Hacia el nuevo Gobierno

Homilía de S. Juan Crisóstomo

 

S. Juan Crisóstomo nació hacia 350 en Antioquía de Siria, hacia 368 fue bautizado; hasta 378 vivió como ermitaño. En 381 sirvió de Diácono en Antioquía; en 386 fue ordenado Presbítero. Por su elocuencia al predicar fue llamado “Crisóstomo=Boca de oro”. En 397 fue consagrado Patriarca de Constantinopla. Por sus excelentes predicaciones fue depuesto y desterrado. Sus últimas palabras fueron: “Gloria a Dios por todo”.  Por tantas contrariedades que se mueven en nuestro país, hoy transcribo esta predicación del Crisóstomo: Boca de 0ro, para que nos estimule a una adecuada y cristiana política social.

“Deseas honrar el Cuerpo de Cristo? No lo desprecies pues, cuando lo contemplas desnudo en los pobres, ni lo honres aquí en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandones en su frío y desnudez. Porque, el mismo que dijo: Esto es mi Cuerpo, y con su palabra llevó a realidad lo que decía, afirmó también: tuve hambre y no me distéis de comer, y más adelante: Siempre que dejasteis de hacerlo a uno de estos pequeñuelos, a mí en persona lo dejasteis de hacer. El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de alma; los pobres en cambio, necesitan que con sumo cuidado nos preocupemos de ellos”.

“Reflexionamos pues, y honremos a Cristo con aquel mismo honor con el que Él desea ser honrado; pues, cuando se quiere honrar a alguien, debemos pensar en el honor que a él le agrada, no en el que a nosotros nos place.

También Pedro pretendió honrar a Cristo, cuando no quería dejarse lavar los pies, pero lo que él quería impedir no era el honor que el Señor deseaba, sino todo lo contrario. Así, tú debes tributar al Señor, el honor que Él mismo te indicó, distribuyendo tus riquezas a los pobres. Pues Dios no tiene ciertamente necesidad de vasos de oro, pero sí, en cambio desea, almas semejantes al oro”.

“No digo esto con objeto de prohibir la entrega de dones preciosos a los templos, pero sí, que quiero afirmar que, junto con estos dones y aún por encima de ellos, debe pensarse en la caridad para con los pobres. Porque, si Dios acepta los dones para su templo, le agradan con todo, mucho más las ofrendas que se dan a los pobres. En efecto, de la ofrenda hecha al templo sólo saca provecho quien la hizo; en cambio, de la limosna saca provecho tanto quién la hace como quién la recibe. El don dado para el templo, puede ser motivo de vanagloria; la limosna en cambio, es signo de amor y de caridad”.

“¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da, primero de comer al hambriento, y luego con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo. ¿Quieres hacer ofrenda de vasos de oro y no eres capaz de dar un vaso de agua? Y, de qué serviría, recubrir el altar con lienzos bordados de oro,

Cuando niegas al mismo Señor el vestido necesario para cubrir su desnudez? ¿Qué ganas con ello? Dime, si no, si ves a un hambriento falto del alimento indispensable, y sin preocuparte de su hambre, lo llevas a contemplar una mesa con vajilla de oro, ¿te dará las gracias de ello? ¿No se indignará más bien contigo?”.

“O si, viéndolo vestido de andrajos y muerto de frío, sin acordarte de su desnudez, levantas en su honor monumentos de oro, afirmando que con esto pretendes honrarlo, ¿no pensará él que quieres burlarte de su indigencia con la más sarcástica de tus ironías?”

“Piensa pues, que es esto lo que haces con Cristo, cuando lo contemplas errante, peregrino y sin techo y, sin recibirlo, te dedicas a adornar el pavimento, las paredes y las columnas del templo. Con cadenas de plata sujetas lámparas, y te niegas a visitarlo cuando Él está encadenado en la cárcel. Con esto que estoy diciendo, no pretendo prohibir el uso de tales adornos, pero sí que quiero afirmar que es del todo necesario hacer lo uno sin descuidar lo otro; es más, os exhorto a que sintáis mayor preocupación por el hermano necesitado, que por el adorno del templo. Nadie, en efecto, resultará condenado por omitir esto segundo, en cambio, los castigos del infierno, el fuego inextinguible y la compañía de los demonios,  están destinados a quienes descuidan lo primero. Por tanto, al adornar el templo, procurad no menospreciar al hermano necesitado, porque este templo es mucho más precioso que aquel otro”.

 

Héctor González Martínez

Obispo Emérito