Colonia Obrera, un espacio que encierra parte de la historia de Dgo.

Fue creada en 1913 por Silvestre Dorador, para que los obreros y artesanos tuvieran su propio patrimonio

Col. Obrera

Texto y Fotos: Miguel Ángel Beltrán

Fundada poco más allá de 1913, siendo uno de los asentamientos humanos  más antiguos de esta ciudad, la colonia Obrera, (ahora Silvestre Dorador) ha sufrido grandes cambios en el marco del desarrollo popular. Guarda un sinfín de recuerdos y anécdotas que la hacen única y goza ahí del respeto urbano que un asentamiento humano como este, se merece por lo que representa para los duranguenses.

En la actualidad este pedazo de tierra  conserva su fisonomía antigua, no obstante las remodelaciones que ha sufrido,  porque la gente avecindada ahí generación tras generación han luchado por sus ideales y trabajado junto con la autoridad al grado de que es un área segura con pocos o casi nada de gente “malosa”, porque incluso aquellos que se dedican a delinquir han sabido respetar la jerarquía de este asentamiento.

Cuenta con todos los servicios  públicos. Alumbrado de primera que contrasta con sus adoquinadas calles y sus edificios y fachadas antiguas, pero en lo general el gobierno ha dotado a los habitantes de ese lugar de todo lo indispensable para tener un buen nivel de vida, sobre todo en seguridad, por eso son privilegiados puesto que esto no sucede en la mayoría de las colonias ubicadas en nuestra mancha urbana.

Caracteriza a la Colonia Obrera, además de su tradición, el edificio del antiguo Internado, (hijos del ejército) convertido ahora en moderno Centro de Convenciones,  una de sus escuelas, la “Gervasio García” construida en 1914 a casi un año de cumplir 100 años,  después de su fundación así como el majestuoso templo “Nuestra Señora del Perpetuo Socorro” lleno de arquitectura fabricado a base de cantera virgen que le dan un toque especial.

El Jardín Hidalgo, que invita aún a la reflexión y al recuerdo, sigue siendo el lugar ideal de los enamorados que como en décadas pasadas solían encontrarse a vivir tórridos romances o simplemente para descansar bajo sus frondosos árboles desde donde emerge una paz inaudita que reconstruye el alma. Este jardín es visitado por mucha gente debido a la cercanía de la Colonia con el área de los Hospitales y el Parque Guadiana.

Fue el 28 de febrero de 1913, cuando Silvestre Dorador, en su carácter de Presidente Municipal del Ayuntamiento de la capital o Munícipe 1º. Propietario, puso a consideración de sus compañeros munícipes su iniciativa para que los artesanos pobres y de buenas costumbres pudieran adquirir un pedazo de tierra en el que construyeran su propia casa, en el terreno anexo al hospital en construcción, como nació la histórica colonia Obrera, llamada ahora “Silvestre Dorador”, en honor a aquel político luchador.

En esa generosa iniciativa, no lo animaba otra cosa que el deseo de poblar la ciudad, haciendo el bien a las clases trabajadoras sin distinción de profesiones ni de categorías, para formar pequeños propietarios que tanta falta hacían al país y a Durango y sin embargo su iniciativa le valió el feroz

y encarnizado ataque de la prensa reaccionaria, tal y como lo hizo el periódico “Clarines” dirigido por Honorato Espeleta, que lo volvió blanco de infundios y ataques.

Durango y México pasaban momentos peligrosos, se había hecho del poder vía el asesinato y el golpe de estado, Victoriano Huerta, y el país empezaba a arder con el fuego revolucionario,  así que cualquier ciudadano que fuera sospechoso de ideas revolucionarias corría el serio riesgo de ser detenido y asesinado.

Fue así como el 24 de abril, fue aprehendido con ultraje y derroche de fuerza por un grupo de la mal llamada “Defensa Social” acusándolo estúpidamente de bandido y asesino, recluyéndosele en la Penitenciaría del Estado bajo los falsos cargos de haber disparado desde la azotea de su domicilio en contra de los integrantes de la odiosa “Defensa Social” y de haber puesto las alcantarillas de manera estratégica para que dispararan los revolucionarios que ya empezaban el asedio a la ciudad.

La canallesca detención de Silvestre Dorador, quien era odiado y temido por los reaccionarios por considerarlo socialista repartidor de tierras, motivó por lo pronto que la idea de fundar la colonia Obrera quedara en suspenso, pero una vez liberado el 18 de junio por los jefes revolucionarios que tomaron Durango, Dorador volvió a la carga con renovados bríos, en su generoso proyecto de la colonia Obrera, único en el país. Y es que Dorador, como impresor, encuadernador y grabador, siempre había militado en las filas del proletariado durangueño compuesto de artesanos y obreros agrupados por esos años en sociedades mutualistas.

En repetidas ocasiones se encuentra a Silvestre Dorador presidiendo la Sociedad de Artesanos Unidos, lo que habla muy bien de su convicción proletaria. En su segundo y definitivo intento por fundar la colonia Obrera, contaría Silvestre Dorador con el apoyo de Pastor Rouaix, Gobernador Provisional del Estado, nombrado por los revolucionarios previa auscultación popular y del General Domingo Arrieta León, Jefe de las Armas del Estado de Durango.

Fue así como en el Periódico Oficial del Gobierno del Estado de Durango, se publica en el  Segundo Semestre, Tomo XXXVIII, del domingo 10 de agosto de 1913, número 53, páginas 8-10, en un comunicado lo siguiente:

Al Pueblo de Durango, firmado por el Presidente Municipal Silvestre Dorador y el Secretario Jesús Blanco, con fecha 26 de julio de 1913, se publican las BASES para el reparto de lotes de la Colonia Obrera, en pequeños lotes para que cada cabeza de familia, amante del ahorro y de la economía pudiera adquirir un pedazo de tierra en qué construir su propia casa, bases que no eran otras que las que ya había propuesto en la histórica sesión del H. Ayuntamiento de la Capital, el 28 de febrero, es decir, seis meses atrás.

Conforme a estas bases, se venderían lotes de 200, 250 y 300 metros cuadrados, en el terreno anexo al hospital en construcción, al precio de 40 centavos metro con excepción de los que formaran esquina que valdrían 50 centavos, debiendo hacerse el pago en cien mensualidades al tipo del 1% mensual, hasta amortizar el capital y cuyos pagos deberían realizarse mediante cupones que entregaría la Recaudación de Contribuciones de la Capital.

A ninguna persona se le vendería una superficie mayor de 300 metros cuadrados. No se le venderían lotes a personas que no los necesitaran por tener capital o bienes raíces. Se concedería al colono un plazo de dos años a contar de la fecha en que se expidiera el título de propiedad, para fincar su lote. Se construiría en la colonia un mercado, un jardín, un edificio especial para escuelas y una Inspección de Policía.

Concluía el comunicado declarando que la mira principal del Ayuntamiento ha sido la primera que pronto se forme la referida colonia, y la segunda, evitar hasta donde sea posible la especulación inmoderada de los que no necesiten este beneficio por  ya tener alguna propiedad y que para el mejor éxito de la obra los obreros y artesanos deberían de apresurarse a adquirir su terreno y construir su propio hogar según las necesidades de cada quien, y así sus promotores al retirarse a la vida privada, llevarían como única recompensa la satisfacción de haber hecho el bien, creando la clase de los pequeños propietarios que tanta falta hacía para la pacificación y el progreso del país.

Fue así como se fundó la colonia Obrera, que hoy lleva el nombre de su fundador Silvestre Dorador, quien por fundarla corrió el real riesgo de ver perder la vida en el empeño, lo que no lo arredró por ser un hombre de valor civil a toda prueba, que merece el buen recuerdo de quienes la habitan. En esa colonia, sin duda la de mayor tradición de la ciudad, de serena belleza y de claridad meridiana, las familias disfrutan la alegría de vivir bajo el cielo de Durango. Ojalá el Centro de Convenciones, en construcción, no afecte la paz y la tranquilidad que merecen.

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