Valores y antivalores de México.

Nuestros antepasados mayas, olmecas, toltecas, aztecas, nahuas, guardaban en sus tradiciones el recuerdo de largas peregrinaciones, atravesando grandes extensiones geográficas en busca de tierras favorables para establecerse. Las etapas de desarrollo del mexicano primitivo, en las que se encuentran rasgos culturales básicos, abarcan fechas aproximadas y relativamente probables.

Los primeros pobladores, migraron de Asia por el Estrecho de Bëring y fueron bajando por el centro y por las costas del Norte del Continente. Desde el principio la población que migró  hasta la domesticación del maíz (de 20,000 a 1,500 años a.C), en  largos milenios de culturas inferiores, el hombre alcanza a ser un habitante sedentario que cultiva el maíz, el frijol y varias plantas útiles y comestibles.

En la siguiente etapa,  el hombre vive ya todo el año en poblaciones permanentes, y se pueden iniciar hipótesis socio-políticas, económicas y religiosas. A partir del siglo XIII a.C. coexisten grupos en el sur de Veracruz y norte de Tabasco (Tres Zapotes, Ver; La Venta, Tab; y Monte Albán, Oax.);   se les menciona como Olmecas, pero se ignora qué lengua hablarían, y debido a la humedad de la tierra, no se conservan esqueletos. Se les puede imaginar por las representaciones escultóricas como bajos de estatura, obesos, ojos oblicuos, nariz ancha y labios gruesos. Sus monumentos son cabezas colosales, altares, estelas, intentos de irrigación y cierta estética. Con los Olmecas empieza la civilización premayense. Estas civilizaciones acabaron en el s. 3º a. C.

La tercera Etapa, va desde el principio de nuestra Era hasta el año 900 d.C. y marca un extraordinario florecimiento, por ello se le llama clásica. Está encabezada por Teotihuacán, Tajín, Cholula, Xochicalco, Monte Albán, Palenque y Bonampak. Simultáneamente prevalece el antiguo Imperio Maya. Y Teotihuacan, con unos 100,000 habitantes,  verdaderos palacios, y un prodigioso centro religioso flanqueado por las esbeltas pirámides del sol y de la luna.

La cuarta Etapa, se caracteriza, por el estado tolteca y mexica en la altiplanicie central: en Oaxaca, por el mundo mixteco y en Yucatán por el maya. Los toltecas fundan un imperio con Tula por capital, que continúa la tradición cultural de Teotihuacán. La mezcla de pueblos combina rasgos viejos y nuevos. Nace la metalurgia; se pintan los códigos pictóricos del área poblano-mixteca, que relatan las dinastías hasta el siglo VII. Centros de cultura, aunque no simultáneos del 900 al 1521 d.C.: Cholula, Tacuba, Texcoco y Tenochtitlán. Por aparte prosperan los mayas en Mayapán, Chichen-Itzá y Uxmal; los mixtecos en Monte Albán y Mitla; y los tarascos en Pátzcuaro.

La herencia histórico-cultural milenaria nos ha legado multivariados valores como la etnografía durangueña y zacatecana, la honda religiosidad, la variedad de una amplia geografía nacional, la diversidad de caracteres, el profundo apego a los valores familiares, multivariados matices de nuestra caracterología, y en el fondo de todo una profunda raíz cristiana, que cohesiona todo lo anterior. Junto a estos elementos positivos gratuitamente recibidos, también hemos heredado antivalores, que tuercen nuestras direcciones y retrasan nuestros avances.

De los valores, ante todo, es preciso resaltar el Cristianismo, que se injertó  con los valores de la religiosidad natural de la que chupó sabiduría tan antigua como la humanidad; Cristianismo, que a su vez enraizó

en las antiguas  ramificaciones de la cultura asiática, y tejiendo después un petate policromo con la cultura náhuatl, olmeca, mixteco-zapoteca, y hasta chichimeca, tepehuana, tarahumara  y demás.

De los antivalores,  hemos de decir que el primer lugar se lo lleva el de siempre el que desde los albores de la humanidad  o demonio, siempre ha hecho presencia y cada vez más crece su influencia en el ambiente nacional.  El espíritu “malo” o demonio, ya prevenido o con experiencia, levantó sus antenas contra “el anuncio de la Buena Nueva”: así, también en el Nuevo Mundo, aparecieron los brotes de la soberbia original, contra la Luz, la Verdad, el Bien y el Camino del Verbo Eterno Encarnado para los hombres de todos los tiempos: más la mentira, la soberbia, el odio, el rencor, la ambición, la envidia y los demás pecados capitales.

 

Héctor González Martínez

Obispo Emérito