Hacia el Nuevo Gobierno (1)

El Evangelio de hoy, nos muestra a Jesús orando y enseñando a orar a los oyentes con la plegaria del Padre Nuestro: al final, Jesús sentencia: “si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más, el Padre Celestial, dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?”. Todo lo que Jesús hace es signo de que el Reino de Dios ha llegado a los hombres.

Durante toda su vida, Jesús muestra que actúa con el poder de Dios, para hacer que el bien reine en la humanidad. El Espíritu Santo es Dios, con el Padre y el Hijo; y con este poder, es el que en Pentecostés lanza a los Apóstoles a dirigirse en todas las direcciones del mundo para renovarlo.

Antes del 5 de junio había muchas expectativas para las elecciones; después de esa fecha, permanecen las mismas expectativas y aparecen otras.

Preparando la entrega-recepción han aparecido renuncias o acomodos, en dependencias federales o estatales muy conocidas; primero fue la renuncia del Presidente Nacional del PRI, luego en el Instituto Mexicano del Seguro Social y la SEDESOL. Me parecen muy normales estos cambios, si no fuera por el polvillo que levantan los ciudadanos.

Porque, aunque no fuera más que ese polvillo, que se levanta al pasar por las calles, el fino olfato de algunos, detecta síntomas de algo descompuesto y que reclama escudriñar. Que tal, si el polvillo viene de lejos o de la hondura?

Sin duda que el encogimiento, es más amplio y profundo. Y, esa es la oportunidad que la ciudadanía experimentó el día 5 de junio en las urnas. La oportunidad de ventilar todo, para provocar una nueva creación. Por mi parte ya he visto síntomas de algo nuevo y esperemos ver cosas mayores o mejores. Para cristianos, como nosotros, nos es dado esperar algo más cada día.

Así, Jesús nos dice hoy: “pidan y se les dará; busquen y encontrarán; toquen y se les abrirá; pues, si ustedes que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre Celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”.

Por eso, nuestra oración deberá ser incansable; en espera de recibir de Dios, su gran don, el Espíritu, que invadirá la Iglesia y el mundo a partir de Pentecostés. La oración del cristiano es por tanto, la de una persona inquieta, que desea construir un mundo diferente, en el que el Reino de Dios sea realizado y reconocido.

Jesús, toda su vida, muestra que actúa con el poder de Dios para hacer que el bien reine en la humanidad. Todo lo que Jesús hace, es el signo de que el Reino de Dios ha llegado en medio de los hombres y que el reino de las tinieblas es vencido. Sin embargo, la conversión es a veces frágil e inestable. Los poderes del mal, aspiran siempre por los territorios que han sido transformados en templos del Espíritu.

Por ello, la oración es imprescindible e insistente. Jesús nos enseña la plegaria esencial del Padre Nuestro. Esta plegaria es la oración del discípulo. No es una simple fórmula para ser repetida de memoria; esta plegaria, resume las convicciones y deseos que deben aparecer en nuestras plegarias: la invocación de Dios como Padre, que da lugar a una existencia invadida por el deseo de la llegada del Reino, el cual inaugura un mundo diferente.

Héctor González Martínez

Obispo Emérito