2018, el año en que Francisco fue más Bergoglio que nunca para sacar adelante la Iglesia

Los cambios en el C9 y el ‘big three’ del superministerio de Comunicación, cambios fundamentales

 

Jorge Bergoglio le impuso su sello personalísimo a un 2018 marcado por la explosión de las denuncias por abusos a miembros de la Iglesia, el acercamiento a China y los avances en el rediseño de la Curia romana.

Su inagotabale carisma y capacidad de sorpresa sin fin fueron las únicas bocanadas de aire fresco para una Iglesia en picada en el mundo. Un análisis a través de sus cuatro principios fundamentales.

El todo es superior a las partes. 

Con todo tipo de gestos, Francisco hizo bandera con la lucha a los curas abusadores y busca una Iglesia unida en la batalla contra la pedofilia, aunque haya que condenar obispos y cardenales.

Fue el propio Francisco quien lo expresó en su discurso de clausura al Sínodo dedicado a la familia, el 28 de octubre de 2014: «La tarea del Papa es garantizar la unidad de la Iglesia; es recordar a los pastores que su primer deber es alimentar al rebaño -nutrir al rebaño- que el Señor les encomendó y tratar de ir a buscar-con paternidad y misericordia y sin falsos miedos- a las ovejas perdidas».

Y ha actuado en consecuencia, poniéndose al frente de la más fuerte crisis que ha tenido la Iglesia en los últimos años: la explosión de denuncias por abusos contra sacerdotes, Urbi et Orbi. Y, después de todo tipo de gestos, juega en febrero una de sus últimas posibilidades de renovar la mentalidad y lograr una Iglesia unida para un verdadero nunca más a la pedofilia.

Francisco se puso el equipo al hombro desde el primer mes del año. Empezó autohumillándose frente a los periodistas en la rueda de prensa de regreso del viaje a Chile y Perú a fines de enero. Como frente a un pelotón de fusilamiento mediático, aceptó una a una las inquisitorias preguntas. Incluso contestó las hostiles e inéditas repreguntas, mientras su vocero Greg Burke se quedaba paralizado y permitía el quiebre de códigos de parte de los colegas. Pero ese fue el primer escalón.

Mientras más firmeza mostraba Francisco, más fuerte los ataques desde la maquinaria mediático-empresarial que ha encontrado en las razonables denuncias de las víctimas una grieta sobre la que presionar al pontífice. Así, le fueron corriendo la vara, y él siempre estuvo a la altura. Tras la auto-humillación en vuelo, recibió a tres victimas chilenas de abusos en su casa. Le pidieron más, y convocó a todo el clero del país sudamericano para hacerlos presentar la renuncia. Se conoció la responsabilidad de Theodore McCarricken casos de abusos, y lo despojó del birrete cardenalicio. Siguieron los casos de abusos, y les pidió a los sacerdotes culpables que se entreguen a la Justicia terrestre y se preparen para la divina.

Resta ver ahora si alcanzará la reunión extraordinaria a la que convocó a los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo. Una jugada maestra, la enésima del año, que mostró que la capacidad de respuesta del pontífice sigue estando años luz por delante de la de sus críticos más feroces. Pero también, y es un problema, dista años luz de la de la mayoría de sus colaboradores. Bergoglio espera dar la vuelta de página definitiva en el caso de los abusos con al reunión de febrero, y en esa dirección se está moviendo todo el Vaticano hace semanas.

Aún a costa de marginar a los hermanos que ya están perdidos, el camino es hacer del «Nunca más» un lema en la Iglesia para el futuro. «Cualquier que haya cometido abusos» será perseguido, dijo en su último discurso a la curia. La lucha contra la pedofilia llegó para quedarse. Caiga quien caiga. Porque el todo es superior a las partes.

La realidad es más importante que la idea.

El pontífice empujó personalmente la firma de un acuerdo con China que puede cambiar para siempre el rostro del catolicismo a nivel global. Un acuerdo perfectible y con concesiones, pero real y por eso mejor que cualquier otro.

Tras más de 50 años de encuentros y desencuentros, el Vaticano y China firmaron el 22 de septiembre un «acuerdo provisorio» para la designación de obispos, un primer paso importantísimo para una «más amplia colaboración bilateral» y que los dos Estados incluso consideran que pueda aportar «a la paz mundial», con el sello personalísimo de un Bergoglio que hace años ve que en el gigante asiático se juega parte del futuro de la Iglesia.

El convenio, que llegó tras un «largo camino de tratativas», considera a la nominación de obispos «una cuestión de gran importancia para la vida de la Iglesia», y «crea las condiciones para una colaboración bilateral más amplia», según el comunicado con el que se anunció.

Otro eventazo del 2018 que tiene el sello bergogliano. Y que sigue la línea iniciada con su sobrevuelo del espacio aéreo chino en 2014. Y de la larguísimia entrevista que le concedió al sinófilo Francesco Sisci en 2016. Y que recorre la extensa mirada de Bergoglio hacia ese país, como cuando desde la arquidiócesis de Buenos Aires convocó el 24 de mayo de 2008 a una jornada de oración por la Iglesia en China, «como expresión de fraternidad solidaria»

El contenido del acuerdo, fruto de «un acercamiento gradual y recíproco» no fue dado a conocer, aunque tiene como ejes centrales el reconocimiento de parte de Roma de siete obispos designados unilateralmente por Beijing en los primeros años de este siglo. Por otro lado, se establece un mecanismo de consultas compartidas para los nuevos obispos. El papa mantendrá, de todos modos, el poder de veto. El acuerdo prevé además «evaluaciones periódicas» sobre su actuación.

 

Durante décadas, los obispos designados por la Asociación Patriótica creada por Beijing en los años 50 como una suerte de brazo religioso del Partido Comunista no contaron con el aval de Roma y son considerados «ilegítimos».

Como se prevía, se trató de un acuerdo de naturaleza puramente pastoral, sin tocar temas de relacionamiento entre los dos Estados. El objetivo, repetido desde épocas de Benedicto XVI es que los católicos del país asiático puedan sentirse «plenamente católicos y plenamente chinos». Según estimaciones extraoficiales, hay entre 10 y 12 millones de católicos en China, menos del 1% de la población total. De todos modos, la voz oficial del Global Times estimó en «apenas» 6.5 millones los católicos en la previa de la firma del acuerdo.

Claro que fue criticado, porque claro que tiene cosas para mejorar. Pero es un primer paso. Y son los primeros pasos los que han puesto a andar al hombre desde que está en la Tierra. Resta resolver ahora, por ejemplo, el nudo de cuántos obispos hace falta nombrar, considerando que para Beijing hay 96 diócesis en el país, mientras que de acuerdo a los números de Roma son 144, incluyendo arquidiócesis y vicariatos.

Lo cierto es que más allá de las críticas que hace meses vienen lanzando los críticos al acuerdo en base a una entrega de facultades supuestamente inéditas en la historia de la Santa Sede, este primer paso entre China y el Vaticano es mucho menos concesivo que otros convenios anteriores. Y tiene la virtud de ser un acuerdo concreto sobre el que los dos Estados podrán ir caminando juntos para acercarlo cada vez más al ideal. Pero siempre con el norte de que la realidad es superior a la idea.

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