, “quienes se desempeñan en la defensa de la dignidad de las personas, pueden encontrar en la fe cristiana argumentos profundos para ese compromiso. El Creador puede decir a cada uno de nosotros: “antes que te formaras en el seno de tu madre, yo te conocía” (Jer 1,59). Fuimos concebidos en el corazón de Dios, y por eso “cada uno de nosotros, es fruto del pensamiento de Dios. Cada uno es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario”: Benedicto XVI.

Héctor González Martínez

Obispo Emérito