Islas Marías, quedan libres

Texto: Francisco Morales V., Grupo Reforma


Con la llegada del barco, casi nada es discernible entre la noche. Apenas, quizás, el muelle: una delgada línea de concreto, solitaria entre la anchura del mar, que se extiende varios metros hacia la masa incógnita de tierra.

Poco a poco, al ser encendidas, las lámparas que reciben a la embarcación en el puerto de atraco van adquiriendo potencia, como si conscientemente estuvieran revelando, con deliberada mesura, un secreto de 113 años que la oscuridad se aferra en retener.

Una luz roja, parpadeante, avisa también a las embarcaciones lejanas que ahí, aunque no pueda verse por estar sumida en la negrura, se encuentra María Madre, la principal isla del archipiélago de las Marías. Prohibido aproximarse.

El barco se llama como su destino, «Isla María Madre», y es un cómodo buque de apoyo logístico de la Marina con capacidad para 146 personas. Hasta el 8 de marzo, trasladaba de manera constante las visitas de los internos de la isla, y todavía lo hace con los familiares del personal que labora en lo que fue el Complejo Penitenciario Islas Marías.

La leyenda de este conjunto de cárceles, que ahora llega a su final con la decisión del Presidente Andrés Manuel López Obrador de cerrarlo, se entiende mejor así, arribando a sus costas de noche.

De esa forma, por aproximación, es como el visitante puede llegar a sentir algo, aunque sea un atisbo, de la incertidumbre absoluta, de la zozobra ante la incógnita, que sintieron 45 mil presos que fueron enviados a sus celdas en el siglo de existencia de esta prisión oceánica.

En un espejo de otros tiempos, en un afán europeizante, con su perpetua admiración por las prácticas del Viejo Continente, Porfirio Díaz decretó en 1905 que las Islas Marías se convertirían en una colonia penitenciaria, como lo hizo Francia en la Guayana Francesa a mediados del siglo 19.

Así también, con un decreto, López Obrador ha decidido que la vocación de esa tierra ignota, de esa masa oscura sobre las aguas, sea la de un centro de educación ambiental y cultural, todavía sin definiciones claras sobre su uso.

Los 659 internos de su última etapa como cárcel, según cifras oficiales, ya fueron trasladados a otros penales para concluir sus sentencias, o ser liberados por el cumplimiento de las mismas.

De noche, con sus escasas luces alumbrando la aduana al otro lado del muelle, María Madre se ve todavía como una temible pregunta sin respuesta. Hogar de prisioneros tratados casi como esclavos en la salina porfiriana, luego de prisioneros políticos —como el escritor comunista José Revueltas— y después de un sinfín de reos de baja peligrosidad con sus familias, los mitos de la isla la hacen todavía más intrigante.

Alguna idea del horror que causaba ser sentenciado a sus crujías guarda el Corrido de la cuerda a las Islas Marías, que canta Óscar Chávez con Los Morales.

«Nos sacaron a toditos en ese tren a embarcar. / Ferrocarril de Cintura, triste callejón donde fue / mi más terrible amargura / luego que ya me embarqué», canta un anónimo sobre el tren que llevaba a los reos más peligrosos de una cárcel, como castigo, a su destierro en las terribles Islas Marías.

Y también, desde luego, está la reflexión que hace Rosario, una de las protagonistas de la novela Los muros de agua, de Revueltas, al enterarse en el ferrocarril hacia Manzanillo que habrá de ser deportada, con sus compañeros comunistas, a una de las cárceles del archipiélago.

«Pero, ¿qué son las Islas Marías? ¿Quién sabe nada de ellas? Las Islas Marías son, a lo más, una idea, un concepto, nunca un lugar situado en el tiempo y en el espacio. Acaso alguna playa de arena hirviendo, blanca, sin color; donde el sol bebe tierra. Alguna tierra de hombres vencidos, cuyas cabezas se inclinan sobre el tiempo, abarcando en los brazos, sin contener, toda la condena», se lee ahí.

Ese concepto en la penumbra sigue intrigando en 2019, cuando la embarcación «Isla María Madre» atraca en el muelle escasamente iluminado y la isla se yergue a declarar su existencia, ante los ojos atónitos de un centenar de periodistas invitados a conocerla, como una mole negra que amerita exploración.

En la narración nefanda del viaje que hace Revueltas en su libro —más de 40 horas padeciendo el sol en la cubierta o hacinado en una bodega sofocante a causa de la lluvia— queda cifrada la verdadera penuria adicional que era llegar al castigo último de las islas.

Ahora, la embarcación de la Marina, que zarpa desde Mazatlán, hace apenas siete horas que se van, dependiendo del cansancio y la disposición, entre sueños profundos o la atención a las películas pirata que se muestran, incompletas y en sucesión vertiginosa, en las pantallas del lugar donde la gente va perfectamente sentada, guarecida del sol, el frío y la lluvia.

Hay Dramamine a disposición de cualquiera que lo pida, para el mareo. También, el permiso a una señora que hace el viaje, para visitar a un familiar empleado en la isla, de poner un colchón en el suelo, en el que se acuesta para aguantar el viaje. Son otros tiempos.

Tras las siete horas de un paisaje continuo de mar abierto, inabarcable, todos los visitantes a la isla, como dicta el protocolo, deben pasar casi dos horas sorteando los filtros para poder ingresar.

Un binomio canino olisquea cada maleta y bolsa. Asimismo, cada uno de los que ingresan deben anotarse en la rigurosa bitácora de los custodios, pasar por el detector de metales, ser revisado personalmente y someter sus pertenencias a una última revisión para evitar la entrada de alcohol, armas y drogas.

El complejo penitenciario, famoso por la semi libertad de sus presos y la estancia prolongada de sus familiares como residentes en la isla, sigue realizando todas estas medidas para la entrada a un territorio que está prácticamente vacío, como si alguna catástrofe le hubiera acaecido.

En cierto sentido, así fue. El 23 de octubre de 2018, el huracán «Willa» devastó la isla y la dejó absolutamente irreconocible; en algunas partes, sin exagerar las imágenes, lo que se muestra es casi un panorama post apocalíptico de una película de Hollywood.

El muelle que lleva hacia la isla, por ejemplo, quedó partido en dos por el huracán.

Es de noche en María Madre y el grupo de visitantes realiza los trámites necesarios para ingresar a sus tinieblas.

Sin el miedo de los miles y miles de presos condenados a sus celdas, este nuevo grupo foráneo avanza hacia la espesura de la noche para abordar los camiones que habrán de llevarlos a los dormitorios insólitos y desconocidos.

Una realidad se impone: una vez adentro, entre la densidad absoluta de la oscuridad, se hace imposible pensar en una manera de escape más allá de los muros de agua.

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