Francisco: “Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error, que lo haga cambiar de idea”

“Jesús hizo suya nuestra humanidad, y su corazón nunca se separará de nosotros”, clamó el Papa en su homilía

“Jesús desea que su Evangelio sea tuyo, y se convierta en tu “navegador” en el camino de la vida”

 

Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea“. El Papa volvió a clamar por construir la gran fraternidad humana durante la misa conclusiva de la JMJ de Cracovia. Una camino en el que todos somos necesarios, porque “Dios cuenta contigo por lo que eres, no por lo que tienes: ante él, nada vale la ropa que llevas o el teléfono móvil que utilizas; no le importa si vas a la moda, le importas tú. A sus ojos, vales, y lo que vales no tiene precio”.

El Campus Misericordiae estaba repleto. Más de millón y medio de jóvenes, la gran mayoría de los cuales no se movieron de allí desde la tarde de ayer. Mochilas, esterillas, tiendas de campaña, ojeras, termos… No importaba. La misa, el encuentro con Jesús, era en el campo, como solía hacerlo el hijo del carpintero de Galilea. También, a veces, en las casas, como sucedió en el Evangelio elegido para la ocasión, que nos hablaba del encuentro entre Jesús y Zaqueo en Jericó.

“Jesús quiere cruzar la ciudad. Jesús desea acercarse a la vida de cada uno, recorrer nuestro camino hasta el final, para que su vida y la nuestra se encuentren”, comenzó el Papa, quien recordó cómo Zaqueo era un recaudador de impuestos, “un explotador de su pueblo, que debido a su mala fama no podía ni siquiera acercarse al Maestro”, y por ello se subió a una higuera.

Zaqueo, apuntó Bergoglio, “tuvo que superar algunos obstáculos para encontrarse con Jesús”. El primero su baja estatura. “También nosotros podemos caer en la tentación de quedarnos lejos de Jesús porque no nos sentimos a la altura“, denunció el Papa, quien recordó a los jóvenes que “la fe nos dice que somos hijos de Dios, pero lo somos realmente. Hemos sido creados a su imagen. Jesús hizo suya nuestra humanidad, y su corazón nunca se separará de nosotros“. Una reivindicación en toda regla de la rotunda humanidad de Jesús.

“Somos los hijos amados de Dios, siempre”, dijo, rotundo, el Papa. “No aceptarse, vivir infelices y pensar negativamente significa no reconocer nuestra identidad más auténtica (…) o significa querer impedir que se cumpla su sueño en mí”. Pero no: “Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error, que lo haga cambiar de idea“.

Para Jesús, “nadie es inferior o distante, nadie es insignificante, sino que todos somos predilectos e importantes. Tú eres importante, y Dios cuenta contigo por lo que eres. Ante él nada vale la ropa que llevas, no le importa si vas a la moda, le importas tú, cómo eres. A sus ojos vales, y tu valor es inestimable”.

Y es que Dios “nos ama más de lo que nosotros nos amamos a nosotros mismos, cree en nosotros más que nosotros mismos, es el hincha más acérrimo de los hinchas. Siempre nos espera con esperanza, incluso cuando rumiamos nuestras tristezas”, recordó Francisco, quien advirtió contra el riesgo de “regodearnos en la tristeza”, un “virus que infecta y bloquea todo, que cierra cualquier puerta, que impide que la vida se reavive”. Y es que “es triste ver un joven sin alegría”.

“Es el tiempo de amar y ser amados”, recordó, apuntando hacia el segundo obstáculo de Zaqueo para encontrarse con Jesús: “la vergüenza paralizante“. “La vergüenza paralizante no triunfó. Zaqueo fue hacia adelante. Y luego, cuando Jesús lo llamó, se dio prisa. Esto es también para nosotros el secreto de la alegría: no apagar la buena curiosidad, sino participar, porque la vida no hay que encerrarla en un cajón. Ante Jesús no podemos quedarnos sentados esperando con los brazos cruzados; a él, que nos da la vida, no podemos responderle con un pensamiento o un simple «mensajito»”.

“No tengais miedo de decirle Sí, con toda la fuerza del corazón, de responder con generosidad, de seguirlo”, pidió el Papa. “No os dejeis anestesiar el alma. Un “no” fuerte al dopping de éxito a cualquier precio, a la droga de pensar solo en tí mismo”.

El tercer obstáculo de Zaqueo fue la multitud que murmura, bloquea y critica. “Qué difícil es acoger realmente a Jesús, qué duro es aceptar a Dios rico en misericordia. Podrán obstaculizarnos haciéndonos creer que Dios es distante, rígido, bueno con los buenos y malo con los malos. Nuestro Padre hace salir su sol sobre los malos y los buenos, y nos invita a ser más fuertes que el mal, amando a todos, incluso a los enemigos”, destacó Francisco.

“No tengáis miedo”, repitió el Papa. “Puede que os juzguen como unos soñadores, porque creéis en una nueva humanidad, que no acepta el odio entre los pueblos, ni ve las fronteras de los países como una barrera y custodia las propias tradiciones sin egoísmo y resentimiento. No os desaniméis: con vuestra sonrisa y vuestros brazos abiertos predicáis la esperanza y sois una bendición para la única familia humana, tan bien representada por vosotros aquí”.

Aquel día, la multitud juzgó a Zaqueo, lo miró de arriba abajo. Pero “Jesús hizo lo contrario. Levantó los ojos hacia él”, y contempló que “la mirada de Jesús va más allá de los defectos, no se detiene en el mal del pasado, sino que divisa el bien en el futuro. No se resigna a la cerrazón, sino que busca el camino de la unidad y la comunión. No se detiene en las apariencias, sino que mira al corazón. Jesús mira nuestro corazón, tu corazón, mi corazón”.

“Con esta mirada de Jesús, podéis hacer surgir una humanidad diferente, sin esperar a que os digan «qué buenos sois», sino buscando el bien por sí mismo, felices de conservar el corazón limpio y de luchar pacíficamente por la honestidad y la justicia. No os detengáis en la superficie de las cosas y desconfiad de las liturgias mundanas de la apariencia, del maquillaje del alma para aparentar mejores. Por el contrario, instalad bien la conexión más estable, la de un corazón que ve y transmite el bien sin cansarse”, anunció Francisco.

Y una palabra final, como las de Jesús al ver a Zaqueo: “Date prisa y baja, porque hoy es necesario que me quede en tu casa”. Hoy, Jesús, a todos, nos pide lo mismo, dijo el Papa. “Ábreme la puerta de tu corazón. Hoy tengo que alojarme en tu casa. La JMJ comienza hoy, continúa mañana, en casa, porque es allí donde Jesús quiere encontrarnos a partir de ahora. El Señor no quiere quedarse solamente en esta gran ciudad o en esta entrañable jornada”.

“Jesús nos llama a cada uno por nuestro nombre, es precioso. Fiaros del recuerdo de Dios, su memoria no es un disco duro que registra y almacena todos nuestros datos, es un corazón tierno de compasión, que se regocija eliminando definitivamente cualquier vestigio de odio”, concluyó el Papa, quien pidió a los jóvenes que “procuremos imitar la memoria fiel de Dios, y custodiar lo que hemos recibido en estos días.Recemos en silencio, haciendo memoria, dando gracias al Señor que nos ha traído aquí y ha querido encontrarnos”.