Fiesta Cívico-religiosa (2)

El Concilio Vaticano II orienta nuestras relaciones como individuos y como sociedad: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez, gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La Comunidad Cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre y han recibido la Buena Nueva de la Salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (GS 1). “Creado por Dios en la justicia, el hombre, instigado por el demonio, en el mismo exordio de la historia, abusó de su libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios… Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último y también toda su subordinación tanto por lo que toca a su propia persona como a sus relaciones con los demás y con toda la creación” (GS 13).

                  El domingo pasado, se cumplió edificantemente  en todo el Estado de Durango la cita de la ciudadanía en las urnas electorales, con una amplia participación, con uno que otro incidente y con resultados de alternancia, que fueron respetados por los afectados. Vayan mis felicitaciones sinceras ante todo a la ciudadanía durangueña y a los actores políticos que han logrado y facilitado la alternancia, tanto logrando éxitos propios como aceptando los éxitos ajenos. Acompaño con mi aprecio y mi simpatía a los que están terminando  períodos en el Gobierno y en el Congreso del Estado o en los Municipios, y ahora preparan la entrega a los que siguen.

Como, además de acudir puntualmente a votar, yo estuve acompañando el proceso con mis plegarias aquí en el recogimiento de mi retiro, a pesar de algunos incidentes conocidos de aquí y de allá, considerando la espontaneidad y la alegría en las urnas, me nace elevar sinceras gracias a Dios, por la civilidad general y por los éxitos de unos y otros en la recta final de la contienda electoral.  También felicito a todos los que acudieron a las urnas, colaborando a la fiesta edificante y edificadora.  Al final, nos queda a todos el desafío de afrontar las correspondientes consecuencias.

No cabe duda que quienes ahora entregan la estafeta, junto con rutinas, inercias y cansancio acumularon  saber y experiencia junto con estrategias,  para ganar y ejercer el poder en más de ochenta años, junto con rutinas  y cansancio; y tampoco cabe duda que en los largos años de su gestión, también dejarán muchas muestras positivas de su paso en la gestión estatal, en el Congreso del Estado y en los municipios; de lo cual la ciudadanía ha de quedar reconocida.

Quienes ahora toman la estafeta, tendrán que aprender a hacer las cosas de una manera nueva y fresca, libre de los defectos que con el tiempo y la costumbre se van adhiriendo a personas e instituciones;  tengan bien presente en la conciencia, que no ganaron para su beneficio personal; que no son dueños sino administradores y servidores de los demás. Antes de asumir las responsabilidades y seguir corriendo hacia adelante, hagan un sincero examen de conciencia frente a Dios, a los ciudadanos, a sí mismos y a las realidades concretas, para que sus pasos hacia lo que sigue sean honestos y correctos; que no sean improvisaciones subjetivas sino que correspondan al deber ser de la realidad.

Tomen también en cuenta que: “es     evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana, y por ello, pertenecen al orden previsto por Dios, aunque la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejan a la libre designación de los ciudadanos;. Además, siendo muchos los hombres que forman una comunidad, pueden inclinarse a soluciones diferentes…. Para que el orden no perezca, por la pluralidad de pareceres, es indispensable una autoridad que dirija la acción de todos hacia el bien común, no mecánica y despóticamente, sino obrando principalmente como una fuerza moral, que se basa en la libertad y en el sentido de  responsabilidad de cada uno; es pues evidente que la autoridad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana” (GS 74).

Héctor González Martínez

Obispo Emérito